Viajar o levitar

 

Si como decía Francis Bacon “Los viajes son en la juventud educación y en la madurez experiencia”, debo admitir que soy una persona que, potencialmente, reúne ambas cualidades.

He tenido la fortuna de hacer grandes viajes a lo largo de mi vida, unos a título particular y, otros, por razones profesionales.

 

Desde Tierra del Fuego a Canadá, pasando por Uruguay, Paraguay, Brasil, Ecuador (Islas Galápagos incluidas), Perú, EEUU, Europa en su integridad, Rusia, norte de África y Oriente Medio (excluyo los desplazamientos nacionales porque siempre he entendido que viajar es moverse hacia culturas desconocidas), mis viajes constituyen un bagaje nada despreciable, y me han enseñado a ser tolerante y, creo, mejor persona.

Viajar a lugares desconocidos tiene la gran ventaja de convertirnos, para bien y para mal, en personas anónimas, sin pasado, con la libertad de actuación que tal condición conlleva.

Viajar nos permite desconectar de nuestras obligaciones cotidianas, de los problemas, a la vez que, paradójicamente, nos hace apreciar con mayor intensidad lo que dejamos atrás y nos hace felices en la cotidianeidad.

 

Nos permite, también, desarrollar nuestra personalidad, descubrir cómo somos y cómo nos comportamos ante lo desconocido. Viajando, ganamos confianza en nosotros mismos.

Reconozco que nunca he sido capaz de trasvasar con realismo las sensaciones experimentadas en cada uno de mis viajes, quizá porque los viajes son para mí como la vida misma: nacen, se desarrollan y mueren. A fuerza de ser sincero, disfruto más con la planificación que con el viaje mismo.

 

Envidio por ello (envidia sana, obviamente) a aquellas personas que son capaces no sólo de disfrutar con la preparación, sino de vivir con intensidad el viaje mismo transfiriendo a familiares, allegados y amigos, con vehemencia y entusiasmo, las sensaciones experimentadas día a día, con una precisión, una destreza y un énfasis que engancha y que nos transporta al viaje mismo y nos hace vivirlo en primera persona.

 

En esa estela, justo es decir que a la lista de mis viajes debiera añadir ahora el realizado a Sudáfrica, donde he tenido la suerte de asistir a safaris desde el puesto del ojeador, he visto leones, elefantes, impalas, rinocerontes, ñus, he contemplado maravillosos paisajes, me he hospedado en los más lujosos, exóticos y exclusivos lodges, he degustado los más sofisticados y exquisitos manjares y hasta he tenido ocasión de pasear por el Océano Índico, bahía de los tiburones blancos incluida.

 

Esta mezcla de ficción y realidad trae causa en las imágenes y comentarios anexos que, sobre el viaje en cuestión nos venían trasmitiendo casi a diario, la madrina de mi hija (a la que me referiré como F) y su hermana Gloria, con esa pasión y ahínco propios de las personas optimistas y vitales, capaces de describir una tortilla de patata como una mezcla de cebolla caramelizada con emulsión de aceite y yemas de huevo sobre cama de espuma de fécula, al más puro estilo de Ferrán Adriá.

 

Ciertamente, F ha realizado este viaje en unas condiciones que no están al alcance del resto de los mortales. Su hermana Gloria es Contracting Manager (Directora de Contratación) de una importante Agencia de Viajes suiza con sede en Zurich y si los hoteles, en general, tratan de ser amables con lo clientes, esa amabilidad se convierte en sublimidad cuando quien los visita es la persona que va a decidir si los incluye en el circuito a ofrecer por su Agencia a usuarios tan poderosos económicamente como los suizos.

 Ciertamente, en tales circunstancias, quizá sea más apropiado hablar de levitar que de viajar.

 En todo caso, hay que reconocerles a ambas una enorme capacidad de persuasión para trasmitir sensaciones.

 

Pero, todo alfa tiene su omega, todo tiene un principio y un fin. A la inquietud inicial, sigue ahora al incorporarse a la rutina, la melancolía de los recuerdos. No hay que preocuparse. Como decía Henry Miller “nuestro destino nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas”.

Es quizá el momento de dirigirle a Gloria la manida pregunta: ¿en tu próximo viaje necesitas un asistente desinteresado que actúe de chofer y te lleve la maleta?

Sea cual fuere la respuesta, les recuerdo a ambas que el más maravilloso viaje es la vida misma, en compañía de nuestros seres queridos y amigos, por más que sea el que menos apreciemos.

 



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