El futbolista asturiano anuncia su retirada a los 41 años tras una carrera inmensa, marcada por el talento, la humildad, la lesión que casi le aparta de la vida normal y un regreso al Oviedo que ya forma parte de la memoria sentimental del oviedismo
Santi Cazorla ha dicho adiós al fútbol profesional. Lo ha hecho a los 41 años, después de 23 temporadas de carrera, con dos Eurocopas en el palmarés, una trayectoria internacional brillante y una última estación cargada de sentido: el Real Oviedo, el club en el que empezó todo y al que volvió cuando ya no tenía nada que demostrarle a nadie. Su retirada, anunciada este jueves 2 de julio, no es solo la despedida de un futbolista. Es la despedida de una forma de entender el juego: con talento, sonrisa, generosidad y una rara elegancia que nunca necesitó levantar la voz para hacerse respetar.
El final estaba en casa
Cazorla se marcha donde quería marcharse: en casa. En Oviedo. En Asturias. En el mismo lugar emocional al que siempre perteneció, incluso cuando su fútbol viajaba por Villarreal, Huelva, Málaga, Londres o Doha. El anuncio llegó en un vídeo cargado de simbolismo, con la idea del número 8 —su número, el infinito— como metáfora de una carrera que no se cierra del todo, sino que regresa al punto de partida. “Algunas historias no terminan”, vino a decir el propio Cazorla en su mensaje de despedida. Y en su caso no suena a frase preparada, sino a verdad sencilla.
Porque Cazorla no volvió al Real Oviedo por contrato, por escaparate ni por capricho de veterano. Volvió por amor. Lo hizo en 2023, con 38 años, aceptando el salario mínimo permitido por LaLiga y destinando parte de los ingresos vinculados a sus camisetas a la cantera azul. Ese gesto explica al personaje mejor que cualquier estadística. Pudo retirarse lejos, en silencio, cómodo y millonario. Eligió regresar a un club que llevaba demasiados años esperando una alegría grande.
El niño de Lugo de Llanera que acabó siendo patrimonio del fútbol español
Santiago Cazorla González nació en Lugo de Llanera y creció como crecen los futbolistas de verdad: con una pelota, una ilusión y ninguna garantía. Entró en la cantera del Real Oviedo siendo un niño, pero la crisis económica del club le obligó a salir antes de poder debutar con el primer equipo. Aquel desgarro inicial fue, visto con el tiempo, el primer capítulo de una historia circular. El Oviedo no pudo retenerle entonces. Veinte años después, Cazorla volvió para devolver algo mucho más grande que fútbol. Volvió para devolver orgullo.
Su carrera le llevó al Villarreal, al Recreativo de Huelva, al Málaga, al Arsenal, al Al Sadd y, finalmente, de nuevo al Real Oviedo. En todos esos lugares dejó una marca parecida: la del futbolista bajito que parecía jugar con un segundo más que los demás. Ambidiestro casi de laboratorio, capaz de girar, pausar, acelerar y encontrar un pase donde otros solo veían piernas. Cazorla fue uno de esos jugadores que no necesitaban correr más que nadie porque pensaban antes que todos.
La sonrisa del fútbol
Hay futbolistas que impresionan por su poder físico. Otros por su carácter abrasivo. Cazorla impresionaba por otra cosa: por la naturalidad. Parecía que jugar bien le salía sin esfuerzo, como quien tararea una canción que conoce desde niño. Controlaba con la derecha, golpeaba con la izquierda, amagaba sin exagerar y siempre parecía estar disfrutando. Incluso cuando el partido era áspero, incluso cuando el rival apretaba, incluso cuando el cuerpo ya empezaba a cobrarle viejas facturas, Cazorla conservaba esa sonrisa de patio de colegio.
Por eso fue tan querido en sitios tan distintos. En Villarreal fue símbolo de una generación maravillosa. En Málaga formó parte de un proyecto que ilusionó a toda una ciudad. En el Arsenal se convirtió en futbolista de culto, admirado por una afición que aún hoy le recuerda como un artista. En la selección española ganó las Eurocopas de 2008 y 2012, formando parte de una época dorada irrepetible. Fue internacional en 81 ocasiones y marcó 15 goles con España, cifras que explican su dimensión, aunque no alcanzan a medir su encanto.
El hombre que volvió de donde casi nadie vuelve
Pero la historia de Cazorla no se entiende solo desde la belleza. También se entiende desde el dolor. Su grave lesión en el tendón de Aquiles, sufrida en su etapa final en el Arsenal, derivó en una pesadilla médica de operaciones, infecciones y dudas terribles. Llegó a temer por su pie. Hubo momentos en los que volver a jugar parecía una fantasía y caminar con normalidad ya era casi una victoria.
Ahí se agrandó su leyenda. Porque Cazorla regresó. No volvió como una sombra decorativa de sí mismo, sino como futbolista útil, brillante, competitivo. Regresó al Villarreal, volvió a disfrutar, volvió a la selección y demostró que la resistencia también puede ser una forma de arte. En un fútbol cada vez más obsesionado con el músculo, los datos y la velocidad, él recordó algo básico: el talento, cuando va acompañado de una cabeza limpia y una voluntad enorme, puede sobrevivir incluso a lo imposible.
El regreso que el oviedismo necesitaba
Cuando Cazorla volvió al Oviedo, el gesto tuvo algo de reparación histórica. El niño que se había marchado porque el club se caía volvía convertido en leyenda para ayudar a levantarlo. Y no lo hizo desde la pose del salvador, sino desde la humildad del que se ponía al servicio de una camiseta. No fue un fichaje: fue una reconciliación.
El punto más alto llegó en junio de 2025, con el ascenso del Real Oviedo a Primera División después de 24 años. En la final del playoff ante el Mirandés, Cazorla marcó de penalti en el partido de vuelta y el Oviedo acabó ganando 3-1 en la prórroga para regresar a la máxima categoría. Aquella noche, el Tartiere no solo celebró un ascenso. Celebró una deuda saldada con su propia historia.
Cazorla no devolvió él solo al Oviedo a Primera, porque el fútbol nunca pertenece a un solo hombre. Pero sin él, ese relato no habría tenido la misma luz. Fue capitán, guía, símbolo y, sobre todo, memoria viva. En cada pase suyo había algo más que fútbol: había una conversación con los años duros, con los domingos en Segunda B, con las tardes de barro emocional, con una afición que se acostumbró demasiado tiempo a resistir.
Una última temporada amarga, pero no menor
Su última temporada no tuvo el final soñado. El Oviedo logró tocar la Primera División, pero no pudo consolidarse y terminó descendiendo. Cazorla disputó 28 partidos, aunque fue perdiendo protagonismo en una campaña complicada y marcada por los cambios de jerarquía. Tras el descenso, meditó su continuidad, habló con el técnico Julián Calero y acabó tomando la decisión definitiva: colgar las botas.
Ese desenlace no empaña nada. Al contrario. Humaniza la despedida. Cazorla no se va después de una postal perfecta, sino después de haber vivido el fútbol como es: hermoso, ingrato, luminoso y cruel. Se va tras haber cumplido el sueño que de verdad le importaba: vestir otra vez de azul, capitanear al Oviedo y sentir que su carrera terminaba donde había nacido.
El mago que no presumía de magia
A Cazorla se le llamó muchas veces “el mago”. Y el apodo era justo, aunque él nunca pareció demasiado interesado en explotarlo. Su magia no estaba en hacer regates de escaparate ni en pedir focos. Estaba en simplificar lo difícil. En recibir rodeado y salir limpio. En golpear igual de bien con las dos piernas. En mejorar a los compañeros. En entender el fútbol como un juego colectivo, no como una pasarela individual.
Esa es quizá la mayor lección que deja. En una época de egos enormes, Cazorla fue enorme sin ego. En una época de ruido permanente, fue respetado por hablar bajo. En una época en la que muchos futbolistas parecen productos, él siguió pareciendo una persona. Una persona extraordinariamente buena jugando al fútbol, sí, pero persona al fin y al cabo.
Qué queda ahora
Queda la duda de si seguirá vinculado al Real Oviedo en otra función. La SER apuntaba este jueves que aún se desconoce si continuará ligado al club en algún cargo. Sería extraño que una figura así quedase lejos del fútbol y más extraño aún que el Oviedo no encontrase una manera de mantener cerca a uno de los nombres más importantes de su historia reciente.
Pero esa será otra historia. La de hoy es la despedida del futbolista. La del niño de Lugo de Llanera que tuvo que marcharse, conquistó el fútbol, sobrevivió a una lesión terrible y volvió para abrazar a su gente. La del jugador que pudo elegir cualquier final y eligió el más difícil, el más emocional y el más suyo.
Santi Cazorla cuelga las botas, pero no se va del todo. Hay futbolistas que se retiran y desaparecen. Otros se quedan flotando en la memoria de una grada, en una camiseta, en una generación de niños que preguntará quién fue aquel número 8 del que sus padres hablan con una sonrisa.
Cazorla pertenece a ese segundo grupo.
El mago se ha ido. La magia, no.
