Pepín Corripio, el niño asturiano que cruzó el océano y levantó un imperio sin dejar de mirar a su aldea

Pepín Corripio, el niño asturiano que cruzó el océano y levantó un imperio sin dejar de mirar a su aldea

El empresariado asturiano rindió homenaje en Gijón al magnate asturdominicano, premio Álvarez Margaride 2026, símbolo de una generación emigrante que convirtió la necesidad en empresa, la memoria en compromiso y el éxito en una forma de devolución a sus dos patrias: Asturias y República Dominicana

Hay vidas que no caben en una biografía empresarial porque empiezan mucho antes que la empresa. La de José Luis Corripio Estrada, Pepín Corripio, comenzó en una aldea asturiana y terminó convirtiéndose en una de las grandes historias económicas del Caribe. O quizá no terminó, que esa es precisamente la primera lección de su caso: a los 92 años, el empresario nacido en Arroes, Villaviciosa, sigue siendo presentado por su familia no en pasado, sino en presente. No fue emprendedor. Es emprendedor. No construyó. Sigue construyendo. No se retiró. Sencillamente, esa palabra nunca acabó de entrar en su vocabulario.

El mundo empresarial asturiano se reunió en el Real Club Astur de Regatas, en Gijón, para entregar a Pepín Corripio el XV Premio José Luis Álvarez Margaride a la Trayectoria Empresarial. El galardón, recogido en su nombre por su hijo Manuel Corripio, fue mucho más que una distinción protocolaria. Tuvo algo de homenaje colectivo a una manera de entender la vida: trabajo constante, discreción, familia, memoria, arraigo y una rara capacidad para mirar la crisis sin quedarse atrapado en el polvo que levanta.

Manuel Corripio lo resumió con una imagen poderosa: su padre “supo separar del polvo de la crisis el grano de la oportunidad”. La frase funciona casi como definición de una trayectoria marcada por el desarraigo, la guerra, la emigración, la reconstrucción y el crecimiento. Pepín Corripio salió de Asturias siendo un niño, empujado por las circunstancias de una época terrible, pero Asturias nunca salió de él. Ese fue, de hecho, uno de los grandes hilos emocionales de la noche: el reconocimiento a un empresario que hizo fortuna muy lejos de su tierra sin convertir la distancia en olvido.

Corripio nació en Arroes en 1934. En 1938, en plena herida española, emigró junto a su madre a República Dominicana para reunirse con su padre, Manuel Corripio García, que ya había abierto camino en Santo Domingo. Lo que pudo quedar como una historia familiar de supervivencia acabó transformándose, con los años, en uno de los conglomerados privados más importantes de la economía dominicana. Hoy, el Grupo Corripio es una estructura diversificada con presencia en distribución, industria, alimentación, combustibles, automoción, electrodomésticos, productos de consumo y medios de comunicación. Más que una empresa, es una constelación.

Pero la noche gijonesa no quiso contar solo el volumen del imperio, sino la raíz moral de ese crecimiento. Manuel Corripio rechazó la idea fácil del “hombre hecho a sí mismo”, ese mito tan cómodo para los discursos de sobremesa y tan injusto con todo lo que sostiene una vida. Detrás de su padre, dijo, estuvieron los padres que se sacrificaron, la esposa que acompañó, los colaboradores que creyeron, el país que acogió y una Providencia que bendijo. No era una frase decorativa. Era una forma de entender el éxito no como pedestal individual, sino como obra colectiva.

Esa idea explica buena parte de la figura de Pepín Corripio. Su historia tiene algo de epopeya empresarial, sí, pero también de pedagogía silenciosa. A los 15 años ya asumió responsabilidades en el negocio familiar. Estudió, trabajó, aprendió el oficio del comercio desde abajo y acabó imprimiendo al grupo una cultura de disciplina, constancia y diversificación. En los años sesenta inició una expansión que convirtió aquel negocio familiar en una plataforma empresarial de enorme presencia en la vida cotidiana dominicana. En cada salto hubo intuición, pero también paciencia; ambición, pero sin estridencia; crecimiento, pero sin ruptura con el origen.

Por eso el homenaje tenía una lectura asturiana muy profunda. Pepín Corripio representa a esa Asturias que se marchó porque no le quedaba más remedio y que, desde fuera, siguió ensanchando el nombre de la región. No fue una emigración sentimental de postal, sino una emigración dura, de maleta, incertidumbre y trabajo. La diferencia es que algunos de aquellos niños y jóvenes que cruzaron el océano no solo lograron salir adelante: ayudaron a construir países, empresas, empleos, instituciones culturales y redes sociales enteras. En Corripio, Asturias no aparece como nostalgia, sino como brújula.

El presidente del Principado, Adrián Barbón, lo expresó en el acto al reivindicar la necesidad de una Asturias que se reconozca a sí misma y valore más sus posibilidades. En Pepín Corripio vio una enseñanza moral: la de quienes llegan lejos y, precisamente por eso, no olvidan de dónde salieron. La emigración, vino a decir, no puede ser tratada como una página cerrada del pasado asturiano, sino como parte viva de su futuro. Porque la diáspora no solo conserva canciones, apellidos y recuerdos: también crea puentes económicos, culturales y humanos.

Esa doble patria —Asturias y República Dominicana— fue otro de los grandes ejes de la velada. Tony Raful, embajador dominicano, glosó la figura del galardonado desde esa identidad compartida. Pepín Corripio no eligió entre una tierra y otra. Las sumó. En República Dominicana encontró acogida, futuro y comunidad. En Asturias conservó raíz, afecto y memoria. Su vida demuestra que hay personas que no pertenecen menos por pertenecer a dos lugares; pertenecen más. Son, por así decirlo, ciudadanos de ida y vuelta, gente capaz de convertir el océano no en frontera, sino en puente.

La dimensión cultural de Corripio ayuda a explicar por qué su figura supera el marco estrictamente empresarial. En República Dominicana, su apellido está asociado también a medios de comunicación, iniciativas culturales y proyectos de apoyo social. La Fundación Corripio ha respaldado durante décadas la vida literaria y cultural del país caribeño, mientras que la Fundación Corripio Alonso, creada junto a su esposa Ana María Alonso, devuelve ahora parte de ese recorrido vital a Asturias mediante programas vinculados a cultura, patrimonio, arte, investigación, emprendimiento y apoyo comunitario en territorios ligados a la familia, especialmente Villaviciosa, Cabranes y Piloña.

Ahí está quizá la parte más hermosa de esta historia: el éxito que vuelve. No en forma de vanidad, sino de compromiso. Corripio no ha querido que su relación con Asturias sea solo una casa familiar, una visita de verano o una fotografía en el jardín de Villaviciosa. Ha querido institucionalizar ese vínculo, hacerlo útil, convertirlo en proyectos que permanezcan cuando ya no basten los discursos ni los homenajes. Esa es la diferencia entre recordar una tierra y responder ante ella.

Durante la entrega del premio también tomó la palabra Josep Oliu, presidente del Banco Sabadell, entidad vinculada al galardón a través de Sabadell Herrero. Oliu destacó la capacidad de Corripio para crear valor en República Dominicana y su contribución al desarrollo cultural. Su intervención añadió otra lectura a la noche: la empresa como algo más que balance, margen y cuenta de resultados. En tiempos de incertidumbre global, inflación, tensiones geopolíticas, cambios tecnológicos y miedo al futuro, la figura de un empresario de 92 años que sigue hablando de emprender funciona casi como una provocación saludable. Mientras medio mundo discute cómo adaptarse, Corripio recuerda que adaptarse nunca fue una moda: siempre fue la condición básica para sobrevivir.

También estuvieron presentes representantes institucionales y políticos de distintos municipios asturianos, entre ellos Oviedo, Gijón, Villaviciosa y Castrillón. La alcaldesa gijonesa, Carmen Moriyón, subrayó que las grandes trayectorias empresariales nunca son obra de una sola persona, sino el resultado de algo que se transmite. Y esa transmisión —de padres a hijos, de empresa a comunidad, de país de origen a país de acogida— fue, en realidad, el verdadero argumento de la noche.

El premio Álvarez Margaride reconoce cada año trayectorias empresariales marcadas por el tesón, la innovación, el carácter emprendedor y el vínculo con Asturias. En el caso de Corripio, todos esos elementos aparecen de forma casi natural. Tesón, porque su historia nace de la adversidad. Innovación, porque diversificó un negocio familiar hasta convertirlo en un grupo de referencia. Carácter emprendedor, porque nunca aceptó el retiro como estación final. Y vínculo asturiano, porque su vida entera parece demostrar que la patria no siempre es el lugar donde uno vive, sino también el lugar al que uno decide seguir perteneciendo.

La figura de Pepín Corripio emociona porque no responde al molde del millonario distante ni al del empresario convertido en personaje de mármol. Su hijo lo presentó como un trabajador incansable, un hombre de familia, un creyente en el esfuerzo y un empresario que entiende el éxito como responsabilidad. Esa palabra —responsabilidad— fue quizá la más importante de la noche. Responsabilidad con quienes le ayudaron, con quienes trabajan en sus empresas, con el país que le abrió las puertas y con la Asturias que lo vio nacer.

En tiempos en los que el éxito suele medirse con rankings, cifras y titulares de fortuna, la historia de Pepín Corripio permite otra lectura. La de un niño asturiano que cruzó el Atlántico huyendo de una España rota, creció en República Dominicana, convirtió la empresa familiar en un emporio, defendió la cultura y la libertad de expresión como parte de su legado y, ya nonagenario, sigue apareciendo ante los suyos como alguien que no ha dejado de emprender.

Quizá por eso el homenaje de Gijón tuvo algo de justicia poética. Asturias reconocía a uno de los suyos, pero también se reconocía en él. En su terquedad buena. En su memoria. En su capacidad para hacer camino lejos sin perder el acento íntimo de la tierra. En Pepín Corripio hay una historia empresarial enorme, sí. Pero hay, sobre todo, una historia asturiana universal: la de quien se fue para poder vivir y acabó demostrando que las raíces, cuando son fuertes de verdad, también saben cruzar océanos.

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