Con plaza, pero sin casa: el alquiler de septiembre a junio arrincona a los profesores desplazados en Asturias
Habitaciones por más de 400 euros, pequeños apartamentos que alcanzan los 650 y contratos que terminan cuando llegan los turistas: cada comienzo de curso obliga a muchos docentes destinados lejos de casa a elegir entre pagar una segunda vivienda, compartir piso o pasar horas en la carretera
Conseguir una plaza docente en Asturias no siempre significa haber resuelto el problema.
A veces es justo cuando empieza otro.
Cada septiembre, cientos de profesores reciben destinos lejos de su domicilio habitual. Algunos tienen que recorrer decenas de kilómetros hasta su centro de trabajo; otros buscan alojamiento cerca del colegio o instituto al que han sido destinados.
Y entonces se encuentran con un mercado inmobiliario que parece diseñado siguiendo el calendario escolar:
“Se alquila de septiembre a junio”.
“Solo temporada escolar”.
“Preferiblemente profesores”.
Cuando termina el curso, la vivienda vuelve a quedar libre para el verano.
En los concejos con mayor presión turística, especialmente en la costa, el mismo piso que durante el invierno sirve de alojamiento a un docente puede recuperar en julio y agosto su uso turístico y multiplicar su rentabilidad.
Para muchos profesores desplazados, encontrar dónde vivir se ha convertido así en una segunda oposición.
Más de una hora para ir a trabajar… y otra para volver
El problema adquiere otra dimensión cuando el destino está lejos del área central.
Un docente que viva en Gijón, Oviedo o Avilés y obtenga una plaza en el Oriente o el Occidente puede enfrentarse a desplazamientos superiores a una hora por trayecto.
Eso significa fácilmente dos horas y media diarias dentro del coche.
Cinco días por semana.
Más de diez horas semanales dedicadas exclusivamente a ir y volver del trabajo.
La alternativa es alquilar una vivienda cerca del centro.
Pero tampoco siempre resulta sencilla.
En determinadas localidades asturianas pueden encontrarse habitaciones por encima de los 400 euros mensuales, mientras que pequeños apartamentos de un dormitorio llegan a rondar los 600 o 650 euros.
Y quien opta por esa solución puede tener que seguir pagando además su vivienda habitual.
El profesor interesa de septiembre a junio; en verano llega el turista
Ahí aparece una de las grandes paradojas de este mercado.
Para un propietario de una vivienda situada en una localidad turística, alquilar durante el curso a un profesor puede resultar una operación muy atractiva.
Durante otoño e invierno existe menos demanda turística, pero los gastos del inmueble continúan: comunidad, suministros, mantenimiento, impuestos.
El docente ofrece estabilidad durante esos meses.
Después llega junio.
Termina el curso escolar.
Y comienza la temporada alta.
El propietario recupera entonces la vivienda para alquilarla por días o semanas a precios muy superiores.
Desde el punto de vista económico, la fórmula tiene lógica.
Desde el punto de vista del profesor, significa vivir durante nueve meses en una casa que nunca llega a ser verdaderamente suya.
Y algunos contratos se complican hasta en Semana Santa
El calendario turístico puede introducir situaciones todavía más llamativas.
Existen casos en los que los propietarios aceptan un alquiler durante el curso escolar, pero plantean recuperar temporalmente la vivienda durante períodos especialmente atractivos para el turismo, como Semana Santa.
Para un trabajador desplazado significa recoger sus pertenencias, buscar una solución provisional durante unos días y regresar después al mismo alojamiento.
La vivienda deja entonces de funcionar como una residencia estable para convertirse casi en una sucesión de ventanas libres dentro del calendario turístico.
Los sustitutos lo tienen todavía más difícil
Si para un profesor con destino hasta junio encontrar alojamiento puede resultar complicado, para quien cubre una sustitución de unas semanas o unos meses el problema aumenta.
Muchos propietarios buscan estabilidad.
Prefieren garantizar nueve meses de alquiler antes que aceptar una estancia de duración incierta.
Eso provoca que las viviendas disponibles para períodos cortos sean menos numerosas y, en ocasiones, más caras.
Un profesor que no sabe si permanecerá dos meses, cuatro o hasta final de curso se encuentra atrapado entre dos mercados:
el alquiler residencial, que suele exigir contratos más largos, y el turístico, cuyos precios pueden resultar inasumibles para vivir de forma continuada.
Compartir piso vuelve a ser una solución
Y reaparece una fórmula que muchos profesionales pensaban haber dejado atrás después de la universidad.
Compartir vivienda.
Profesores adultos, algunos con familia y vivienda propia en otra localidad, buscan compañeros para repartir los gastos de un segundo alojamiento.
No necesariamente porque quieran vivir acompañados.
Simplemente porque las cuentas empiezan a resultar difíciles.
Al alquiler hay que añadir suministros, comida, desplazamientos y el mantenimiento de la vivienda habitual.
Un destino profesional puede acabar suponiendo así varios cientos de euros adicionales cada mes.
El Oriente concentra buena parte de la paradoja
El fenómeno resulta especialmente visible en los concejos turísticos del Oriente asturiano.
Llanes, Ribadesella, Cangas de Onís y otras localidades combinan una fuerte demanda de visitantes durante determinados períodos con la necesidad de alojar durante el invierno a trabajadores de servicios públicos, hostelería, sanidad o educación.
La vivienda existe.
El problema es cuándo está disponible y para quién.
Durante julio y agosto resulta mucho más rentable alquilarla por noches o semanas.
Durante el resto del año aparece otro mercado completamente diferente: profesores, sanitarios y trabajadores desplazados que necesitan vivir allí de lunes a viernes durante meses.
Dos mercados utilizando las mismas casas.
El precio ya no es el único problema: también lo es el calendario
Durante años, el debate sobre la vivienda se ha centrado fundamentalmente en cuánto cuesta alquilar.
Pero para estos trabajadores aparece otro elemento igual de importante:
durante cuánto tiempo pueden quedarse.
Porque una vivienda puede tener un precio relativamente asumible y seguir sin resolver el problema si el contrato termina obligatoriamente en junio.
El ciclo se repite cada año.
Septiembre: llega el profesor.
Junio: termina el contrato.
Julio y agosto: entra el turista.
Septiembre: vuelta a empezar.
Cuando cubrir una plaza exige encontrar también una vivienda
Aquí es donde la cuestión deja de ser únicamente inmobiliaria.
Asturias necesita profesionales en colegios e institutos repartidos por todo el territorio, incluidos municipios alejados del centro de la región.
Pero aceptar determinados destinos puede implicar añadir al trabajo una segunda preocupación: encontrar dónde vivir.
La falta de alojamiento asequible puede hacer menos atractivas determinadas plazas y aumentar el desgaste de quienes deciden cubrirlas mediante largos desplazamientos diarios.
No existen, por ahora, datos públicos suficientes para afirmar cuántas renuncias o cambios de destino están directamente relacionados con problemas de alojamiento.
Ese sería precisamente uno de los datos que Educación debería analizar.
¿Cuántas vacantes resultan más difíciles de cubrir porque el profesor no encuentra vivienda?
¿Cuántos docentes realizan diariamente desplazamientos superiores a una hora?
¿Cuántos pagan un segundo alquiler durante el curso?
La respuesta permitiría saber hasta qué punto el problema de vivienda está empezando a convertirse también en un problema educativo.
¿Y si hubiera que recuperar las antiguas casas de maestros?
La situación recupera incluso una solución que parecía pertenecer a otra época.
Durante décadas, numerosos pueblos dispusieron de viviendas destinadas a maestros, médicos y otros funcionarios desplazados.
Las conocidas casas de maestros formaban parte de la infraestructura necesaria para garantizar servicios públicos en municipios pequeños o alejados.
Décadas después, mientras Asturias intenta combatir la despoblación y mantener colegios, centros sanitarios y servicios públicos en todo el territorio, aquella vieja idea vuelve a resultar sorprendentemente actual.
Porque puede haber un colegio.
Puede existir una plaza.
Puede llegar un profesor.
Pero todavía queda por resolver una pregunta mucho más elemental:
¿Dónde va a vivir de septiembre a junio?
