Es una de las rutas de senderismo más espectaculares de Europa, pero también un camino expuesto a desprendimientos, precipicios y accidentes que pueden resultar mortales. Al menos diez personas han perdido la vida en el recorrido durante este siglo, tres de ellas por caída de rocas, según un balance de RTPA. Una investigación de la Universidad de Oviedo documentó 22 procesos de inestabilidad entre 2001 y 2016. Los accidentes de este verano han vuelto a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿estamos haciendo todo lo posible para proteger a quienes recorren el desfiladero más famoso de Asturias?
Sábado, 7 de noviembre de 2026 | Asturias Mundial
Hay lugares tan hermosos que consiguen hacernos olvidar dónde estamos.
La Ruta del Cares es uno de ellos.
Un sendero aparentemente interminable excavado en paredes verticales de roca caliza. Un río que discurre cientos de metros más abajo. Desfiladeros que parecen abrirse hasta el centro de la Tierra. Puentes suspendidos entre montañas y túneles perforados en una piedra que lleva millones de años enfrentándose al agua, al hielo y a la gravedad.
Cada año, cientos de miles de personas acuden a este rincón de los Picos de Europa para vivir una experiencia que difícilmente olvidarán.
Pero existe otra historia.
Una que no aparece en las fotografías de Instagram.
La montaña se mueve. Las piedras se desprenden. Y, en determinados puntos, un error de apenas unos centímetros puede tener consecuencias irreversibles.
Los datos conocidos sobre la siniestralidad del recorrido obligan a mirar esta maravilla natural desde una perspectiva diferente.
Al menos diez personas han fallecido en accidentes registrados en la Ruta del Cares durante lo que llevamos de siglo, según el balance publicado por Radiotelevisión del Principado de Asturias el pasado 3 de octubre.
Tres de esas muertes estuvieron relacionadas con la caída de rocas desde zonas superiores.
Otras se produjeron por despeñamientos y caídas al vacío.
Y este verano, dos mujeres tuvieron que ser evacuadas en helicóptero después de resultar alcanzadas por piedras.
No estamos ante una ruta que deba dejar de visitarse. Estamos ante un lugar extraordinario que exige comprender sus riesgos antes de adentrarse en él.
EL CARES EN CIFRAS: LA OTRA CARA DE UN PARAÍSO NATURAL
Los datos disponibles permiten comprender la dimensión del problema.
Más de 200.000 visitantes al año. Es la cifra de referencia recogida en investigaciones académicas sobre el recorrido, aunque no equivale necesariamente al volumen exacto de visitantes de 2026.
Más de 3.000 personas al día en julio y agosto. Es la afluencia que RTPA señaló durante los meses de mayor actividad turística.
Al menos diez accidentes mortales en lo que llevamos de siglo. Es el balance difundido por la televisión autonómica en octubre de 2026.
Al menos tres fallecimientos relacionados con caída de rocas. Los restantes accidentes mortales responden principalmente a caídas y despeñamientos, según ese mismo balance.
Doce personas heridas desde el año 2000, de acuerdo con el recuento de accidentes recogido por RTPA, la mitad de ellas alcanzadas por piedras.
22 procesos de inestabilidad documentados entre 2001 y febrero de 2016. Es la cifra obtenida por una investigación geológica de la Universidad de Oviedo a partir de registros de emergencias y noticias de prensa.
Estas cantidades proceden de estudios y recuentos realizados con criterios diferentes.
No constituyen un registro único y completo de todos los incidentes ocurridos.
Pero permiten extraer una conclusión importante.
El riesgo de la Ruta del Cares no es una posibilidad puramente teórica. Tiene antecedentes documentados, víctimas y consecuencias que se repiten a lo largo del tiempo.
JULIO DE 2026: DOS MUJERES ALCANZADAS POR LAS PIEDRAS
El 31 de julio de este año, la belleza del Cares quedó interrumpida por una emergencia.
Dos senderistas de nacionalidad neerlandesa, madre e hija, de 53 y 19 años, recorrían el itinerario cuando una caída de rocas las alcanzó en la vertiente asturiana.
El accidente ocurrió en el paraje de La Raya, cerca del límite entre Asturias y León.
El Servicio de Emergencias del Principado movilizó al Grupo de Rescate de Bomberos de Asturias y al helicóptero medicalizado.
Ambas mujeres resultaron heridas y tuvieron que ser evacuadas.
Los primeros informes médicos calificaron su estado de grave, a falta de pruebas y valoraciones posteriores.
La dirección del Parque Nacional ordenó inmediatamente el cierre preventivo de toda la ruta.
La decisión no respondió a una voluntad de restringir el turismo, sino a una necesidad evidente: comprobar si existían nuevos bloques de roca susceptibles de desprenderse.
Durante los días siguientes, los técnicos inspeccionaron el punto de origen del desprendimiento.
El 2 de agosto se anunció la reapertura.
La inspección había permitido localizar el lugar del que procedía el bloque y no se apreciaban elementos con riesgo inminente de caída.
Pero la reapertura vino acompañada de una advertencia fundamental.
Que no se detecte un peligro inmediato en un punto concreto no significa que haya desaparecido el riesgo de desprendimientos en el resto del desfiladero.
Esa es una de las características esenciales de los espacios naturales de alta montaña.
No son infraestructuras completamente controlables.
Son territorios que evolucionan constantemente.
SEPTIEMBRE: UNA SENDERISTA NORUEGA PIERDE LA VIDA
Apenas unas semanas después, el 19 de septiembre de 2026, la Ruta del Cares volvió a ser escenario de una tragedia.
Una senderista noruega de 71 años falleció tras precipitarse por un desnivel cuando realizaba el recorrido en Cabrales.
El accidente se produjo a unos cuatro kilómetros del inicio de la ruta desde Poncebos, después de la majada de Culiembro.
Según la información facilitada por los servicios de emergencia, la mujer estaba colocándose una mochila de gran peso cuando perdió el equilibrio y cayó.
Los equipos del Servicio de Emergencias del Principado acudieron al lugar con el helicóptero y el Grupo de Rescate.
También intervino el Grupo de Rescate e Intervención en Montaña de la Guardia Civil.
La mujer falleció como consecuencia de la caída.
Este accidente no estuvo provocado por un desprendimiento de rocas.
Y esa distinción resulta fundamental para comprender el problema.
En el Cares existen al menos dos grandes categorías de peligro: las piedras que pueden caer sobre el senderista y la posibilidad de que sea el propio caminante quien se precipite al vacío.
Ambos riesgos pueden tener consecuencias devastadoras.
Pero requieren medidas preventivas diferentes.
¿POR QUÉ SE DESPRENDEN LAS ROCAS?
Para responder a esta pregunta hay que comprender cómo funciona la geología de los Picos de Europa.
El desfiladero del Cares atraviesa grandes formaciones de roca caliza.
Son materiales que han estado sometidos durante millones de años a movimientos tectónicos, fracturas, erosión y procesos de disolución provocados por el agua.
La montaña que vemos hoy es el resultado de una transformación extraordinariamente lenta.
Pero esa transformación continúa.
Y algunas de sus manifestaciones pueden producirse de manera repentina.
El agua: una fuerza silenciosa
La lluvia puede penetrar en las fracturas de las rocas.
Cuando esas discontinuidades se saturan, pueden modificarse las condiciones que mantienen estables determinados bloques.
Además, la circulación del agua favorece la erosión y otros procesos que alteran progresivamente las laderas.
En terrenos calizos, la disolución de la roca también desempeña un papel relevante.
El hielo: una cuña natural
En determinadas épocas del año, el agua acumulada en las grietas puede congelarse.
Al hacerlo, aumenta de volumen.
Ese proceso, conocido como gelifracción, ejerce presión sobre las paredes de las fracturas.
La repetición de ciclos de congelación y deshielo puede contribuir a la separación de fragmentos rocosos.
No significa que cada helada provoque un desprendimiento.
Significa que el hielo participa en la evolución natural de las laderas.
Los animales
La fauna que habita en los Picos de Europa también puede intervenir en la movilización de piedras sueltas.
El movimiento de animales sobre determinados terrenos puede desplazar fragmentos que se encuentran en posiciones inestables.
Las raíces y la vegetación
Las raíces pueden penetrar en las fracturas y contribuir, en determinadas circunstancias, a separar pequeños bloques.
Al mismo tiempo, la vegetación también puede estabilizar otros materiales.
Por tanto, su efecto depende del tipo de terreno y de las características de cada ladera.
Los incendios
Los incendios forestales pueden modificar la cobertura vegetal y las condiciones del terreno.
La pérdida de vegetación, los cambios térmicos y la alteración de determinados materiales pueden favorecer procesos de inestabilidad.
En la historia del Cares existen episodios en los que el fuego obligó a cerrar preventivamente el recorrido por el riesgo de caída de piedras.
Lo importante es comprender que un desprendimiento puede responder a diferentes factores, que en ocasiones actúan conjuntamente.
No existe una única causa.
Y tampoco es posible anticipar con exactitud todos los movimientos que pueden producirse en una garganta de estas características.
LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO YA HABÍA ESTUDIADO EL PROBLEMA
La peligrosidad geológica del Cares no es una preocupación reciente.
En 2016, la investigadora Lara Álvarez García presentó en la Universidad de Oviedo un trabajo de fin de máster titulado Zonificación y evaluación de la peligrosidad por procesos de ladera en la Ruta del Cares.
La investigación fue tutelada por María José Domínguez Cuesta, profesora de la Universidad de Oviedo, y Mónica Meléndez Asensio, técnica del Instituto Geológico y Minero de España.
El objetivo era estudiar los procesos de inestabilidad registrados en el recorrido e identificar los sectores potencialmente más peligrosos.
Para ello se revisaron hemerotecas de periódicos regionales, avisos del 112 Asturias, documentación del Parque Nacional y características geológicas del terreno.
La investigadora examinó inicialmente 297 noticias de prensa.
De ellas seleccionó 51 que contenían información útil para el análisis.
También incorporó registros de emergencias.
El resultado fue la identificación de 22 procesos de inestabilidad de laderas entre 2001 y febrero de 2016.
De esos episodios, diez habían ocasionado daños personales, seis afectaron a la propia senda y otros seis no provocaron daños.
La investigación permitió localizar con suficiente precisión diez de esos procesos y elaborar una propuesta de zonificación de peligrosidad.
Los resultados distinguían cuatro categorías: baja, media, media-alta y alta.
El trabajo no pretendía demostrar que solo hubieran ocurrido 22 desprendimientos durante aquel periodo.
Su objetivo era analizar los episodios que podían documentarse con los materiales disponibles.
Esta distinción es esencial.
La ausencia de registros completos no significa ausencia de desprendimientos.
Una piedra puede caer de madrugada sin que nadie la vea.
Un bloque puede desprenderse en una ladera alejada del camino.
Y pequeños movimientos pueden producirse sin generar daños ni movilizar a los servicios de emergencia.
Por eso los inventarios históricos son útiles, pero no deben confundirse con una medición exhaustiva de toda la actividad geológica.
LOS GRANDES DESPRENDIMIENTOS QUE CAMBIARON LA RUTA
El Cares conserva una historia de accidentes y reconstrucciones que ayuda a comprender la fragilidad del recorrido.
Uno de los episodios más importantes tuvo lugar en febrero de 2010.
En la zona de Los Collados se produjo un gran desprendimiento que afectó al canal de agua y provocó la desestabilización de una importante masa de terreno.
El resultado fue el derrumbe de varias decenas de metros de la plataforma del sendero.
La ruta tuvo que cerrarse.
Los trabajos de reparación exigieron intervenir sobre un terreno extraordinariamente complicado.
Pero aquel año todavía guardaba otro episodio.
En noviembre de 2010, después de varios días de lluvias intensas, un argayo afectó a la zona de Culiembro.
La caída de materiales eliminó parte del camino y dejó un paso extremadamente estrecho junto al precipicio.
Los responsables del Parque Nacional tuvieron que señalizar el peligro y organizar las actuaciones necesarias para recuperar la circulación.
Estos sucesos demuestran que la amenaza no se limita a las piedras que pueden alcanzar a una persona.
En determinadas circunstancias, es la propia plataforma del camino la que puede desaparecer.
Y cuando eso sucede en una senda excavada sobre una pared vertical, las consecuencias pueden ser especialmente graves.
DICIEMBRE DE 2025: CUANDO LA MONTAÑA VOLVIÓ A CORTAR EL CAMINO
La historia se repitió el 9 de diciembre de 2025.
Un desprendimiento en la vertiente leonesa, entre Caín y el puente de los Rebecos, arrastró parte de la plataforma de la senda.
El daño obligó a decretar el cierre total del recorrido.
La zona afectada se encontraba aproximadamente a dos kilómetros de Caín.
Los responsables del Parque Nacional organizaron una reapertura parcial mientras se evaluaban y ejecutaban las actuaciones de reparación.
Posteriormente se instaló una pasarela para restablecer el paso.
La intervención permitió recuperar la continuidad del itinerario.
Pero el episodio volvió a demostrar una característica esencial del Cares.
No estamos recorriendo un camino convencional construido sobre terreno estable. Estamos caminando por una infraestructura que atraviesa paredes rocosas sometidas a procesos naturales de transformación.
Y ese condicionante no desaparecerá mediante una reparación puntual.
MÁS DE 3.000 PERSONAS AL DÍA: EL DESAFÍO DE LA MASIFICACIÓN
Hay otro factor que modifica la dimensión del riesgo.
La afluencia de visitantes.
Según RTPA, durante julio y agosto pueden recorrer la Ruta del Cares más de 3.000 personas al día.
Es una cifra extraordinaria para un itinerario de montaña que cuenta con tramos estrechos, paredes verticales y zonas sin protección lateral.
La presencia de tantos senderistas no significa que todos se encuentren en peligro.
Pero sí aumenta la exposición colectiva a los riesgos naturales.
Cuantas más personas circulan por un espacio, mayor es el número de visitantes potencialmente afectados si se produce un desprendimiento.
También aparecen problemas relacionados con los cruces en zonas estrechas, los adelantamientos y las paradas para realizar fotografías.
Una persona puede detenerse para contemplar el paisaje.
Otra puede intentar adelantarla.
Y un tercer senderista puede llegar en dirección contraria.
En determinadas zonas, ese encuentro aparentemente cotidiano obliga a prestar especial atención.
La masificación no provoca por sí misma los desprendimientos, pero puede aumentar sus consecuencias y generar situaciones adicionales de riesgo.
Es una diferencia que conviene tener presente.
¿DEBERÍA LIMITARSE EL ACCESO AL CARES?
La pregunta lleva años sobre la mesa.
Y no es sencilla.
En 2024, el Procurador del Común de Castilla y León planteó valorar medidas relacionadas con la seguridad del recorrido.
Entre las posibilidades examinadas figuraban limitar el número de visitantes en determinadas épocas y estudiar restricciones específicas para animales de compañía o menores de corta edad.
El objetivo era reducir las situaciones de riesgo asociadas a la masificación y a las características del sendero.
Pero cualquier decisión de este tipo plantea importantes consecuencias.
La Ruta del Cares es uno de los grandes atractivos turísticos del Parque Nacional.
Su popularidad genera actividad económica en las localidades próximas.
En Poncebos, Caín y otros núcleos del entorno, numerosos establecimientos dependen directa o indirectamente del turismo de naturaleza.
Hoteles, casas rurales, restaurantes, servicios de transporte, guías y empresas de turismo activo forman parte de ese tejido económico.
Por eso el debate no enfrenta simplemente a quienes quieren proteger la montaña con quienes defienden el turismo.
La verdadera cuestión es cómo mantener una actividad económica fundamental para el territorio sin descuidar la seguridad de sus visitantes.
Controlar la afluencia, mejorar la información, reforzar la vigilancia o establecer cierres preventivos pueden formar parte de las soluciones.
Pero cada medida requiere una evaluación técnica de sus efectos y de su viabilidad.
UNA RUTA QUE NACIÓ PARA TRANSPORTAR AGUA, NO PARA RECIBIR MULTITUDES
Hay una circunstancia histórica que ayuda a comprender el problema.
La Ruta del Cares no nació como un itinerario turístico.
Su origen está relacionado con la construcción y el mantenimiento de las infraestructuras hidroeléctricas del desfiladero.
El canal de agua que recorre la garganta permitió aprovechar los recursos hidráulicos de la zona.
Para construirlo y mantenerlo fue necesario habilitar accesos en un territorio de extraordinaria dificultad.
Aquellos caminos de servicio terminaron convirtiéndose en uno de los recorridos senderistas más conocidos de España.
La senda fue ampliada y acondicionada durante el siglo XX.
Y con el paso de las décadas comenzó a recibir un número creciente de visitantes.
Hoy atraviesan el mismo paisaje turistas de diferentes nacionalidades, familias, deportistas y personas que buscan disfrutar de una jornada de naturaleza.
Pero el origen de la infraestructura ayuda a entender por qué el itinerario presenta características tan particulares.
Un camino que nació para dar acceso a una obra hidráulica terminó convertido en una atracción turística internacional.
La montaña, sin embargo, continúa siendo la misma.
EL FALSO SENTIMIENTO DE SEGURIDAD
Uno de los mayores problemas de la Ruta del Cares es que puede parecer más sencilla de lo que realmente es.
En condiciones favorables, el recorrido no exige técnicas de escalada ni conocimientos avanzados de montañismo.
Buena parte de la senda permite caminar con relativa comodidad.
Y esa facilidad aparente puede llevar a algunos visitantes a subestimar el entorno.
La ruta clásica entre Poncebos y Caín tiene aproximadamente once o doce kilómetros por sentido.
Quien decide recorrerla de ida y vuelta debe afrontar alrededor de veintidós kilómetros.
No se trata de un paseo urbano.
Hay desniveles, tramos pedregosos y una exposición continua a las condiciones meteorológicas de la montaña.
Además, el camino discurre en muchos puntos junto a precipicios sin barandillas.
La combinación resulta engañosa.
Que una ruta sea técnicamente accesible no significa que esté libre de peligros objetivos.
Y esa es una de las ideas fundamentales que deben comprender quienes se acercan por primera vez al Cares.
QUÉ DEBERÍAN SABER TODOS LOS SENDERISTAS ANTES DE ENTRAR
La dirección del Parque Nacional ha reiterado en diferentes ocasiones la necesidad de extremar la precaución.
Especialmente después de episodios de lluvia, viento o condiciones meteorológicas adversas.
Antes de iniciar el recorrido conviene comprobar el estado oficial de la senda y la previsión meteorológica.
También es importante llevar calzado adecuado, agua suficiente, alimentos y ropa apropiada para los cambios de temperatura.
En los tramos estrechos resulta recomendable detenerse cuando sea necesario para facilitar el cruce con otras personas.
No deben realizarse adelantamientos que obliguen a caminar cerca del borde.
Tampoco conviene abandonar la senda señalizada para buscar mejores fotografías.
Y hay una recomendación especialmente importante.
No detenerse innecesariamente bajo paredes donde se observen piedras cayendo ni acercarse a zonas señalizadas como peligrosas.
Ante indicios de desprendimiento, lo adecuado es seguir las instrucciones del personal del Parque y alejarse de la zona de riesgo sin exponerse a nuevos peligros.
Los visitantes también deben valorar sus propias capacidades físicas.
No todo el mundo está preparado para caminar más de veinte kilómetros.
Y no todas las jornadas presentan las mismas condiciones.
Una ruta que puede realizarse con normalidad en un día estable puede resultar desaconsejable después de un episodio meteorológico adverso.
EL FUTURO DEL CARES: PROTEGER SIN DESTRUIR SU ESENCIA
La Ruta del Cares es uno de los grandes tesoros naturales de Asturias y León.
Su valor paisajístico es extraordinario.
Su atractivo turístico, indiscutible.
Y su importancia para la economía de las localidades próximas, muy considerable.
Pero precisamente por todo ello merece una reflexión seria sobre su gestión.
La información disponible demuestra que los desprendimientos forman parte de la dinámica natural del desfiladero.
También confirma que existen antecedentes de accidentes graves y mortales.
Y que el creciente número de visitantes obliga a prestar atención tanto a los riesgos geológicos como a los derivados de la propia circulación de senderistas.
La prevención puede adoptar diferentes formas.
Seguimiento geológico de los sectores más expuestos.
Inspecciones después de episodios meteorológicos adversos.
Revisión y mantenimiento de las infraestructuras.
Señalización clara.
Información comprensible para visitantes extranjeros.
Y procedimientos eficaces para cerrar preventivamente los tramos que presenten situaciones de especial peligro.
Estas medidas no eliminarían por completo el riesgo.
Pero pueden ayudar a reducir la exposición y mejorar la capacidad de respuesta.
LA BELLEZA QUE DEBEMOS APRENDER A RESPETAR
Hay una razón por la que miles de personas siguen regresando a la Ruta del Cares.
Porque pocos lugares ofrecen una experiencia comparable.
Caminar entre paredes gigantescas de piedra, escuchar el río cientos de metros más abajo y contemplar uno de los paisajes más extraordinarios de los Picos de Europa es algo difícil de olvidar.
Pero esa belleza tiene una condición.
La montaña no es un decorado.
No está inmóvil.
No ha sido construida para ofrecer una experiencia turística sin imprevistos.
Es un territorio vivo desde el punto de vista geológico, sometido a fuerzas que comenzaron a actuar mucho antes de que existiera el primer senderista.
Los accidentes ocurridos durante las últimas décadas recuerdan que la prudencia debe formar parte de cualquier visita.
Y que los responsables públicos tienen el desafío de compatibilizar la conservación, la seguridad y la actividad económica.
La Ruta del Cares no necesita dejar de ser salvaje para seguir siendo maravillosa. Pero sí necesita que quienes la visitan comprendan que están entrando en un espacio donde la naturaleza impone sus propias reglas.
Porque el verdadero lujo no consiste solamente en recorrer uno de los desfiladeros más espectaculares de Europa.
Consiste en poder admirarlo, disfrutarlo y regresar a casa para contarlo.

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