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Oviedo despide a Cholo Lobato, el patriarca de una saga hostelera de 128 años y uno de los grandes nombres del oviedismo

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Fallecido este domingo a los 86 años, José Manuel Martínez García dedicó medio siglo a mantener vivo el legado de Casa Lobato, el restaurante más antiguo de Oviedo. Directivo del Real Oviedo en la histórica etapa europea del club, deja tras de sí una historia de cuatro generaciones, una familia entregada a la hostelería y el recuerdo de una forma de entender la vida y los negocios que ya escasea.

Hay personas que acaban formando parte de la historia de una ciudad sin necesidad de ocupar grandes cargos públicos ni aparecer continuamente en los titulares. Personas cuyo nombre queda unido para siempre a un establecimiento, a una tradición, a un equipo de fútbol o, sencillamente, a una manera de hacer las cosas. José Manuel Martínez García, conocido por todos como Cholo Lobato, era una de ellas.

Su fallecimiento este domingo, 11 de octubre, a los 86 años, deja un vacío en la hostelería ovetense y en el entorno del Real Oviedo, dos mundos a los que dedicó buena parte de su vida.

Durante cerca de medio siglo fue el alma de Casa Lobato, un restaurante nacido en 1898 que ha sobrevivido a dos guerras mundiales, una Guerra Civil, varias crisis económicas y profundas transformaciones sociales. Un establecimiento que es mucho más que un negocio: constituye una pequeña historia de Oviedo contada a través de cuatro generaciones de una misma familia.

La fotografía de una vida: Cholo en el centro, rodeado de su saga

Hay una imagen que resume mejor que muchas palabras quién fue Cholo Lobato y lo que deja tras de sí.

En ella aparece sentado en el centro, vestido de traje, con las manos reposando sobre las rodillas y una expresión tranquila. A su alrededor, sus tres hijos, Antonio Enrique, Juan Luis y Marcos, representantes de la cuarta generación de una saga que continúa al frente del histórico restaurante.

La fotografía es algo más que un retrato familiar. Es la imagen de una sucesión empresarial que ha funcionado durante 128 años. Cholo ocupa el centro, como durante décadas lo ocupó en la vida de Casa Lobato, mientras sus hijos representan el presente y el futuro del establecimiento.

Porque si algo consiguió fue precisamente eso: recibir un legado, hacerlo crecer y entregárselo a la siguiente generación sin que perdiera su identidad.

Junto a su esposa, María de las Mercedes García García, conocida como Mari, construyó una familia cuya historia ha quedado estrechamente ligada a la del restaurante.

Todo comenzó en 1898, con un veterano de la Guerra de Cuba

Para entender la historia de Cholo hay que viajar mucho más atrás, hasta finales del siglo XIX.

En 1898, cuando España perdía sus últimas grandes colonias, José Lobato regresaba de la Guerra de Cuba con una distinción militar que le permitió obtener la concesión de un estanco.

Aquel fue el origen de Casa Lobato.

Lo que hoy conocemos como uno de los restaurantes más emblemáticos de Oviedo comenzó siendo una tienda mixta en la zona del Naranco. Allí se vendía prácticamente de todo: alimentos, tejidos y productos de primera necesidad.

Sus primeros clientes procedían de un Oviedo que poco tenía que ver con la ciudad actual. Eran trabajadores de las minas de hierro del Naranco, vecinos de las explotaciones ganaderas y personas que transitaban por unos caminos que, durante el invierno, podían quedar cubiertos de nieve.

La familia todavía conservaba recuerdos de aquellos tiempos en los que los caminantes entraban en el establecimiento para calentarse con una copa de coñac antes de continuar su recorrido.

Pero la historia del negocio estuvo a punto de terminar de forma dramática.

Durante la Guerra Civil, el establecimiento quedó destruido.

Fue Enrique Lobato, padre de Cholo, quien asumió la tarea de reconstruirlo y ponerlo nuevamente en marcha. Lo hizo en una época de enormes dificultades económicas, cuando mantener abierto un negocio exigía sacrificios que hoy resultan difíciles de imaginar.

Aquella segunda generación consiguió que Casa Lobato sobreviviera.

La tercera, encabezada por Cholo, se encargaría de convertirlo definitivamente en una institución gastronómica.

1975: el año en que Cholo tomó las riendas

Cholo Lobato asumió la dirección del negocio familiar en 1975, en un momento en el que España comenzaba una profunda transformación.

Oviedo crecía, cambiaban los hábitos de consumo y la restauración tradicional empezaba a convivir con nuevas formas de entender la hostelería.

Su gran mérito fue saber adaptarse sin romper con el pasado.

Casa Lobato mantuvo su personalidad, su gastronomía y el trato cercano que había caracterizado al establecimiento desde sus orígenes, al tiempo que consolidaba una clientela que terminaría convirtiéndolo en uno de los restaurantes de referencia de la ciudad.

Para Cholo, además, aquella casa tenía un significado muy especial.

Durante décadas, el restaurante fue también el hogar de la familia. Los Lobato vivieron en el mismo edificio hasta los años ochenta, y sus hijos crecieron prácticamente entre los fogones, los comedores y las conversaciones de los clientes.

La separación entre vida familiar y actividad profesional era casi inexistente.

Esa convivencia explica en buena medida el carácter familiar que ha conservado el establecimiento y el compromiso de sus hijos con su continuidad.

De Plácido Domingo a David Summers: un restaurante lleno de historias

En 128 años de existencia, por Casa Lobato han pasado generaciones enteras de ovetenses, empresarios, deportistas, artistas y personalidades conocidas.

Entre sus visitantes figuran nombres como Plácido Domingo, David Summers, Jesús Gil o José Antonio Corbalán, el histórico jugador de baloncesto del Real Madrid.

Cada uno dejó alguna anécdota.

La familia recuerda, por ejemplo, cómo una visita de David Summers, cantante de Hombres G, terminó provocando una auténtica revolución entre las estudiantes de un colegio cercano cuando corrió la voz de que el artista estaba comiendo allí.

O aquella ocasión en la que un cliente decidió presentarse directamente en helicóptero y aterrizar en el aparcamiento para disfrutar de una comida.

Son historias que contribuyeron a construir la leyenda del establecimiento.

Pero Cholo siempre tuvo claro que la verdadera riqueza de Casa Lobato no estaba en las celebridades que atravesaban sus puertas, sino en las personas que regresaban una y otra vez.

Los clientes de toda la vida fueron el verdadero patrimonio del restaurante.

En esa filosofía se encuentra probablemente una de las claves de su longevidad: conseguir que varias generaciones de una misma familia acudieran al establecimiento y lo sintieran también como una parte de sus propios recuerdos.

El otro gran amor de Cholo: el Real Oviedo

Si Casa Lobato fue su vida profesional, el Real Oviedo ocupó un lugar privilegiado en su historia personal.

Cholo fue mucho más que un aficionado.

Durante los años noventa formó parte de la directiva del club azul bajo la presidencia de Eugenio Prieto, coincidiendo con una de las etapas más recordadas por el oviedismo.

Fueron los años de un Real Oviedo consolidado en Primera División, capaz de competir con los grandes clubes españoles y de alcanzar una histórica clasificación para la Copa de la UEFA.

La eliminatoria frente al Génova italiano, en 1991, sigue formando parte de la memoria sentimental de los aficionados azules.

Cholo vivió aquella época desde dentro, participando en la vida institucional de un club que representaba otra de sus grandes pasiones.

Su recuerdo permanece especialmente vivo entre quienes compartieron aquellos años.

Vicente González-Villamil, presidente de la Asociación de Veteranos del Real Oviedo, lo ha recordado como un gran oviedista que colaboró intensamente con el club.

Su semblanza incluye una frase particularmente reveladora: era un directivo que «protegía a la gente de casa».

Y añade otra definición que probablemente resume mejor que cualquier cargo su personalidad: «Un hombre que se hacía querer».

No es un elogio menor en el mundo del fútbol, donde los cargos pasan, los resultados se olvidan y las relaciones personales no siempre sobreviven al paso del tiempo.

Una cuarta generación que mantiene encendida la historia

Hace casi una década, Cholo fue cediendo progresivamente el protagonismo de Casa Lobato a sus tres hijos.

Antonio Enrique, Juan Luis y Marcos asumieron la responsabilidad de mantener un establecimiento que ya superaba ampliamente el siglo de existencia.

El relevo no significó una ruptura con la tradición, sino su continuidad.

El restaurante siguió adelante, incorporando el trabajo de una nueva generación que había crecido dentro del propio negocio y conocía desde la infancia sus particularidades.

Especialmente significativa es la vinculación de Juan Luis con la cocina familiar, un espacio que durante años estuvo estrechamente relacionado con su madre.

La historia de Casa Lobato demuestra que la continuidad de una empresa familiar no depende únicamente de transmitir su propiedad.

También exige transmitir conocimientos, valores, relaciones personales y una determinada forma de entender el oficio.

Cholo consiguió que sus hijos heredaran algo mucho más importante que un restaurante: una identidad y una reputación construidas durante generaciones.

Oviedo pierde a uno de sus hosteleros históricos

La muerte de Cholo Lobato se suma a la desaparición de una generación de empresarios hosteleros que contribuyeron a construir la identidad gastronómica y social de Oviedo durante la segunda mitad del siglo XX.

Hombres y mujeres que levantaron y sostuvieron establecimientos familiares cuando la hostelería era, sobre todo, un oficio aprendido a fuerza de trabajo, dedicación y contacto directo con la clientela.

Su trayectoria permite comprender también cómo ha cambiado la restauración asturiana: desde los establecimientos que combinaban tienda, estanco y comidas hasta los restaurantes actuales, sometidos a nuevas exigencias empresariales, gastronómicas y comerciales.

En ese largo recorrido, Casa Lobato constituye un ejemplo singular de continuidad.

Y Cholo fue uno de sus grandes protagonistas.

El último adiós, este martes en Santa María del Naranco

José Manuel Martínez García, Cholo Lobato, falleció el domingo 11 de octubre de 2026, a los 86 años.

Deja a su esposa, María de las Mercedes García García; a sus hijos Antonio Enrique, Juan Luis y Marcos; a su hermana Blanca y a sus nietos Carmen y Manuel, además del resto de su familia.

La capilla ardiente está instalada en el Tanatorio Ciudad de Oviedo, sala 2-1.

El funeral de cuerpo presente se celebrará mañana martes, 13 de octubre, a las 13.00 horas, en la iglesia parroquial de Santa María del Naranco, en Oviedo.

A continuación recibirá sepultura en el cementerio municipal del Naranco.

Con su fallecimiento desaparece un hombre que estuvo unido durante décadas a dos instituciones profundamente arraigadas en la vida ovetense: Casa Lobato y el Real Oviedo.

La mejor representación de su legado quizá siga siendo aquella fotografía familiar. Cholo sentado en el centro, sus tres hijos alrededor y, detrás de todos ellos, 128 años de historia.

Porque los restaurantes pueden cambiar de manos, las ciudades pueden transformarse y los equipos de fútbol pueden vivir épocas mejores o peores.

Pero hay algo que permanece: el recuerdo de quienes consiguieron que un lugar dejara de ser simplemente un negocio para convertirse en parte de la historia de una ciudad.

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