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La casa donde Asturias sigue al otro lado del mar

La casa donde Asturias sigue al otro lado del marAsturianía
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En Santo Domingo, la Santina sale en procesión, se sirve sidra y suenan gaitas. Detrás de esas raíces que siguen vivas hay una historia de 109 años: la de unos emigrantes que se unieron para levantar la Casa de España y acabaron dejando a sus hijos un lugar al que pertenecer.

A la Santina también se la espera en Santo Domingo. El próximo domingo, 25 de octubre, la Casa de España ha convocado una procesión desde su gruta hasta el salón principal, donde se celebrará una misa asturiana. La cita es a las once y media de la mañana, hora dominicana. Un nombre tan familiar para Asturias vuelve a reunir, en pleno Caribe, a una comunidad que sigue encontrando en él una razón para estar junta.

La imagen, la música y la celebración conservan algo que cualquier familia emigrante puede reconocer: la posibilidad de compartir con los hijos una parte del mundo del que uno procede. Una tradición adquiere otra dimensión cuando se practica lejos. Además de recordar un lugar, permite explicarlo, darle un sonido, ponerlo sobre una mesa, convertirlo en una experiencia que otra generación pueda sentir como propia.

La Casa de España de Santo Domingo lleva más de un siglo ofreciendo un espacio para ese encuentro. Antes de la gran sede, antes de las piscinas, los salones y los aniversarios, hubo personas que decidieron reunirse. Su historia comenzó en 1917. Y la palabra que eligieron para nombrarla sigue siendo quizá la más importante de todas: casa.

El primer hogar fue la voluntad de encontrarse

El 12 de junio de 1917, Luis Baquero Alonso abrió su domicilio a la primera reunión de la que nacería la sociedad. Una semana después, el encuentro se trasladó al colegio Divina Pastora, de los padres capuchinos. Allí se encargó la redacción de los estatutos a una comisión en la que estaban Américo Lugo, Santiago Bustamante, Benjamín Portela Álvarez, Silvestre Aybar, Joaquín Fernández de Gamboa y el propio Baquero. El 1 de julio, más de ochenta participantes asistieron a la sesión fundacional.

La cultura, la beneficencia y el auxilio figuraban entre sus propósitos. El empeño de aquellos primeros socios tenía una dimensión muy concreta: organizar la convivencia y sostenerse como comunidad. El vínculo con España debía encontrar sitio en la vida que estaban construyendo en la República Dominicana.

Ese origen ayuda a entender la fuerza del nombre. Una casa ofrece un sitio donde volver a encontrarse, donde reconocer a otros y ser reconocido. Para una sociedad de emigrantes, llevar esa idea del ámbito familiar al colectivo era una forma de hacerse compañía en el país de llegada.

Escudo de la Casa de España
Emblema de la Casa de España de Santo Domingo, fundada en 1917

Una casa pagada entre todos

Domingo Hernández, ingeniero, fue su primer presidente. La directiva quedó constituida el 4 de julio y la primera memoria, correspondiente a 1917-1918, registró 136 socios. La admisión costaba cinco pesos, que podían abonarse en plazos mensuales de uno; la cuota era de un peso y medio al mes. Son cantidades pequeñas dentro de una gran historia, pero permiten acercarse a la escala humana de su comienzo: una asociación que se sostenía aportación a aportación.

Hubo que reunir mucho más para conseguir un edificio. El historiador Emilio Rodríguez Demorizi recoge cómo los socios prestaron 19.000 pesos oro americano para adquirir unas propiedades de Amable Damirón en la calle Colón, esquina Separación. La compraventa se formalizó el 18 de octubre de 1917. También documenta una suscripción posterior para comprar el inmueble de Padre Billini número 12, donde estaba el Casino de la Juventud.

La Casa de España se instaló en Padre Billini a partir de 1923, según el estudio España y República Dominicana. Una historia compartida. Allí transcurrió una larga etapa de su vida en la Ciudad Colonial.

Antes de convertirse en una herencia, aquel lugar había sido un compromiso económico de sus miembros. En esos préstamos queda una de las huellas más elocuentes del esfuerzo inicial: para disponer de una casa común había que comprometer también el dinero propio. La institución empezaba a tener paredes porque un grupo de personas había decidido responder por ella.

Crecer para que cupieran los que venían después

Maqueta histórica de la sede
Maqueta de la Casa de España de Santo Domingo. Fotografía histórica, sin fecha ni autor individual consignados en la ficha. Fuente: Archivo Gráfico de Carta de España, Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones

En diciembre de 1974 se inauguró la nueva sede de la autopista 30 de Mayo. Al acto asistieron el presidente dominicano Joaquín Balaguer y los duques de Cádiz. En junio de 1976, la Casa de España recibió a Juan Carlos y Sofía. El reportaje que Carmen Jiménez escribió para EFE con motivo del centenario describía, en 2017, un recinto de 65.000 metros cuadrados.

La mudanza dio otra escala al sueño de los fundadores. La sociedad que había empezado reuniéndose en un domicilio disponía ahora de un gran espacio para desarrollar su vida familiar y deportiva. El cambio de sede es uno de sus principales hitos; también permite leer la transformación de una necesidad compartida en un proyecto capaz de durar.

Entrada de la Casa de España
Acceso a las actuales instalaciones de la Casa de España en Santo Domingo

Con el tiempo, una asociación de emigrantes debe encontrar su lugar en la vida de quienes no hicieron aquel viaje. Los hijos y los nietos tienen sus propias amistades, sus intereses y su relación con el país en el que crecen. Que quieran regresar a la casa de sus mayores exige ofrecerles algo que también les pertenezca.

En 2017, al cumplir cien años, el entonces presidente, Julio García, situaba precisamente en las nuevas generaciones una de las preocupaciones de la entidad. Mantener las tradiciones y conseguir que el club siguiera resultando atractivo formaban parte del mismo desafío.

La Santina encuentra familia en el Caribe

Asturias tiene una manera especialmente íntima de reconocerse lejos de casa. Puede empezar por una gaita, por el sabor de la sidra o por el nombre de Covadonga. En la Casa de España de Santo Domingo, esos vínculos han tomado la forma de una romería que reúne devoción, música, gastronomía y convivencia.

El 10 de septiembre de 2017, en el año del centenario, la Virgen de Covadonga fue llevada desde la entrada del club hasta el salón principal. Adultos y niños participaron en la procesión con indumentaria asturiana, acompañados por músicos de gaitas. Después de la misa, la celebración siguió en las zonas verdes. Se sirvieron sidra y quesos de Asturias, cachopo y croquetas de compango. La crónica de El Nacional conserva los detalles de aquella jornada.

Una romería reúne muchas formas de pertenecer. Está la de quien comparte la fe y la de quien reconoce la música; la de quien conserva una receta y la de quien se acerca a probarla por primera vez. La tradición puede abrir así una conversación entre personas de procedencias y edades distintas. En ese encuentro, Asturias se vuelve cercana también para quienes la conocen a través de su familia.

La procesión convocada para este 25 de octubre vuelve a enlazar la gruta de la Santina con el salón principal. El programa anuncia la misa a las 11:30 y llama a participar a la comunidad asturiana, a los socios y a sus familias. La celebración aún está por llegar al cierre de este reportaje. Su convocatoria muestra que Covadonga sigue teniendo un lugar en la vida de la Casa.

El sabor de un lugar que se comparte

Este octubre, el vínculo asturiano también se sirve en la mesa. La Casa de España anuncia unas jornadas gastronómicas del 30 de septiembre al 25 de octubre con Manuel González Rodríguez como cocinero invitado. En su presentación, el club recuerda su trayectoria al frente de El Bálamu, en Llanes, y propone cuatro semanas dedicadas a la cocina de Asturias. En la programación de su perfil aparece asimismo la Banda de Gaites Candás.

La cocina tiene una capacidad particular para viajar entre generaciones. Se puede hablar de un pueblo mientras se comparte un plato; explicar una costumbre al servir una bebida; dejar que alguien descubra por el gusto lo que antes conocía por un relato. Una mesa permite que la memoria familiar encuentre interlocutores nuevos.

Patio español
El patio español, uno de los espacios de encuentro de la Casa de España

Llanes y Candás incorporan nombres concretos a esa relación con Asturias. La región de origen se hace presente a través del trabajo de un cocinero y de una agrupación musical, de personas que llevan su oficio y su repertorio a Santo Domingo. La Casa de España les ofrece un punto de encuentro con quienes conservan esas referencias y con quienes se acercan a ellas por primera vez.

De Mareo a Santo Domingo, la herencia también juega al fútbol

Equipo de fútbol en 1980
Equipo de fútbol de la Casa de España. La ficha del archivo lo fecha en enero de 1980 y lo incluye en República Dominicana. Autor individual no consignado. Fuente: Archivo Gráfico de Carta de España, Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones

Hay vínculos que se transmiten con una pelota. En junio de 2017, El Día anunció un campus para el mes de julio en las instalaciones de la Casa de España, bajo la instrucción del Real Sporting de Gijón y en colaboración con la Escuela de Fútbol de Mareo. La convocatoria estaba dirigida a niños y jóvenes de cuatro a diecisiete años y proponía aprender con la metodología de la escuela gijonesa.

Mareo aportaba otra forma de acercarse a Asturias: entrenar, aprender y compartir un interés con otros chicos. Aquella iniciativa, anunciada durante el centenario, añadía el deporte a los caminos por los que una relación cultural puede renovarse. Para una generación joven, un club de fútbol puede convertirse en una primera referencia de un lugar que hasta entonces pertenecía sobre todo a las historias de los adultos.

El fútbol llevaba ya tiempo en la vida de la entidad. Su equipo aparece en una fotografía de enero de 1980 conservada en el Archivo Gráfico de Carta de España. Las camisetas llevan el nombre de la institución: una manera de representarla juntos, de convertir la pertenencia en un juego compartido.

Una infancia también puede ser una patria pequeña

Zona de juegos histórica
Área de juegos en una fotografía histórica catalogada como «Instalaciones de la Casa de España en Santo Domingo». Sin fecha ni autor individual consignados. Fuente: Archivo Gráfico de Carta de España, Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones

La continuidad de una casa como esta se juega también en los días corrientes. Su oferta actual incluye natación infantil por niveles, actividad para adultos, nado libre y natación terapéutica. Las clases de danza española proponen aprender sevillanas, tangos, alegrías y bulerías. El club mantiene espacios de restauración, actividades deportivas y lugares para las celebraciones familiares.

Son ocasiones para crear recuerdos propios. A la historia que una familia cuenta se le añade la que sus hijos viven: aprender algo, hacer amigos, participar en una fiesta. Una institución heredada necesita esas experiencias nuevas para seguir siendo parte del presente.

La Casa de España se define hoy como un club social privado que acoge a españoles, descendientes y dominicanos identificados con la cultura española. La comunidad del país de llegada forma parte de su razón de ser. Esa convivencia da profundidad a su trayectoria: el vínculo con el origen se ha desarrollado dentro de una vida compartida en la República Dominicana.

Vista aérea de la Casa de España
Panorámica de las instalaciones deportivas y sociales de la Casa de España

La casa común también sirve para cuidar

La ayuda a otros estaba entre los fines de los fundadores y sigue teniendo destinatarios concretos. En 2026, la 35.ª edición del Torneo de Golf Benéfico estuvo dedicada a José García García, Pepe. Su convocatoria señaló a las Siervas de María, la Sociedad Benéfica Española y el Asilo de Ancianos San Francisco de Asís como entidades beneficiarias. El torneo se celebró el 25 de abril en PGA Ocean’s 4 de Playa Nueva Romana, según la crónica posterior del encuentro.

Ese compromiso enlaza con una parte esencial del sentido de comunidad: hacerse cargo también de la fragilidad. La memoria de la emigración incluye la necesidad de compañía y de apoyo, además del esfuerzo y de los logros. Una casa común adquiere valor cuando ayuda a sostener a quienes lo necesitan.

El reconocimiento del país de acogida llegó incluso a los sellos. En el centenario, el Instituto Postal Dominicano puso en circulación una emisión de 20.000 ejemplares, con la entrada de la Casa de España como motivo. La fachada levantada por una colectividad emigrante se incorporaba así a una conmemoración dominicana.

Lo que se deja a los hijos

El pasado julio, la Casa de España celebró su 109.º aniversario con un homenaje a trece personas. Entre las reconocidas estaban Salustiano Acebal, José Manuel González Corripio y Román Ramos Uría. El acto reunió a la directiva y a la embajadora de España, Lorea Arribalzaga Ceballos. Su presidente, Ignacio Méndez Fernández, vinculó el recuerdo de las generaciones que habían construido la institución con la responsabilidad de preparar su futuro.

Hay algo profundamente humano en ese relevo. Quienes fundan una asociación pueden ordenar sus cuentas, comprar un inmueble y escribir unos estatutos. Lo que harán con ella los que vengan después queda abierto. Cada generación tendrá que encontrar sus propias razones para volver y añadir su parte a la historia.

La Casa de España llegó a los 109 años conservando el nombre que eligieron quienes se reunieron en 1917. En su vida caben hoy la cocina, el deporte, la ayuda social y las tradiciones de distintas regiones españolas. Asturias ocupa un lugar reconocible en ese hogar compartido: Covadonga, la sidra, las gaitas, Llanes, Candás y Mareo acercan nombres familiares a la otra orilla del Atlántico.

El domingo, la procesión de la Santina está llamada a reunir otra vez a socios y familias. El trayecto irá de la gruta al salón principal. Alrededor de esa celebración vuelve a expresarse la promesa que encierra una casa de emigrantes: que los hijos puedan encontrar compañía en aquello que sus mayores quisieron conservar. Y que, cuando pronuncien Asturias en Santo Domingo, haya alguien con quien compartir lo que ese nombre significa.

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