El último viaje de “Tanti”: El Molinón llora a un sportinguista de los de verdad

El último viaje de “Tanti”: El Molinón llora a un sportinguista de los de verdad

Hay muertes que detienen el tiempo. La de Constantino Rodríguez, “Tanti” para todo el mundo en Pola de Siero, lo hizo. Tenía 82 años y una costumbre sagrada: ir a El Molinón-Enrique Castro “Quini” cada dos domingos, con su hijo y su nieto, a animar al Sporting de Gijón. Ayer, ese ritual familiar se convirtió en despedida.

El estadio más antiguo del fútbol profesional español quedó en silencio a los cuatro minutos de partido. No fue un murmullo cualquiera, fue ese silencio denso que avisa de que algo grave está ocurriendo. En la esquina entre el fondo sur y la grada este, donde Tanti llevaba años sentándose, el corazón dijo basta. La vida se le fue de golpe, sin aviso, mientras hacía lo que más le gustaba: estar con los suyos y con su Sporting.

Un hombre sencillo, una fidelidad enorme

“Tanti” no salía en fotos ni buscaba focos. Oficial de albañil, jubilado desde los 64 tras una vida entera levantando casas, fue de esos hombres hechos a sí mismos, orgullosos de haber sacado adelante a la familia a base de trabajo. Socio de Plata, abonado durante más de cuatro décadas, representaba a la perfección al sportinguismo silencioso, el que nunca falla, el que no necesita presumir.

Su historia personal no fue fácil. Años atrás había sufrido el golpe más duro que puede vivir un padre: la pérdida de un hijo, Iván, cuando aún era joven. Quizá por eso cuidaba con especial ternura a su nieto Sergio, con quien compartía grada, bufanda y recuerdos. Ayer, ese chaval perdió algo más que a su abuelo: perdió al compañero de fútbol de los domingos.

El fútbol se aparta

Cuando los sanitarios confirmaron lo inevitable, el árbitro ordenó la suspensión del partido ante el CD Leganés, correspondiente a LaLiga Hypermotion. Jugadores, técnicos y aficionados entendieron al instante que no era día para goles ni clasificaciones. El fútbol, por una vez, supo hacerse pequeño.

La megafonía anunció la decisión y El Molinón respondió con respeto absoluto. Ni un silbido, ni una protesta. Solo aplausos largos, contenidos, dirigidos a una familia rota que acababa de perder a su patriarca en la que también era su casa.

El abrazo del club

El Sporting estuvo desde el primer minuto al lado de los suyos. En el palco y en los pasillos del estadio acompañaron a la familia Alejandro Irarragorri, su esposa Laura Kalb y José Riestra, junto a Joaquín Alonso, símbolo del sportinguismo de otras épocas. No fue un gesto de protocolo: estuvieron, escucharon y arropaban.

En medio del dolor, hubo un detalle que quedó grabado para siempre. El defensa rojiblanco Brian Oliván se acercó a Sergio y le regaló su camiseta. Un gesto sencillo, humano, de esos que no arreglan nada pero alivian un poco.

Un estadio que no olvida

El partido se reanudará en otro momento, desde el minuto exacto en el que se detuvo la vida de Tanti. Pero eso es lo de menos. Lo importante es que El Molinón no olvidará. Porque los estadios, aunque sean de hormigón, tienen memoria. Y recuerdan a quienes los llenan de sentido.

Ayer no murió solo un aficionado. Murió una forma de entender el fútbol: la del abuelo que lleva al nieto de la mano, la del socio fiel que nunca falla, la del hombre que no pide nada a cambio.
“Tanti” se fue en su santuario. Y eso, para un sportinguista, es casi una manera de quedarse para siempre.

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