Ay, cielín… menudo día salió. Viento que corta la cara, agua que no cae, se tira, y nieve rondando como quien no quiere la cosa. Un día de esos que dice una:
“Hoy, casa, cocina y zapatilles. Y el que quiera verme, que venga con pan.”
Así que hoy la abuela Balbina no anda con modernidades ni tonterías. Hoy toca receta de cuchara, de las que abrazan el estómago y te reconcilian con el mundo cuando fuera parece que se acabó el verano… y el otoño… y la paciencia.
Pote asturiano de los de antes (el que calienta hasta los recuerdos)
Este pote no ye cualquier pote, no. Este ye el que hacía mi madre cuando el temporal apretaba y el carbón no daba abasto.
Decía ella:
“Con un buen pote, el frío queda fuera y la familia junta.”
Y tenía más razón que un santo.
Ingredientes (sin racanear, que esto ye pote)
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Un buen puñáu de fabes (puestas a remojo la noche anterior, como Dios manda)
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Berza bien verde, picada con cariño
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Patatas del país, “escachaes”, no cortadas finas como pa señoritingos
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Compango completo:
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Chorizu
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Morciella
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Lacón
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Tocín
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Una cebolla (opcional, pero Malvina la echa, que da alegría)
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Un diente de ajo
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Pimentón dulce
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Sal (poca, que el compango ya habla bastante)
Elaboración (con calma, que el pote no entiende de prisas)
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En una pota grande se ponen les fabes con agua fría, que queden bien cubiertes.
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Se añade todo el compango, tal cual, sin trocear todavía.
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Al fuego lento, muy lento, que vaya arrancando a hervir como quien se despereza.
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Cuando espuma, se quita, sin protestar.
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Se añaden la cebolla, el ajo y una pizquina de pimentón.
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Al rato, se mete la berza y las patatas.
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Y ahora… a esperar. Dos horines tranquilines, con la tapa medio puesta y la casa oliendo a gloria bendita.
Malvina siempre dice:
“El pote no se mira, se escucha.”
Si suena despacio, va bien. Si corre, enfádase.
El momento sagrado
Cuando ya está, se saca el compango, se trocea y se vuelve a meter, que aquí todo comparte pota.
Se deja reposar un poco, porque el pote, como les personas, mejora cuando se calma.
Y se sirve caliente, muy caliente, que quite el frío del cuerpo y el de la cabeza.
Esto no ye solo comida, cielín.
Esto ye hogar, ye refugio, ye decirle al mal tiempo:
“Tú ladra fuera, que aquí dentro mandamos nosotros.”
Ahora apaga la tele, pon la mesa, arrímate a la pota…
y come, que mañana ya veremos si escampa.
Un besín grande de la abuela Balbina
que hoy no sale… pero cocina como nadie.

