El 29-N sacude Asturias: Barbón se juega mucho más que unas elecciones generales

El 29-N sacude Asturias: Barbón se juega mucho más que unas elecciones generales

El adelanto de Sánchez convierte las generales en el gran ensayo de las autonómicas de 2027. El presidente asturiano no está desprevenido, pero tendrá que demostrar que su fortaleza electoral resiste al desgaste del PSOE nacional mientras Queipo intentará convertir noviembre en la primera vuelta del cambio político en el Principado

Pedro Sánchez ha adelantado las elecciones generales, pero en Asturias la campaña que acaba de empezar tiene inevitablemente una segunda fecha marcada en el calendario: 2027.

El 29 de noviembre los asturianos elegirán diputados y senadores. Formalmente, nada estará en juego en el Palacio de Presidencia de Oviedo. Políticamente, muchísimo.

Porque estas elecciones llegan cuando Adrián Barbón acaba de confirmar que quiere disputar un tercer mandato, Álvaro Queipo ha comenzado a presentar abiertamente al PP como alternativa de gobierno y la política asturiana había entrado ya, incluso antes del anuncio de Sánchez, en un prolongado ambiente preelectoral. Hace apenas dos semanas, el último Debate de Orientación Política de la legislatura se convirtió en un adelanto bastante preciso de la batalla que PSOE y PP pensaban librar en 2027.

Sánchez acaba de acortar brutalmente los plazos.

Asturias tendrá ahora unas elecciones reales antes de sus elecciones.

Y su resultado será leído desde la misma noche del 29-N como un gigantesco termómetro de lo que puede ocurrir en el Principado unos meses después.

¿Ha pillado Sánchez a Barbón con el pie cambiado?

No exactamente. Pero tampoco esperaba que la carrera comenzase tan pronto.

Barbón llevaba tiempo contemplando la posibilidad de unas elecciones generales anticipadas. En junio reconocía públicamente que un adelanto a comienzos de 2027 era perfectamente posible y lo vinculaba al futuro de los Presupuestos Generales del Estado.

Pero una convocatoria fulminante para noviembre cambia completamente el ritmo.

La FSA tampoco estaba dormida.

El propio Barbón confirmó en septiembre que está dispuesto a volver a encabezar la candidatura socialista en las autonómicas de 2027 y avisó de que esperaba unas elecciones “muy complejas”. Sólo unos días después utilizó el Debate de Orientación Política para colocar sobre la mesa buena parte de la agenda con la que pretende llegar a las autonómicas: vivienda, sanidad, dependencia, fiscalidad, infraestructuras y servicios públicos.

Por tanto, Sánchez no encuentra a Barbón sin maquinaria electoral.

Lo que hace es obligarle a ponerla en marcha ocho meses antes de tiempo.

El gran problema para Barbón: el 29-N no se votará a Barbón

Ahí está probablemente el mayor peligro para el presidente asturiano.

Barbón ha construido durante años un perfil político deliberadamente asturiano. Reivindica acuerdos con otras fuerzas, cultiva una imagen institucional, marca ocasionalmente distancias con Madrid y procura que sus elecciones se disputen sobre la gestión del Principado.

El 29 de noviembre todo eso estará en segundo plano.

La papeleta llevará a Sánchez, Feijóo, Abascal y los candidatos nacionales como referencia.

Y Barbón tendrá que hacer campaña en Asturias defendiendo unas siglas sometidas al juicio nacional sobre cuestiones que no controla: la corrupción, los pactos parlamentarios de Sánchez, la amnistía, Ceuta, la inmigración, la vivienda o el desgaste acumulado del Gobierno central.

Ese es el riesgo de contaminación.

Que una parte del voto asturiano no juzgue en noviembre la gestión de Barbón pero que el resultado acabe siendo utilizado políticamente para juzgarla.

Asturias ya demostró que sabe votar diferente

Hay, sin embargo, un dato fundamental que impide trasladar mecánicamente las encuestas nacionales al Principado.

Asturias ya hizo exactamente eso en 2023: votar de una manera en las autonómicas y de otra en las generales.

El 28 de mayo, Adrián Barbón ganó las elecciones asturianas. El PSOE obtuvo el 36,5% y 19 diputados, frente al 32,65% y 17 escaños del PP. Vox consiguió cuatro diputados y Convocatoria por Asturies tres.

Sólo ocho semanas después, en las generales del 23 de julio, cambió el orden.

El PP ganó en Asturias con aproximadamente el 35,6%, frente al 34,4% del PSOE. Los populares consiguieron tres diputados, los socialistas dos, Sumar uno y Vox otro.

Ese precedente es extraordinariamente importante.

Demuestra que existe un electorado asturiano capaz de diferenciar entre Barbón y Sánchez, entre unas elecciones autonómicas y unas generales, y entre el juicio a un Gobierno regional y el juicio al Gobierno de España.

Por eso un triunfo del PP el 29-N en Asturias no significaría automáticamente que Queipo vaya a ganar posteriormente las autonómicas.

Pero tampoco sería inocuo.

El sueño del PP: convertir noviembre en la primera vuelta de 2027

Álvaro Queipo recibe esta convocatoria en un momento particularmente oportuno para la estrategia que lleva meses desarrollando.

El PP asturiano intenta instalar una idea muy sencilla: después de décadas de predominio socialista, ha llegado el momento de la alternancia.

En el reciente debate de la región, Queipo presentó 83 medidas prácticamente como un programa de gobierno: rebajas fiscales, cambios en vivienda, reducción de burocracia para autónomos, revisión de la sanidad y la dependencia, política industrial y nuevas propuestas para el medio rural.

Hasta ahora tenía que convencer a los asturianos de que él mismo representaba una alternativa.

Ahora puede intentar apoyarse también en una corriente nacional.

Si PP y Vox obtuvieran en Asturias un resultado claramente superior al de las fuerzas de izquierda el 29 de noviembre, el mensaje de la oposición desde el día siguiente sería previsible: el cambio político ya ha comenzado y falta trasladarlo al Principado.

Eso no demostraría que las autonómicas estén decididas.

Pero proporcionaría al PP algo valiosísimo en política: impulso.

¿Hay realmente una ola conservadora?

Las encuestas nacionales permiten hablar de un desplazamiento hacia la derecha en la intención de voto, pero no de un resultado asegurado y mucho menos de que Asturias vaya a reproducirlo automáticamente.

El último barómetro publicado antes del anuncio de elecciones situaba al PP en el 31,6%, al PSOE en el 27,4% y a Vox en el 18,4%.

PP y Vox superaban conjuntamente la barrera del 50%, mientras el espacio de la izquierda quedaba claramente por debajo.

Es una fotografía nacional tomada antes de conocer cómo afectará la convocatoria a la movilización de cada electorado.

Y falta un dato fundamental: Asturias no es España en miniatura.

Tiene un sistema político propio, una tradición socialista mucho más arraigada que otras comunidades, un PP que ha avanzado significativamente en los últimos años pero que no gobierna el Principado y una izquierda regional que ha conseguido mantener mayorías parlamentarias extremadamente ajustadas.

Por eso hablar hoy de una ola conservadora que necesariamente vaya a llevarse por delante a Barbón sería ir mucho más lejos de lo que permiten los datos.

Lo que sí existe es un viento nacional distinto del que había al comienzo de la legislatura.

Y Barbón tendrá que comprobar cuánto sopla en Asturias.

Sánchez puede hacer daño a Barbón, pero Barbón también puede ser un refugio para el PSOE

Aquí aparece otra paradoja.

Si el PSOE obtiene un resultado flojo en el conjunto de España pero resiste especialmente bien en Asturias, Barbón podrá utilizarlo para reforzar una idea que lleva años cultivando: la singularidad de la FSA y la fortaleza de su liderazgo autonómico.

Podría decir, políticamente, que allí donde los ciudadanos han tenido cerca un gobierno socialista reconocible, el desgaste ha sido menor.

Si sucede lo contrario y el PSOE experimenta también en Asturias una caída significativa, el problema será mayor.

Porque el PP podrá decirle durante los siguientes meses:

“Lo que pasó en España empieza a pasar también aquí”.

Esa será probablemente una de las grandes batallas interpretativas de la noche electoral.

La vivienda es el puente entre Madrid y Asturias

Existe además una peculiaridad que conecta extraordinariamente bien ambas campañas.

Sánchez quiere convertir la vivienda en uno de los grandes ejes del 29-N.

Y la vivienda ya era una de las grandes batallas políticas asturianas.

Barbón anunció en septiembre la licitación de 800 nuevas viviendas públicas, el aumento de las ayudas al alquiler hasta unos 30 millones de euros en 2027 y nuevas deducciones para facilitar la compra de la primera vivienda.

La Junta ha respaldado además el objetivo de construir 15.000 viviendas públicas durante la próxima década.

El presidente asturiano se implicó personalmente en la defensa de los decretos que terminaron desencadenando el adelanto electoral. Llegó a afirmar que, ante aquellas medidas, “en conciencia, solo cabe un sí”.

Eso le permite entrar en la campaña de Sánchez sin necesidad de cambiar de discurso.

Pero también le abre un flanco.

Porque el PP asturiano está intentando precisamente responsabilizar al Gobierno de Barbón del encarecimiento y de la escasez de vivienda.

En Asturias, por tanto, la vivienda no permitirá únicamente a PSOE y PP discutir sobre Sánchez.

Obligará a discutir también sobre Barbón.

Sanidad, dependencia y el bolsillo: la campaña real de la calle

Pero unas generales planteadas desde Madrid pueden encontrarse en Asturias con preocupaciones mucho más terrenales.

Las listas de espera sanitarias. La dependencia. El acceso a una plaza residencial. El precio de comprar o alquilar una vivienda en Oviedo, Gijón o Avilés. Los impuestos. El futuro de la industria. El peaje del Huerna. Las conexiones ferroviarias. Las oportunidades de los jóvenes. El futuro del medio rural.

Ese es el terreno sobre el que Barbón y Queipo ya estaban peleando antes de que Sánchez apretase el botón electoral.

En el último debate autonómico, Queipo situó precisamente sanidad, dependencia, fiscalidad, vivienda e industria en el centro de su ofensiva.

Barbón respondió con nuevos compromisos de inversión, más vivienda pública y la defensa de unos servicios públicos que reconoce que todavía tienen problemas pendientes.

Por eso las generales tendrán dos campañas superpuestas en Asturias.

Una hablará de Sánchez y Feijóo.

La otra estará hablando ya, aunque nadie lo reconozca abiertamente, de Barbón y Queipo.

Y en medio de todo, Barbón necesita aprobar otro presupuesto

Hay otro elemento que hace especialmente incómodo el calendario.

El Gobierno asturiano quiere sacar adelante los Presupuestos de 2027, las últimas cuentas antes de las elecciones autonómicas.

Y no tiene una mayoría sobrada.

PSOE y Convocatoria por Asturies suman 22 de los 45 diputados de la Junta. En los Presupuestos de 2026 necesitaron el voto de Covadonga Tomé para alcanzar los 23 apoyos que permitieron aprobar las cuentas frente a los 22 votos de PP, Vox y Foro.

Barbón había colocado expresamente la aprobación del próximo presupuesto entre sus prioridades políticas.

Ahora tendrá que negociarlo mientras su partido libra simultáneamente una campaña electoral nacional.

Y, sobre todo, conocerá el resultado de esas generales justo en plena recta final presupuestaria.

Un 29-N favorable a la derecha endurecerá previsiblemente el discurso de PP y Vox.

Un buen resultado socialista daría a Barbón oxígeno.

Pero la aritmética de la Junta seguirá siendo exactamente la misma el día 30.

El peligro de que Sánchez se convierta en el adversario indirecto de Barbón

Hay finalmente una cuestión delicada para el presidente asturiano.

Durante mucho tiempo, Barbón ha podido beneficiarse de los Gobiernos socialistas en Madrid para exhibir inversiones y compromisos: la Variante de Pajares, infraestructuras, fondos europeos o políticas industriales.

Pero esa cercanía tiene una contrapartida.

Cuanto más se nacionalicen las autonómicas de 2027, menos podrá Barbón conseguir que los asturianos voten únicamente sobre su gestión.

El PP intentará pegar políticamente las fotografías de Sánchez y Barbón.

El PSOE asturiano intentará separar las elecciones cuando le interese y unirlas cuando resulte conveniente: reivindicar las políticas sociales del Gobierno central pero preservar la personalidad propia de Barbón.

Es un equilibrio complicado.

El 29-N será el gran examen que nadie esperaba tan pronto

Por eso el adelanto de Sánchez cambia profundamente el escenario político asturiano.

No porque adelante las elecciones del Principado. No lo hace.

Sino porque introduce unas elecciones intermedias de enorme intensidad cuando la carrera autonómica acababa de empezar.

Barbón llega con algunas ventajas: liderazgo consolidado en su partido, candidatura despejada, un Gobierno autonómico estable y una identidad política propia que en anteriores elecciones ha demostrado tener más resistencia que la marca nacional del PSOE.

Pero llega también con problemas evidentes: desgaste después de siete años en la Presidencia, dificultades en sanidad y dependencia, una crisis de vivienda que atraviesa también Asturias y una oposición que por primera vez en mucho tiempo ve posible presentar la batalla de 2027 como una disputa real por el Gobierno.

Queipo, por su parte, dispone ahora de una oportunidad que no esperaba tener en noviembre: medir la fuerza real del espacio de la derecha asturiana antes de enfrentarse a Barbón.

Y Vox podrá comprobar si el fuerte crecimiento que muestran las encuestas nacionales tiene también una traducción asturiana.

Por eso, cuando Asturias cuente sus votos en la noche del 29 de noviembre, habrá dos escrutinios.

Uno será oficial y decidirá quién representa al Principado en el Congreso y el Senado.

El otro no aparecerá en ninguna pantalla.

Será el que todos los partidos harán inmediatamente pensando en 2027.

Porque Sánchez ha convocado unas elecciones generales, pero en Asturias acaba de adelantar también, políticamente, la campaña por el Principado.

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