Un helicóptero para alimentar a los mastines que protegen los rebaños en Picos de Europa

Un helicóptero para alimentar a los mastines que protegen los rebaños en Picos de Europa

Cada año, unas 3,5 toneladas de pienso vuelan hasta los puertos de alta montaña de Asturias y Cantabria para garantizar la alimentación de los mastines que protegen a los rebaños. La operación sostiene la ganadería extensiva, ayuda a conservar los pastizales y favorece la convivencia con la fauna salvaje.

La imagen impresiona.

Un helicóptero naranja posa sobre una loma de Picos de Europa. A su alrededor, grandes sacas esperan ser repartidas por una montaña a la que no llegan camiones, carreteras ni almacenes.

Dentro no hay material de rescate.

Tampoco herramientas para una obra.

Hay pienso para mastines.

Nada menos que 3,5 toneladas al año.

Desde 2021, esta operación logística permite que los perros que acompañan a los rebaños en los puertos de montaña tengan garantizada su alimentación durante los meses de pastoreo.

Y detrás de esos sacos existe una historia mucho más grande.

Porque alimentar a un mastín en Picos de Europa significa, en realidad, ayudar a mantener vivo un modelo ganadero que protege rebaños, conserva pastizales, reduce combustible vegetal, sostiene pueblos y favorece incluso la recuperación de algunas de las especies más emblemáticas de la Cordillera Cantábrica.

Donde no llega un todoterreno, llega el helicóptero

La operación se desarrolla en los puertos de montaña de las vertientes asturiana y cántabra del Parque Nacional de los Picos de Europa.

Son zonas donde el transporte terrestre resulta extremadamente difícil y, en algunos puntos, sencillamente imposible.

Por eso el pienso se eleva por aire.

El helicóptero acerca los sacos hasta las zonas donde los ganaderos mantienen durante meses sus rebaños y permite evitar que tengan que trasladar manualmente cantidades enormes de alimento por terrenos muy duros.

La propia imagen de la operación resume perfectamente la dificultad logística: el aparato aterrizado en plena montaña y las grandes sacas depositadas directamente sobre el terreno.

Aquí no hay un almacén a quinientos metros.

Hay pendientes, roca, pastizales y kilómetros de alta montaña.

Los mastines, auténticos guardaespaldas del ganado

El destinatario final del pienso es uno de los grandes protagonistas silenciosos de la ganadería extensiva: el mastín.

Estos perros acompañan permanentemente a los rebaños y su función no consiste en conducir las ovejas, sino fundamentalmente en protegerlas frente a posibles ataques de grandes carnívoros.

Su presencia adquiere especial importancia en territorios donde el ganado comparte espacio con fauna salvaje.

Un buen mastín no necesita enfrentarse continuamente a un depredador.

Muchas veces basta con que esté allí.

Su tamaño, sus ladridos, su marcaje territorial y su comportamiento junto al rebaño actúan como elementos disuasorios.

Por eso su mantenimiento es una pieza fundamental para favorecer la convivencia entre ganadería y grandes carnívoros.

Y alimentar correctamente a esos animales de trabajo durante meses en alta montaña cuesta dinero, tiempo y esfuerzo.

De ahí que esas 3,5 toneladas transportadas en helicóptero tengan un valor bastante mayor que el de unos simples sacos de pienso.

Un mastín bien cuidado también puede evitar conflictos

La filosofía que existe detrás del programa es sencilla: si se quiere que haya ganadería extensiva en territorios con fauna salvaje, hay que proporcionar herramientas para que ambas puedan coexistir.

La iniciativa Pro-Biodiversidad establece entre sus principios que el bienestar de los perros de trabajo debe protegerse al mismo nivel que el del ganado.

La ayuda incluye precisamente el mantenimiento de mastines como instrumento preventivo.

No elimina por completo el riesgo de ataques, pero constituye una de las herramientas tradicionales utilizadas por la ganadería para reducirlos.

Y eso adquiere una importancia especial en una cordillera donde la convivencia entre actividad ganadera y fauna protegida es desde hace años uno de los asuntos más sensibles del mundo rural.

Veintidós ganaderías y otras cuatro llamando a la puerta

Detrás del helicóptero hay también un proyecto económico.

La marca Pro-Biodiversidad reúne actualmente a 22 ganaderías, mientras otras cuatro han solicitado incorporarse en 2027.

Son explotaciones de ovino extensivo cuyos animales pastorean en espacios incluidos en la Red Natura 2000 de la Cordillera Cantábrica.

El proyecto establece compromisos ambientales y de bienestar animal y pretende que esa forma de producir tenga después una recompensa económica.

Los ganaderos comercializan lechazo Pro-Biodiversidad, vendido actualmente a través de Alimerka y supermercados Lupa.

La idea consiste en conseguir que quien mantiene una actividad favorable para el territorio no reciba únicamente obligaciones ambientales, sino que pueda obtener también un mejor retorno por su producto.

De dos ganaderos a 22 en ocho años

El crecimiento del proyecto resulta especialmente llamativo.

La comercialización comenzó en 2018 con solo dos ganaderos.

En 2026 ya son 22.

Y existe otro dato particularmente interesante en una Asturias rural obsesionada con el relevo generacional: buena parte de los participantes son jóvenes que continúan explotaciones familiares o nuevas incorporaciones al sector.

Es posiblemente uno de los aspectos menos espectaculares visualmente, pero más importantes.

Porque proteger el campo sin gente que viva de él es casi imposible.

Las ovejas también limpian la montaña

La ganadería extensiva genera además unos efectos que no aparecen en ninguna etiqueta del supermercado.

Los rebaños consumen vegetación.

Mantienen abiertos los pastizales.

Frenan la expansión descontrolada del matorral.

Y reducen parte de la biomasa combustible disponible en el monte.

Ese manejo contribuye a conservar hábitats de alto valor natural, preservar paisajes abiertos y reducir la acumulación de combustible vegetal, un aspecto especialmente relevante en relación con el riesgo de incendios forestales.

Cada oveja hace, en cierto modo, un pequeño trabajo de desbroce.

Multiplicado por cientos o miles de animales durante meses, ese efecto deja de ser pequeño.

Y hasta el quebrantahuesos acaba beneficiándose

El círculo ecológico todavía tiene otra pieza.

Los rebaños generan recursos alimenticios aprovechados por aves necrófagas.

Buitres leonados, alimoches y quebrantahuesos pueden beneficiarse de determinados subproductos ganaderos, de modo que la continuidad de la ganadería extensiva también mantiene una fuente tradicional de alimento para estas especies.

Esto tiene especial importancia en el caso del quebrantahuesos.

La especie desapareció de Picos de Europa a mediados del siglo XX y su recuperación durante las últimas décadas ha requerido programas específicos de cría, reintroducción, seguimiento y conservación.

Así aparece una paradoja interesante.

Para recuperar un ave salvaje que desapareció de estas montañas, también resulta importante que sigan existiendo actividades humanas centenarias dentro de ellas.

Proteger la naturaleza sin expulsar a quien vive de ella

Ese es quizá el verdadero trasfondo de esta operación.

Durante años, buena parte del debate ambiental se planteó como una oposición entre naturaleza y actividad humana.

Este proyecto intenta trabajar desde otra lógica.

No se trata solo de conservar al quebrantahuesos.

Ni solo de mantener rebaños.

Ni únicamente de ayudar al ganadero.

Se intenta hacer que las tres cosas formen parte del mismo sistema.

3.500 kilos que cuentan mucho más de lo que pesan

Un helicóptero puede transportar pienso.

Pero en esta ocasión transporta también algo bastante más difícil de medir.

Ayuda a que un ganadero pueda mantener sus ovejas durante el verano en un puerto remoto.

Permite alimentar al mastín que vigilará ese rebaño durante la noche.

Ese rebaño mantendrá abiertos los pastizales.

La vegetación será menor.

Las aves carroñeras encontrarán alimento.

Y un joven ganadero tendrá algún argumento más para decidir que merece la pena continuar con la explotación de sus padres.

Por eso las 3,5 toneladas de pienso que vuelan cada año sobre Picos de Europa no son únicamente alimento para perros.

Son una pequeña pieza de una pregunta mucho mayor:

cómo conseguir que las montañas sigan teniendo naturaleza sin dejar de tener también ganaderos.

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