La escalada energética vuelve a amenazar a la gran industria asturiana: las fábricas empiezan a parar cuando producir deja de ser rentable

La escalada energética vuelve a amenazar a la gran industria asturiana: las fábricas empiezan a parar cuando producir deja de ser rentable

La siderurgia española calcula un sobrecoste energético próximo a los 660 millones de euros este año y algunas plantas ya interrumpen su actividad durante las horas más caras. Asturias observa la situación con especial preocupación: más del 80% de su consumo energético está vinculado a la industria y gigantes como ArcelorMittal, Asturiana de Zinc o Fertiberia están entre los grandes consumidores

La gran industria vuelve a mirar el precio de la electricidad antes de decidir cuánto, cuándo y, en algunos casos, si merece la pena producir.

Y para Asturias la amenaza no es precisamente menor.

Las principales organizaciones de la industria electrointensiva española han lanzado una advertencia muy seria: algunas empresas ya están deteniendo producción durante determinadas horas porque el coste de la energía convierte la actividad industrial en antieconómica.

Unesid, patronal de la siderurgia española a la que pertenece ArcelorMittal, calcula que el sector soportará en 2026 un sobrecoste energético cercano a los 660 millones de euros. La estimación más detallada sitúa alrededor de 403 millones en electricidad y otros 255 millones en gas.

No se trata todavía de un cierre generalizado de fábricas.

Pero sí de una señal inquietante: hay instalaciones que empiezan a adaptar sus ritmos de producción al reloj eléctrico, reduciendo o deteniendo actividad cuando el megavatio hora alcanza niveles que hacen desaparecer los márgenes industriales.

Y las patronales avisan de algo todavía más importante:

si los precios permanecen en estos niveles durante el otoño y el invierno, las paradas podrían extenderse.

Asturias, mucho más expuesta que otras comunidades

El problema adquiere una dimensión especialmente relevante en Asturias por la estructura de su economía.

Aquí la energía no es solamente una factura más.

Es una materia prima industrial.

Según datos manejados por el propio sector, más del 80% del consumo energético asturiano está relacionado con la industria, uno de los porcentajes más elevados de España y también de Europa.

Eso significa que una escalada sostenida de electricidad y gas puede transmitirse con enorme rapidez a la actividad económica regional.

Acero.

Zinc.

Fertilizantes.

Química.

Vidrio.

Cemento.

Papel y celulosa.

Metalurgia.

Son sectores en los que la energía puede representar una parte decisiva del coste final del producto.

Por eso Asturias tiene mucho más que perder que una economía basada fundamentalmente en servicios.

ArcelorMittal: el gran termómetro industrial asturiano

Todas las miradas se dirigen inevitablemente hacia ArcelorMittal.

La multinacional mantiene en Avilés y Gijón uno de los principales complejos siderúrgicos españoles y figura expresamente entre las empresas asociadas a Unesid.

De momento no existe confirmación pública de que las instalaciones asturianas hayan comenzado a detener producción específicamente como consecuencia del actual encarecimiento energético.

Ese matiz es importante.

Pero la advertencia de la patronal afecta directamente al entorno competitivo en el que opera la siderúrgica.

La siderurgia española calcula que la electricidad y el gas pueden añadir cerca de 658 millones de euros adicionales de coste durante 2026, justo en un momento en el que el sector soporta además debilidad de la demanda europea, presión de las importaciones asiáticas y mayores dificultades comerciales internacionales.

Para ArcelorMittal, además, el precio de la electricidad tiene una importancia creciente porque el futuro de la siderurgia asturiana pasa precisamente por una mayor electrificación de sus procesos.

La compañía está culminando en Gijón la nueva acería eléctrica destinada a sustituir progresivamente parte de la producción tradicional mediante altos hornos.

La paradoja resulta evidente:

Europa exige a la siderurgia abandonar progresivamente los combustibles fósiles y electrificarse, pero esa transformación solamente será competitiva si existe electricidad abundante y a precios asumibles.

ArcelorMittal y Moeve anunciaron este verano un acuerdo relacionado con la nueva acería eléctrica de Gijón que contempla 2,1 TWh anuales de ahorro energético, una magnitud que permite entender hasta qué punto la energía está en el centro de la estrategia industrial del grupo.

El precedente inmediato: el horno alto A acaba de volver a la normalidad

Además, la alerta energética llega cuando la factoría gijonesa acaba de superar otro episodio complejo.

El horno alto A de Veriña tuvo que detenerse el pasado 9 de septiembre después de un incidente similar a una explosión ocurrido en la nave de toberas. No hubo heridos ni daños materiales importantes, pero la instalación permaneció detenida mientras se analizaban las causas.

Posteriormente recuperó la producción normal.

Ahora el riesgo es completamente diferente.

No se trata de una avería.

Se trata de economía.

Que una instalación técnicamente preparada para producir decida reducir actividad porque fabricar determinadas toneladas de acero cuesta más de lo que permiten los precios del mercado.

Ese es precisamente el escenario que quieren evitar las patronales industriales.

Asturiana de Zinc: electricidad para fabricar metal

Otro nombre inevitable es Asturiana de Zinc (AZSA).

La planta de San Juan de Nieva es uno de los grandes complejos industriales asturianos y pertenece a un sector extraordinariamente sensible al coste eléctrico.

AZSA lleva años intentando reducir esa dependencia.

Este mismo verano entró en funcionamiento en sus instalaciones una gran planta fotovoltaica de autoconsumo de 28,72 MW, formada por aproximadamente 41.000 paneles solares.

La producción prevista ronda los 32.600 MWh anuales, destinados directamente a alimentar la red eléctrica interna de la fábrica.

La inversión ilustra hasta qué punto disponer de energía propia y previsible se ha convertido en un factor estratégico para la supervivencia de las industrias electrointensivas.

Pero tampoco elimina completamente su exposición al mercado eléctrico.

Y la empresa llega además a este escenario después de anunciar en junio una reorganización de empleo en San Juan de Nieva que la dirección presentó como una medida destinada a garantizar la viabilidad futura del complejo industrial.

Por tanto, cualquier escalada prolongada de los costes energéticos añade presión sobre un entorno empresarial que ya estaba sometido a ajustes.

Fertiberia y la gran industria química tampoco quedan al margen

El cinturón industrial asturiano cuenta además con otra instalación especialmente sensible al precio energético: Fertiberia Avilés, situada en Corvera.

La fábrica continúa actualmente en funcionamiento y está dedicada a la fabricación de fertilizantes y compuestos nitrogenados.

La producción de fertilizantes es intensiva tanto en electricidad como, especialmente, en gas.

Y precisamente el gas es otro de los grandes problemas de la actual crisis.

Las previsiones manejadas por la industria apuntan a precios que podrían aproximarse a 76 euros/MWh durante el último trimestre del año, mientras la electricidad podría acercarse a 143 euros/MWh.

Para industrias químicas, siderúrgicas o metalúrgicas estos niveles no constituyen simplemente una subida de costes.

Pueden determinar directamente si una línea de producción funciona o se detiene.

El Gobierno central ha concedido en los últimos años importantes ayudas para intentar reducir esa vulnerabilidad.

Dentro del PERTE de descarbonización aparecen, entre otros proyectos asturianos, 45,4 millones de euros para la modernización de la fábrica de Fertiberia en Avilés, además de actuaciones destinadas a mejorar la eficiencia energética de Asturiana de Zinc y otras plantas industriales de la comunidad.

La amenaza de las «paradas económicas»

La diferencia entre esta crisis y otros episodios industriales resulta especialmente significativa.

Una fábrica puede detenerse tradicionalmente por tres grandes motivos:

una avería,

una caída de pedidos,

o una parada programada de mantenimiento.

Ahora aparece con fuerza una cuarta razón:

que la energía sea demasiado cara para producir.

Es lo que podría denominarse una parada económica.

Las empresas electrointensivas intentan tradicionalmente concentrar determinados procesos durante las horas de electricidad más barata.

Pero cuando la diferencia entre horas valle y horas punta resulta insuficiente, o cuando todo el mercado permanece caro durante periodos prolongados, ese mecanismo deja de funcionar.

La consecuencia es reducir producción.

O detenerla temporalmente.

AEGE, la Asociación de Empresas con Gran Consumo de Energía, considera que el escenario vuelve a ser extraordinariamente complejo y advierte de una doble penalización: el encarecimiento inmediato de la electricidad y la desventaja estructural respecto a otros grandes países industriales europeos.

El miedo es volver a 2022

La memoria industrial todavía conserva lo ocurrido durante la gran crisis energética provocada tras la invasión rusa de Ucrania.

Entonces numerosas industrias europeas redujeron producción porque el gas y la electricidad alcanzaron niveles excepcionales.

El temor es que el otoño de 2026 reproduzca parte de aquella situación.

La actual escalada está estrechamente relacionada con la inestabilidad geopolítica internacional y el encarecimiento de combustibles y gas.

Las patronales industriales españolas trasladaron esta semana al Gobierno que, si la situación continúa, podrían producirse nuevas paradas durante el otoño y reclamaron medidas extraordinarias para evitar una pérdida de actividad y empleo.

La industria pide un «plan de choque»

Entre las principales reivindicaciones del sector aparece mantener y reforzar las ayudas destinadas a los grandes consumidores.

Este año continúa vigente una reducción del 80% de los peajes eléctricos para la industria electrointensiva, mecanismo aprobado para todo 2026.

Las empresas reclaman además mayores compensaciones por los costes indirectos asociados al CO₂ y contratos eléctricos de largo plazo capaces de proporcionar estabilidad.

La razón es sencilla.

Una acería, una planta química o una metalúrgica no pueden planificar inversiones de cientos de millones de euros dependiendo permanentemente de las oscilaciones diarias del mercado eléctrico.

Asturias acababa de recuperar terreno industrial

El momento resulta especialmente delicado porque la industria asturiana empezaba precisamente a ofrecer alguna señal de recuperación.

La producción industrial regional aumentó en julio un 3,1% interanual, rompiendo nueve meses consecutivos de descensos.

Sin embargo, el balance de los siete primeros meses de 2026 continuaba siendo negativo, con una caída acumulada del 5,4%.

Una nueva crisis energética podría frenar esa recuperación antes incluso de consolidarse.

Mucho más que el precio de la luz

El debate energético asturiano va además mucho más allá de cuánto cuesta cada megavatio hora.

Las empresas reclaman capacidad suficiente en las redes eléctricas para acometer nuevas inversiones, conexiones rápidas, almacenamiento energético y contratos estables.

En Asturias existe una paradoja difícil de ignorar.

La comunidad produce históricamente grandes cantidades de energía y dispone de una enorme concentración industrial.

Sin embargo, sus grandes empresas continúan advirtiendo de que el precio final de la electricidad puede hacerlas menos competitivas que plantas equivalentes situadas en Francia, Alemania u otros países europeos.

La energía vuelve así a convertirse en una cuestión de política industrial.

Lo que hay que vigilar ahora en Asturias

Durante las próximas semanas habrá varios indicadores especialmente importantes.

El primero será comprobar si ArcelorMittal modifica ritmos de producción en Avilés o Gijón por motivos energéticos.

El segundo, si compañías como Asturiana de Zinc o Fertiberia introducen ajustes operativos para concentrar producción en determinadas franjas horarias.

El tercero será la evolución del precio del gas y de la electricidad durante octubre y noviembre.

Y finalmente habrá que observar la respuesta del Gobierno.

Porque las industrias electrointensivas están mandando un mensaje cada vez menos diplomático:

ya no están hablando únicamente de pérdida de competitividad futura. Están hablando de fábricas que empiezan a decidir cada día si compensa encender las máquinas.

En una comunidad como Asturias, donde siderurgia, metalurgia y química continúan siendo piezas esenciales de la economía, esa advertencia tiene una dimensión muy diferente.

Cuando la electricidad se dispara, no sube solamente una factura.

Puede empezar a apagarse producción industrial.

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