La generación que dice “no”: el giro silencioso de los chicos adolescentes contra el feminismo

La generación que dice “no”: el giro silencioso de los chicos adolescentes contra el feminismo

España asiste a un cambio profundo en su juventud masculina. Lo que durante años se entendió como un avance social irreversible —la asimilación del feminismo como marco básico de igualdad— está encontrando una resistencia creciente entre los adolescentes varones. No se trata de un fenómeno marginal ni anecdótico: es una fractura cultural que ya se refleja con claridad en los datos, en las aulas y en las redes sociales, y que empieza a condicionar el futuro del debate sobre igualdad.

Los últimos estudios sobre juventud y género dibujan un escenario inquietante: dos de cada tres chicos de entre 15 y 19 años rechazan identificarse con el feminismo, y una parte relevante lo percibe como un movimiento que les señala, les excluye o les amenaza. El dato es aún más llamativo porque esta desafección no se limita a ellos: casi cuatro de cada diez chicas jóvenes también se distancian ya de la etiqueta, aunque sigan defendiendo principios básicos de igualdad.

No es apatía: es reacción

Las expertas lo tienen claro: no estamos ante indiferencia, sino ante una reacción adversa organizada y amplificada. En ciencias sociales tiene nombre: backlash. Cada avance social genera resistencias, y el feminismo —precisamente porque ha logrado transformar leyes, discursos y comportamientos— se ha convertido en el blanco perfecto.

Muchos chicos jóvenes sienten que el relato público de la igualdad les ha colocado en el papel de sospechosos permanentes, herederos de privilegios que no reconocen como propios. Esa percepción, aunque no se sostenga en datos objetivos, actúa como combustible emocional y se traduce en rechazo frontal.

El papel clave de las redes: del debate al adoctrinamiento

Buena parte de este giro no se está produciendo en casa ni en el aula, sino en el móvil. Las redes sociales han dejado de ser un espacio de ocio para convertirse en el principal canal de formación ideológica de muchos adolescentes. Los algoritmos premian los mensajes simples, provocadores y polarizados, y ahí el feminismo aparece a menudo caricaturizado como una ideología autoritaria, exagerada o innecesaria.

En ese entorno digital, los bulos circulan con más velocidad que las explicaciones, y conceptos complejos como igualdad estructural, brecha de género o violencia machista se reducen a consignas agresivas que calan en mentes todavía en construcción.

La confusión: feminismo no es lo contrario al machismo

Otro de los factores clave es la ignorancia conceptual. Una parte significativa de los jóvenes interpreta el feminismo como el reverso del machismo, no como una herramienta para equilibrar derechos y oportunidades. Desde esa lectura errónea, el feminismo se percibe como un proyecto de imposición de unas personas sobre otras, y no como un marco de justicia social.

A esto se suma un discurso cada vez más extendido: “la igualdad ya está conseguida”. Negar las desigualdades reales permite presentar cualquier reivindicación como exagerada o ideológica, y desactiva la empatía hacia problemas que siguen teniendo consecuencias dramáticas.

Cuando la igualdad se convierte en trinchera política

El feminismo también ha pagado el precio de la hiperpolitización. En un contexto de polarización extrema, el término ha sido absorbido por la batalla partidista. Para muchos jóvenes, declararse feminista equivale a alinearse políticamente, y eso provoca rechazo incluso entre quienes defienden la igualdad salarial, condenan la violencia de género o creen en relaciones basadas en el respeto.

El resultado es una paradoja inquietante: se apoyan los valores, pero se rechaza la palabra.

Asturias no es una excepción

Desde el ámbito universitario asturiano, las investigadoras advierten de que Asturias no está al margen de este fenómeno. Lo que se detecta en estudios nacionales se reproduce también en el Principado, donde docentes y equipos de investigación observan una mayor resistencia discursiva entre chicos jóvenes y una creciente necesidad de replantear cómo se comunica la igualdad a las nuevas generaciones.

El reto, subrayan, no es solo pedagógico, sino cultural: conectar el feminismo con las preocupaciones reales de la juventud, explicar que no es un ataque, sino una ampliación de derechos, y que también libera a los hombres de modelos de masculinidad rígidos y dañinos.

Una realidad que no admite negación

Frente a quienes sostienen que el feminismo es exagerado o innecesario, los datos siguen siendo contundentes: la violencia machista, las agresiones sexuales y las desigualdades estructurales no han desaparecido. Negarlas no es una opinión política, es cerrar los ojos a una realidad que sigue costando vidas.

Además, las expertas recuerdan algo clave: el sistema que oprime a las mujeres también limita a muchos hombres, castigando a quienes no encajan en los cánones de fuerza, éxito o dominio. El feminismo, insisten, no es una amenaza para los chicos jóvenes, sino una oportunidad para vivir con menos presión y más libertad.

Lo que está en juego

Este no es un debate sobre etiquetas, sino sobre el modelo de convivencia que se está gestando en la base de la sociedad. Si la igualdad deja de ser un consenso y pasa a ser una trinchera, el riesgo no es solo un retroceso en derechos, sino una generación educada en la confrontación permanente.

El 8 de marzo vuelve a colocar esta cuestión sobre la mesa. Y la pregunta ya no es si el feminismo sigue siendo necesario, sino cómo explicar, defender y renovar su sentido para que no se pierda en el ruido, la desinformación y la polarización. Porque lo que está mutando no es solo una opinión juvenil: es el clima cultural del mañana.

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