Gestos, lemas y campañas oficiales evocan imaginarios del fascismo histórico mientras expertos alertan de un proceso clásico: deshumanizar para gobernar
Durante décadas, Estados Unidos se presentó ante el mundo como el antídoto frente a los totalitarismos europeos del siglo XX. Hoy, sin embargo, una parte creciente del debate público internacional observa con inquietud cómo determinados gestos, consignas y mensajes institucionales de la actual Administración comienzan a recordar mecanismos de propaganda propios del fascismo y del supremacismo blanco. No por lo explícito, sino por lo sistemático. No por lo violento aún, sino por lo simbólico. Y la historia demuestra que ahí es donde todo empieza.
El gesto que abrió la grieta
La pauta la marcó Elon Musk el mismo día de la investidura de Donald Trump. Desde el escenario del Capital One Arena de Washington, Musk colocó la mano en el pecho y elevó el brazo en diagonal. Un gesto ambiguo, defendido por algunos como una simple exaltación, pero que para otros evocó de inmediato el saludo fascista. La polémica estalló en minutos y abrió una pregunta incómoda: ¿se estaban normalizando símbolos históricamente asociados al totalitarismo?
No fue un episodio aislado. Fue el primer aviso.
Lemas que no son inocentes
Pocos días después, el Departamento de Trabajo difundió en redes sociales una animación institucional: la estatua de George Washington acompañada de una consigna rotunda: “Una patria. Un pueblo. Una herencia. Recuerda quién eres, estadounidense”. La estructura del mensaje, su cadencia y su intencionalidad identitaria encendieron todas las alarmas.
Sindicatos y analistas advirtieron del paralelismo con el lema nazi “Ein Volk, ein Reich, ein Führer”. No se trataba de una traducción literal, sino de algo más inquietante: la misma lógica de homogeneización, la misma idea de que la nación pertenece a unos y no a otros.
El atril de Kristi Noem
El 8 de enero, en Nueva York, la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, compareció ante la prensa tras un atril con un lema aún más polémico: “Uno de los nuestros, todos los suyos”. La frase, denunciada por historiadores y activistas, fue utilizada en distintos contextos autoritarios del siglo XX para justificar represalias colectivas. Su aparición no fue neutra: llegó en pleno endurecimiento de la política migratoria y tras la muerte de una ciudadana durante una intervención del ICE.
El mensaje implícito era claro para muchos: hay un “nosotros” que merece protección y un “ellos” que puede pagar las consecuencias.
De Groenlandia a la propaganda identitaria
La Casa Blanca profundizó en esa narrativa con una publicación aparentemente inofensiva: una ilustración de trineos groenlandeses, cielos azules frente a paisajes amenazantes, y una pregunta simple: “¿Qué camino, hombre groenlandés?”. Para el gran público, una alusión a las aspiraciones geopolíticas de Trump. Para especialistas en extremismo, una referencia directa a un texto canónico de la ultraderecha estadounidense: Which Way, Western Man?
Aquí ya no hay ambigüedad: la iconografía y los códigos culturales hablan a una audiencia concreta.
Del símbolo a la política
Nada de esto ocurre en el vacío. La retórica identitaria acompaña decisiones muy concretas:
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Desmantelamiento de programas de diversidad, igualdad e inclusión.
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Eliminación de referencias a la ideología de género en la Administración.
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Una ofensiva migratoria que ha ampliado el número de indocumentados perseguidos y ha provocado centenares de miles de expulsiones.
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El refuerzo de agencias como el ICE, cuyo despliegue ha sido comparado por dirigentes políticos con policías políticas del pasado.
El mensaje no es solo simbólico. Se traduce en estructura de poder.
“Ya no usan mensajes subliminales”
Para organizaciones que monitorean el extremismo, el cambio es evidente. Global Project Against Hate and Extremism advierte de que la Administración ya no disimula. Según su presidenta, Wendy Via, las referencias supremacistas se utilizan de forma abierta para reclutar, influir y redefinir el imaginario nacional.
La estrategia no es nueva. Es antigua. Y funciona porque apela al miedo, a la identidad herida y a la promesa de restaurar un pasado idealizado.
El enemigo interior
En este esquema ultranacionalista, el contrario sobra. Hoy puede ser el migrante. Mañana el activista. Pasado mañana el disidente. El proceso es conocido: deshumanizar, simplificar, señalar. Convertir al “otro” en amenaza permanente.
La pintura El progreso americano, utilizada recientemente en campañas institucionales, es un ejemplo perfecto. Un icono del “Destino Manifiesto”, de la expulsión y exterminio de pueblos originarios, reciclado ahora como símbolo de orgullo nacional. La historia no se oculta: se resignifica.
Cuando la cultura popular también alerta
No son solo académicos o activistas. Figuras públicas han levantado la voz. Gobernadores que comparan al ICE con la Gestapo. Artistas que señalan paralelismos entre los ideólogos actuales y los ministros de propaganda del Tercer Reich. Canciones nacionalistas blancas que vuelven a sonar sin complejos en actos públicos.
Nada de esto sería posible sin una normalización previa.
¿Exageración o advertencia?
Nadie afirma que Estados Unidos sea hoy una dictadura fascista. La cuestión es otra, mucho más incómoda: ¿está adoptando conscientemente herramientas que históricamente condujeron al autoritarismo?
La historia enseña que los regímenes no nacen de golpe. Se ensayan. Se prueban símbolos. Se observa la reacción social. Si no hay resistencia, se avanza.
La lección que no se puede ignorar
Europa aprendió —a un precio insoportable— que el fascismo no irrumpe gritando, sino hablando de orden, identidad y herencia. Empieza reclamando unidad. Continúa excluyendo. Termina persiguiendo.
Por eso lo que ocurre hoy en Estados Unidos no es un debate semántico ni una polémica estética. Es una discusión sobre el rumbo de una democracia cuando el poder comienza a hablar en clave.
Y desde Asturias, una tierra marcada por la memoria del exilio, la represión y la resistencia, la advertencia resuena con especial fuerza:
cuando el lenguaje del odio se institucionaliza, la historia ya ha empezado a moverse.
