Hay gestos que no levantan puentes, sino cejas. Y el de María Corina Machado en Washington entra de lleno en esa categoría. La dirigente opositora venezolana intentó acercarse a Donald Trump ofreciéndole la medalla del Premio Nobel de la Paz que recibió el año pasado. Un movimiento cargado de simbolismo… y de una incomodidad difícil de disimular.
No es solo una anécdota diplomática. Es una escena que, para muchos, desnuda debilidad política. Y que obliga a hacerse una pregunta incómoda:
¿qué liderazgo se construye cuando se intenta comprar favor regalando el mayor reconocimiento moral del planeta?
El gesto: oro, historia y un intento desesperado de volver a la foto
El encuentro tuvo lugar en la Casa Blanca, tras un almuerzo privado y reuniones posteriores en el Congreso. Allí, Machado “presentó” a Trump la medalla del Nobel como muestra de gratitud por su papel en la caída del chavismo. La Casa Blanca guarda silencio sobre los detalles, pero el gesto fue confirmado por la propia dirigente.
Machado envolvió la escena en épica histórica. Recordó que Simón Bolívar conservó durante toda su vida una medalla con el rostro de George Washington, obsequiada por el marqués de Lafayette. Dos siglos después —vino a decir—, “la gente de Bolívar” devolvía el gesto al líder de Washington.
El problema es que la épica no tapa la realidad política: Machado llega a esta reunión apartada del núcleo de poder en la transición venezolana y busca, con urgencia, recuperar protagonismo.
El contexto que explica el movimiento (y lo hace aún más incómodo)
La escena se produce apenas días después de la captura y traslado a Estados Unidos de Nicolás Maduro y de su esposa, en una operación que ha reconfigurado el tablero político venezolano. Washington ha optado por respaldar un gobierno de transición que no gira en torno a Machado, y eso la deja en una posición muy frágil.
En política internacional, cuando te quedas fuera del reparto, tienes dos opciones: resistir con proyecto propio… o rebajarte para volver a entrar. Machado eligió la segunda. Y lo hizo con un símbolo que, para muchos de sus propios apoyos, no se toca.
El Nobel pone orden: “una medalla puede cambiar de dueño, el título no”
La respuesta no tardó en llegar. El Centro Nobel de la Paz salió a aclarar lo obvio, pero necesario:
el Premio Nobel de la Paz no se puede transferir, compartir ni revocar. El título pertenece exclusivamente a quien lo recibe. La medalla, como objeto, puede cambiar de manos. El Nobel, no.
Traducido: Trump puede quedarse con el oro, pero no con el reconocimiento. El golpe de efecto queda reducido a gesto vacío. Y el intento de engrandecer al presidente estadounidense acaba dejando a Machado en una posición incómoda, casi infantilizada.
Trump y el Nobel: el capricho convertido en escena global
Trump nunca ha ocultado su obsesión con el Nobel de la Paz. Lo menciona, lo insinúa, lo reclama. El episodio encaja perfectamente con su estilo: yo lo quiero, yo lo merezco. Y si alguien viene a ofrecérmelo —aunque sea simbólicamente—, mejor.
El resultado es una imagen demoledora:
un presidente comportándose como un niño enfadado que exige un premio, y una líder opositora ofreciéndole su mayor capital moral para recuperar relevancia.
El coste político para Machado
Este gesto no es inocuo. Tiene consecuencias claras:
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Debilita su autoridad moral dentro y fuera de Venezuela.
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Refuerza la idea de que está dispuesta a cualquier cosa por volver al centro del poder.
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La invalida, para muchos, como referente ético de una transición que exige firmeza, no genuflexión.
En política, hay gestos que te hacen grande y otros que te hacen pequeño. Regalar tu Nobel para agradar a otro líder no suele entrar en la primera categoría.
La escena que queda
Al final, lo que queda no es la épica bolivariana ni el relato histórico. Lo que queda es la foto mental:
una medalla de oro sobre la mesa, un presidente satisfecho y una dirigente opositora demasiado inclinada hacia delante.
En un momento crítico para Venezuela, el mundo no vio liderazgo. Vio necesidad. Y eso, en política, suele pagarse caro.
