Pescado, lapas, bígaros, mejillones, percebes y erizos formaban parte de la alimentación de las comunidades que habitaban la costa oriental asturiana en el Mesolítico. Los restos humanos recuperados en la cueva de Soḥornu, en Andrín, pertenecen al menos a dos individuos y revelan que uno de ellos obtenía alrededor del 55% de las proteínas que consumía del mar, uno de los porcentajes más elevados documentados en el sur de Europa.
Hace unos 8.000 años, mucho antes de que existiera Asturias, de que hubiese pueblos, carreteras o siquiera agricultura asentada en este territorio, un hombre recorría la costa de lo que hoy es Llanes.
Comía pescado.
Recogía lapas y bígaros de las rocas.
Consumía mejillones, percebes y erizos.
Y el mar ocupaba un lugar tan importante en su alimentación que aproximadamente el 55% de las proteínas que ingería procedía de recursos marinos.
Ahora, ocho milenios después, sus huesos están permitiendo reconstruir una parte extraordinaria de aquella vida.
El escenario es la cueva de Soḥornu, en Andrín, Llanes, donde una investigación arqueológica ha localizado restos humanos del Mesolítico pertenecientes al menos a dos individuos adultos, además de utensilios, restos animales y evidencias de una ocupación humana mucho más prolongada de lo que inicialmente se sospechaba.
Todo empezó con una mandíbula
La historia comienza en 2024.
Los espeleólogos Pablo Solares y Clara Zazo exploraban la cavidad cuando localizaron algo que difícilmente podía pasar inadvertido:
una mandíbula humana.
Junto a ella aparecía un conchero asturiense, una acumulación de restos de moluscos producida por las comunidades humanas que habían utilizado aquel espacio miles de años atrás.
Los descubridores comunicaron el hallazgo a la Consejería de Cultura y Patrimonio Cultural autorizó una intervención arqueológica de urgencia.
La excavación, dirigida por los investigadores Pablo Arias Cabal y Alberto Martínez Villa, terminó en el verano de 2025.
Lo que apareció durante aquellos trabajos convirtió aquella mandíbula inicial en la primera pieza de una historia muchísimo mayor.
Una cueva utilizada durante casi ocho mil años
Las investigaciones han documentado presencia humana en Soḥornu durante un periodo extraordinariamente amplio.
La cavidad conserva indicios de ocupaciones comprendidas aproximadamente entre hace 12.000 y 4.300 años.
Eso significa que diferentes comunidades humanas utilizaron aquel lugar durante miles de años y en momentos muy distintos de la Prehistoria.
Los restos humanos que ahora concentran buena parte de la atención son más recientes y pertenecen al denominado periodo asturiense, alrededor del 6000 antes de Cristo.
Estamos hablando de seres humanos que vivieron aproximadamente 8.000 años antes que nosotros.
Eran comunidades de cazadores, pescadores y recolectores que vivieron antes de que la agricultura y la ganadería transformasen definitivamente las sociedades prehistóricas de la cornisa cantábrica.
Un hombre de unos 45 años
Uno de esos individuos puede empezar incluso a adquirir un perfil humano.
Era un hombre.
Murió cuando tenía aproximadamente 45 años.
De él se ha recuperado, entre otros restos, el cráneo, que se encuentra en un estado de conservación considerado extraordinario por los investigadores.
Conviene no caer en el tópico de afirmar que llegar a los 45 años era necesariamente algo excepcional en aquella época. Las cifras medias de esperanza de vida prehistóricas están muy condicionadas por la enorme mortalidad infantil y no significan que todos los adultos muriesen jóvenes.
Pero disponer de los restos de una persona de esa edad abre a los investigadores una posibilidad extraordinaria:
estudiar directamente a alguien que vivió en la costa asturiana hace ocho milenios.
Sus huesos pueden ofrecer información sobre lo que comía, su movilidad, determinadas enfermedades, su actividad física e incluso aspectos de la comunidad en la que vivió.
Sus huesos todavía conservaban el mar
Y aquí aparece probablemente el dato más fascinante de toda la investigación.
Los análisis bioquímicos practicados sobre los restos permiten estudiar indirectamente la dieta de aquellos individuos.
En uno de ellos, alrededor del 55% de las proteínas consumidas procedía del medio marino.
Es uno de los porcentajes más altos obtenidos hasta ahora para poblaciones prehistóricas del sur de Europa.
No estamos, por tanto, ante una comunidad que ocasionalmente bajaba a la costa para recoger algún molusco.
El mar formaba una parte fundamental de su alimentación.
Y la propia cueva conserva la despensa arqueológica que confirma esa relación.
El menú de hace 8.000 años
En Soḥornu han aparecido abundantes restos de animales marinos.
Pescados.
Lapas.
Bígaros.
Mejillones.
Percebes.
Erizos de mar.
Eran recursos disponibles en el litoral cantábrico y aprovechados de forma sistemática por aquellas comunidades.
La escena resulta sorprendentemente reconocible para cualquier asturiano actual.
Ocho mil años después, muchos de esos productos continúan formando parte de la alimentación de la costa.
Han cambiado completamente las técnicas, los utensilios, las sociedades y la forma de obtenerlos.
Pero algunos de los alimentos que hoy asociamos inmediatamente con el Cantábrico ya estaban siendo recogidos y consumidos por seres humanos miles de años antes de la historia escrita.
El mar estaba más lejos
Hay, sin embargo, una diferencia fundamental entre aquel paisaje y el actual.
Durante algunas de las primeras ocupaciones documentadas en Soḥornu, al final del Pleistoceno, el nivel del mar era diferente y la costa se encontraba más alejada de la cueva.
Los investigadores han localizado además un conchero correspondiente aproximadamente al 9700 antes de Cristo, prácticamente al final de la última Edad del Hielo.
Aquellos habitantes del territorio tenían que moverse por un paisaje que hoy nos resultaría extraño.
La línea de costa no era exactamente la misma.
La vegetación estaba cambiando.
El clima atravesaba una gran transición.
Y las comunidades humanas estaban adaptando su forma de vida a ese nuevo mundo.
Un extraño objeto de asta de ciervo
La cueva también ha ofrecido otro hallazgo especialmente llamativo.
Los investigadores recuperaron una cuerna completa de ciervo que había sido modificada deliberadamente.
Los candiles y la roseta habían sido recortados y la pieza había sido pulida y grabada.
Lo extraordinario es que, por ahora, no se sabe para qué servía.
Pablo Arias considera el objeto excepcional porque son muy escasos los instrumentos conocidos del periodo asturiense de estas características.
Se conocían algunos anzuelos y unas pocas piezas más.
Pero esta cuerna trabajada introduce una incógnita fascinante.
Alguien la seleccionó.
Alguien la cortó.
Alguien la pulió.
Y alguien grabó su superficie hace miles de años.
Su función continúa siendo un misterio.
¿Qué hicieron con sus muertos?
Los restos del segundo individuo plantean otra pregunta.
Algunos huesos aparecieron depositados en una especie de pequeño nicho dentro de la cavidad.
Eso abre la posibilidad de estudiar cómo aquellas comunidades trataban a sus muertos.
Los investigadores advierten de que este tipo de evidencias de manipulación o tratamiento posmórtem no son desconocidas durante el periodo asturiense.
Pero cada nuevo hallazgo permite aproximarse un poco más a una dimensión muchísimo más difícil de reconstruir que la alimentación:
qué pensaban aquellas personas sobre la muerte.
No sabemos qué rituales practicaban.
No sabemos qué significado tenía depositar determinados restos en una cavidad.
Ni siquiera sabemos todavía exactamente qué ocurrió con estos dos individuos.
Pero la posición y el tratamiento de los huesos pueden proporcionar nuevas pistas.
No eran «asturianos» como nosotros
Cuando hablamos del hombre de Llanes de hace 8.000 años hay que hacer una precisión importante.
Evidentemente, no era asturiano en el sentido histórico, político o cultural actual.
Asturias no existía.
Tampoco Llanes.
Ni siquiera las sociedades que siglos después empezarían a dar lugar a las comunidades históricas que conocemos.
Era un habitante del territorio que hoy llamamos Asturias.
Pero precisamente ahí reside parte de la fascinación.
Porque permite observar una continuidad geográfica extraordinaria.
En esas mismas montañas.
Frente al mismo Cantábrico.
Entre los mismos acantilados.
Vivieron seres humanos miles de años antes de que comenzara nuestra historia conocida.
Un descubrimiento que todavía no ha terminado
La excavación ha concluido, pero la investigación está lejos de hacerlo.
Soḥornu continúa estudiándose dentro del proyecto RitDomS, financiado por el Plan Estatal de I+D+i 2024-2027 del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y dirigido por Pablo Arias, responsable del Instituto Internacional de Investigaciones Prehistóricas de Cantabria.
El proyecto combina diferentes disciplinas.
Análisis de restos humanos.
Geología.
Arqueobotánica.
Arqueozoología.
Estudios bioquímicos.
Cada especialidad aporta una pieza diferente para reconstruir algo que parecía imposible:
cómo era la vida cotidiana de aquellas personas.
Los investigadores esperan completar buena parte de los análisis pendientes a finales de año y los restos podrán incorporarse posteriormente a la colección del Museo Arqueológico de Asturias.
Una vida escrita en los huesos
Probablemente nunca conoceremos su nombre.
No sabemos dónde nació.
No sabemos cómo hablaba.
No conocemos su rostro completo ni quiénes fueron su familia.
Tampoco sabemos exactamente cómo murió.
Pero ocho mil años después podemos conocer algo tan íntimo como lo que comía.
Sabemos que miraba hacia el Cantábrico para sobrevivir.
Que pescados y mariscos proporcionaban buena parte de las proteínas de su alimentación.
Que perteneció a una comunidad perfectamente adaptada a explotar los recursos de una costa en transformación.
Y sabemos que sus restos terminaron dentro de una cueva de Andrín que continuó siendo utilizada por seres humanos durante miles de años.
La mandíbula descubierta casualmente en 2024 ha acabado abriendo una ventana excepcional.
Al otro lado aparece un hombre de hace ocho milenios.
Y sorprendentemente, entre lapas, mejillones, percebes, erizos y pescado, parte de su mundo todavía resulta reconocible para quienes viven hoy junto al mismo mar.
