Ay, cielín… lo que me pasó esta semana no me había pasao en la vida. Mira que yo cociné de todo: gallines, pollos, conejos, cabritos, xatos, fabes con lo que se tercie… ¡pero pato! Pato, lo que se dice pato… nunca en mi cocina había entrao uno.
Pues resulta que llega un vecino mío —un buen rapaz, aunque un poco raru— y me suelta:
—Balbina, toma esti pato, que a mí me da pena comelu.
Y yo pensé:
“Pues si te da pena comelu… ¿pa qué me lo traes a mí, alma de Dios?”
Pero bueno. El pato ya estaba allí, mirándome con esa cara que tienen los patos, que parece que siempre saben algo que tú no sabes.
Y me quedé pensándolo.
—Pero vamos a ver… ¿por qué no cocinamos pato en España? ¿Eh? ¿Alguien me lo explica? Porque en Francia comen pato como si fuera pan, y aquí nada, ni verlo.
Y yo dije:
“Balbina, tú siempre fuiste valiente. Si supiste hacer callos con garbanzos y bacalao con chocolate cuando te equivocaste de tarro… con un pato también podrás.”
Y allá que me puse.
Ingredientes del pato “como Dios me dio a entender”
Para 4 personas con fame (o 6 si son finos):
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1 pato entero limpio (si te lo regala un vecín, mejor que mejor)
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4 patatas grandes
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2 cebollas hermosas
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4 dientes de ajo
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1 vaso de vino blanco
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1 buen chorro de coñac (esto ye secreto de Balbina)
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1 cucharada de miel
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sal gruesa
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pimienta negra
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romero o tomillo (lo que tengas por el huerto)
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aceite de oliva
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1 naranja (esto lo vi una vez en la tele y dije: vamos a probar)
Y una cosa muy importante:
paciencia, porque el pato ye un bicho serio.
Cómo hizo Balbina el pato (con más intuición que receta)
Primero lo miré bien.
—“Bueno, rapaz… vamos a ver qué hacemos contigo.”
Lo lavé bien y lo sequé con un paño, como hacía mi madre con los pollos.
Luego lo salpimenté por dentro y por fuera, y le metí dentro:
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los ajos machacaos
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media naranja
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una ramita de romero
Porque dije:
“Si va a viajar al horno, que vaya perfumao.”
Mientras tanto pelé las patatas y las cebollas y las puse en una fuente grande con aceite y sal.
Encima coloqué el pato, bien plantao, como un señor.
Luego le eché:
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un buen chorro de aceite
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el vino blanco
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el coñac
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y una cucharadita de miel por encima para que quedara doradín.
Y pa dentro del horno.
El secreto del pato de Balbina
El horno lo puse a 180 grados.
Pero aquí viene lo importante.
Cada 20 minutos abría el horno y lo regaba con su propio jugo.
—“No te me seques, rapaz, que luego dicen que el pato ye duro.”
Después de casi dos horas, aquello empezó a oler por toda la casa que parecía una boda en el pueblo.
La piel quedó dorada y crujiente, y las patatas… madre del amor hermoso.
El momento de la verdad
Cuando lo saqué del horno me quedé mirándolo.
—“Balbina… igual acabas de descubrir algo grande.”
Lo probamos en casa.
Y tengo que decilo claro:
¡Pero qué cosa más rica, cielín!
Sabroso, jugoso, con una carne oscura que parecía mantequilla.
Entonces dije en voz alta:
—“¿Pero cómo puede ser que esto no lo cocinemos más en España?”
—“Con lo rico que está… y nosotros siempre con el pollo.”
Reflexión seria de la abuela Balbina
Yo creo que el pato no se cocina aquí por tres cosas:
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Porque no se encuentra fácil.
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Porque nos da respeto cocinar algo que no conocemos.
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Porque somos muy de nuestras costumbres.
Pero mira… si un día te cae un pato en casa, no lo mires raro.
Mételo al horno con cariño y ya verás.
Como decía mi madre:
“Lo que entra en la cocina con respeto… sale de la mesa con aplausos.”
Despedida de Balbina
Bueno, cielín, yo me despido ya.
El pato salió tan bueno que ahora los vecinos me dicen:
—“Balbina, ¿y cuándo repites?”
Y yo les digo:
—“Cuando me traigáis otro pato, rapaz.”
Porque una cosa tengo clara:
la cocina de una abuela nunca se cierra a lo inesperado.
Y ahora me voy, que me están llamando por la calle otra vez.
Esto de salir en Asturias Mundial me está dando un gustirrinín…
que ya casi soy más famosa que la fabada.
Un besu grande.
—La abuela Balbina.

