Tapia de Casariego amaneció este jueves con una escena de película: costa revuelta, gente sacando fotos del temporal… y, entre las rocas, sacos enormes escondidos. Lo que parecía un detalle más del mal día acabó siendo el hilo del que tiró el Seprona para destapar una extracción irregular: 24,3 kilos de oricios (erizos de mar) incautados a dos mariscadores que, según la intervención, estaban recolectando fuera del horario permitido.
La actuación se saldó con incautación de producto y material, traslado del marisco a la rula de Tapia para dejar constancia del peso y la trazabilidad, y una decisión clara: los oricios serán devueltos al mar.
Cómo se destapó: una testigo, sacos ocultos y la marea apretando
Según el relato de la intervención, el aviso lo dio una mujer que estaba fotografiando el temporal. En plena costa vio sacos de gran tamaño escondidos y llamó al Seprona.
Varias patrullas acudieron a la zona. Allí localizaron primero a uno de los mariscadores, que negó los hechos y aseguró que estaba esperando a su compañero porque “se había olvidado el reloj”. El segundo fue hallado después: se habría escondido en la costa, pero la subida de la marea le obligó a salir. Identificados ambos, mantuvieron la negativa, siempre según la actuación descrita.
El Seprona intervino tanto el marisco como el equipo empleado para la extracción: neoprenos, gafas de buceo, herramientas y otros útiles. El producto quedó depositado en la rula y se fijó su devolución al mar al día siguiente.
El contexto: ¿por qué los oricios están otra vez en el centro?
Porque han vuelto. Y cuando vuelven, vuelven con todo: precio, demanda, presión y el viejo fantasma del furtivismo.
Asturias lleva varias campañas aplicando un plan experimental de extracción para controlar el recurso: no es “barra libre”, ni mucho menos. Se trabaja con un sistema de días concretos, cupo por mariscador, talla mínima y un horario atado a la bajamar (una ventana limitada que, en la práctica, deja poco margen y hace muy visible quién está donde no toca).
A eso se suma el incentivo más obvio: los precios. En el arranque de la costera de este año se han visto cotizaciones altas en lonja, con picos que han llamado la atención incluso fuera del sector. Con ese panorama, el oricio se convierte en el caramelo perfecto para quien quiera saltarse el control: se recoge “rápido”, se mueve “fácil” y, si no hay vigilancia, se cuela.
Qué está pasando con los oricios en Asturias
1) Un recurso delicado… y muy goloso
El oricio no es un marisco cualquiera: su explotación exige equilibrio. Si se aprieta demasiado, se resiente la población y el daño puede tardar años en revertirse. Por eso la Administración y el sector han ido a un modelo de gestión milimetrada: cupos, tallas mínimas y calendario corto.
2) Temporada corta, tensión larga
La campaña es breve y muy concentrada. Eso genera un efecto típico: muchos quieren sacar rendimiento en pocos días. Los profesionales autorizados juegan con reglas estrictas; quien va por libre intenta aprovechar huecos (horarios, zonas, temporales que “tapan” movimientos). Y ahí entra el Seprona.
3) Más vigilancia y más “partes” por furtivismo
No es un hecho aislado. En los últimos años se han registrado actuaciones contra capturas ilegales en distintos puntos de la costa asturiana. La lectura es clara: cuando el producto sube y la temporada aprieta, la vigilancia se multiplica… porque el riesgo también.
4) La rula como cortafuegos
Que el marisco termine en la rula para dejar constancia no es un trámite sin más: es el mensaje de que sin trazabilidad no hay mercado legal. Y devolver el producto al mar refuerza la idea de que esto va de protección del recurso, no solo de sanción.
Qué se juegan los infractores
Además de perder el marisco, el material y exponerse a sanciones, hay algo que pesa mucho en el sector: el daño reputacional. En una campaña controlada al detalle, los incumplimientos ponen bajo sospecha a todos y tensan la relación entre profesionales, cofradías, inspección y vigilancia.
La foto final: un temporal, dos sacos y un aviso a navegantes
La intervención de Tapia deja dos conclusiones nítidas:
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Hay control y hay patrullas incluso en días complicados.
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El oricio está tan cotizado —económica y gastronómicamente— que seguirá siendo objetivo de quien quiera ir por la puerta de atrás.
Y mientras tanto, Asturias camina por la cuerda floja: hacer rentable una costera limitada y proteger un recurso frágil. Lo de Tapia no es solo una noticia de sucesos marineros: es un síntoma de lo que pasa cuando un marisco se convierte, literalmente, en “oro” en mitad del invierno.
