La Sardina “disfrutona” se fue como manda la tradición: bajo la lluvia, entre sollozos, sátira sin piedad y una ciudad que no se rinde ni con paraguas
Avilés cerró anoche el Antroxu 2026 como solo sabe hacerlo esta villa: con pena, con risa, con mala baba bien afinada y con la Sardina ardiendo mientras la lluvia caía a plomo. Luto y desconsuelo, sí. Pero también orgullo. Porque aquí, cuando toca despedir la folixa, se hace a lo grande y sin pedir disculpas.
La Sardina ya no está. Se fue “al cielo de las sardinas antroxeras” tras una semana disfrutona, descarada y sin freno, dejando detrás una ciudad empapada, una plaza llena y un testamento que volvió a demostrar que el Antroxu de Avilés no es un desfile: es un espejo.
El Carbayo abre el funeral… y la crítica afila los cuchillos
Como marca la liturgia avilesina, todo empezó en la plaza del Carbayo. Allí, con la Cofradía del Santo Entierro de la Sardina al frente, arrancó un pasacalles que ya venía cargado de mensaje. No hubo anestesia. El testamento —leído con ese tono entre sermón y guadaña— pasó revista al mundo, a España y a la casa.
Hubo dardos contra guerras, dictadores, genocidios, fascismos modernos y viejos, contra los amos de las redes y sus algoritmos, contra la política convertida en ruido… y, cómo no, contra la propia organización del Antroxu. Porque aquí, cuando se critica, se empieza por uno mismo.
La frase se repitió como un mantra: “Apúntelo usted, señor escribano”. Y Avilés asentía bajo el paraguas.
Sabugo, el momento glorioso: la Sardina se resiste a morir
La comitiva avanzó por Sabugo con charanga, plañideras y costaleros de la peña Sardina Arenque de Llaranes, y entonces pasó lo inevitable: la Sardina se rebeló. Hubo amago de escapada, parón improvisado y risas nerviosas. El tráfico se detuvo. Los autobuses esperaron. Porque mientras la Sardina vive, manda ella.
La lluvia no aflojó ni un segundo. Y nadie se fue. Porque el Antroxu, cuando es de verdad, se aguanta. Se aguanta mojado, con los pies fríos y el maquillaje corriendo por la cara.
El Rey del Goxu, entre tacones, pena y un mensaje claro
En plena subida por La Cámara, el Rey del Goxu, caminando con tacones de aguja y sonrisa cansada, soltó la frase que resume la semana:
“Nos da una pena tremenda que acabe el Antroxu. Lo hemos dado todo.”
Y añadió un gesto que no pasó desapercibido: los 1.500 euros del premio municipal por su reinado irán a la Asociación Española Contra el Cáncer. Un detalle que bajó el personaje a tierra y arrancó más de un aplauso sincero.
Luego vendría la defensa: menos bronca, menos política de bar, más fiesta. Porque el Antroxu —dijo— es para divertirse.
El Parche y la plaza de España: el testamento sube de volumen
Arriba, ya en El Parche y después en la plaza de España, llegó la segunda lectura del testamento. Y ahí sí: el texto se desató. Nombres propios, política internacional, bronca nacional, referencias locales, memoria de los que ya no están, apoyos a la universidad pública, críticas al PP, a Vox, a jueces, ministros, reyes de aquí y de allá… nadie salió indemne.
El Antroxu volvió a demostrar que no es neutral. Que es incómodo. Que es transgresor. Que no pide permiso. Y que cuando alguien intenta poner límites al cachondeo, Avilés responde con más cachondeo todavía.
El fuego final: adiós al desenfreno, hola Cuaresma
Y llegó el momento. La quema.
La Sardina empezó a arder mientras sonaba el “Adiós con el corazón”. Lloros, sollozos, algún aplauso, abrazos bajo la lluvia y esa sensación tan avilesina de haber cerrado algo importante.
Del desenfreno a la Cuaresma en una llamarada. Sin transición. Como se hacen aquí las cosas.
Lo que deja este Entierro (y este Antroxu)
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Una ciudad resistente: lluvia constante y participación hasta el último minuto.
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Un testamento que vuelve a ser termómetro social, sin miedo a molestar.
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Una tradición viva, con desenclavo en Llaranes, Carbayo, Sabugo y quema final.
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Un Antroxu que no se domestica, por mucho que algunos lo intenten.
Avilés despide el Antroxu con pena, sí. Pero también con una certeza: mientras haya una Sardina que quemar, habrá una ciudad dispuesta a salir a la calle, a reírse de todo y a recordarse quién es.
La Sardina ya no está.
El Antroxu, en cambio, sigue muy vivo.
Puxa Avilés. Puxa Asturies. Y hasta el año que viene.
