Durante más de seis décadas, el Rívoli de la calle Uría no ha sido solo una cafetería. Ha sido una constante urbana, una referencia silenciosa en una de las arterias más transitadas de Oviedo. Su cierre, previsto para este sábado tras 64 años de actividad, no responde a una crisis ni a una caída de clientes, sino a una razón tan simple como irreversible: la jubilación. Y precisamente por eso, su despedida duele más.
Fundado en 1962, el Rívoli ha atravesado todas las transformaciones del centro ovetense sin perder su sitio. Ha visto desaparecer Galerías Preciados, llegar El Corte Inglés, cambiar escaparates, hábitos de consumo, modas y ritmos de vida. Mientras tanto, el café seguía ahí, funcionando como un punto de pausa en una calle diseñada para el movimiento constante.
Uría: una calle que cambia, un café que permanece
La calle Uría es mucho más que un eje comercial. Es un espacio de paso, de espera, de encuentros breves y despedidas rápidas. En ese contexto, el Rívoli cumplía una función esencial: ofrecía un lugar donde detenerse sin necesidad de explicación. Un café “de entrar y salir”, pero también de quedarse.
En una ciudad donde los centros históricos se debaten entre la homogeneización comercial y la pérdida de identidad, el Rívoli representaba un modelo clásico de cafetería urbana: discreta, reconocible, funcional y profundamente integrada en el paisaje cotidiano. No necesitaba reinventarse cada temporada porque ya formaba parte del decorado emocional de la ciudad.
Un negocio que sobrevivió a todo… menos al tiempo
Que un establecimiento permanezca abierto durante 64 años en una de las calles más caras y cambiantes de Asturias no es casualidad. Es el resultado de una suma de factores: ubicación, constancia, clientela fiel y una idea clara de lo que se es y lo que no se pretende ser.
El Rívoli no buscó convertirse en un local de moda ni en un espacio tematizado. Apostó por la normalidad, por el café bien servido y por una presencia estable. Esa estrategia, hoy casi desaparecida, le permitió atravesar décadas de cambios económicos, crisis, reconversiones comerciales y transformaciones sociales.
Su cierre no simboliza un fracaso, sino el agotamiento de un modelo de relevo generacional cada vez más difícil en la hostelería tradicional. Jornadas largas, márgenes ajustados, exigencias normativas crecientes y una competencia feroz hacen que muchos negocios históricos desaparezcan cuando llega el momento de la jubilación.
Un lugar donde se cruzaba el mundo
Aunque profundamente ovetense, el Rívoli fue también un espacio de tránsito internacional. Su ubicación estratégica lo convirtió en punto habitual de parada para visitantes, turistas y personas de paso. Fue un lugar de citas improvisadas, de esperas antes de un viaje, de reencuentros tras años fuera.
Ese carácter abierto, casi neutral, lo transformó en un café donde se mezclaban acentos, edades y rutinas. Un sitio donde nadie llamaba la atención y todos encajaban. Ese tipo de espacios, invisibles a simple vista, son los que sostienen la vida urbana real, lejos de los focos y los titulares.
El futuro del local
El bajo no quedará vacío. Seguirá vinculado a la hostelería, aunque todavía está por ver si mantendrá el nombre y la identidad del Rívoli o si iniciará una nueva etapa con otra marca. Ese detalle no es menor: en ciudades como Oviedo, los nombres pesan. Mantenerlos o borrarlos supone una declaración de intenciones.
Porque una cosa es que cambie el negocio, y otra muy distinta es que desaparezca el lugar. El Rívoli no era solo un local; era un punto fijo en el mapa mental de la ciudad.
Cuando una cafetería se convierte en memoria
El cierre del Rívoli no provocará manifestaciones ni discursos oficiales, pero activará algo más duradero: la memoria compartida. Cada persona que pasó por allí asociará el local a una etapa de su vida. A una época, a una costumbre, a una versión de Oviedo que ya no volverá a ser exactamente igual.
Las ciudades no se definen solo por sus monumentos, sino por sus rutinas. Y perder un café como el Rívoli es perder una de esas rutinas que parecían garantizadas.
Oviedo seguirá teniendo cafeterías. Pero desde la próxima semana, al caminar por Uría, muchos notarán que falta algo. Y no será el café. Será la certeza de que algunos lugares, aunque parezcan eternos, también se jubilan.
