Durante meses —y de forma especialmente intensa en las últimas semanas— el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha desplegado una política exterior y un estilo de poder que han hecho saltar todas las alarmas diplomáticas. Amenazas abiertas, desprecio explícito por la legalidad internacional y una utilización del cargo que parece orientada a imponer la voluntad personal del presidente por encima de normas, alianzas y soberanías.
Trump actúa como si fuera el sheriff del planeta. Si un país tiene petróleo que le interesa, se presiona hasta el límite. Si un Gobierno es incómodo, se amenaza con la fuerza. Si un territorio es estratégico, se insinúa su compra o su toma. Y ante todo ello, el mundo —incluidos aliados tradicionales— calla, mira de reojo o balbucea respuestas tímidas.
Venezuela, México, Groenlandia: un patrón reconocible
El caso venezolano ha sido el ejemplo más brutal. Trump ha normalizado la idea de intervenir directamente para forzar un cambio de poder, justificándolo en la seguridad, el narcotráfico o el petróleo. El mensaje es claro: si el recurso es estratégico y el Gobierno débil, Estados Unidos manda.
Después ha llegado México. La amenaza ya no es diplomática, sino militar: operaciones directas contra cárteles en territorio soberano mexicano, sin autorización previa, si Washington lo considera necesario. Un planteamiento que rompe décadas de doctrina de no intervención… y que se anuncia sin rubor.
Y, como guinda, Groenlandia. Trump vuelve a hablar de comprarla —o de “ver qué pasa” si no se vende— como si se tratara de un solar, ignorando que pertenece a Dinamarca y que su estatus está protegido por tratados internacionales. El derecho internacional reducido a una molestia opcional.
El problema no es solo Trump. Es la excusa que lo blanquea
Cada vez que estas acciones se critican, aparece el mismo argumento defensivo:
“Pero Trump ha sido elegido democráticamente. Millones de personas le han votado.”
Es un razonamiento peligroso. Y falso.
Ser elegido no concede carta blanca. La democracia no consiste únicamente en contar votos el día de las elecciones. Consiste en gobernar con límites. Cuando esos límites se ignoran, la historia demuestra que el respaldo popular no solo no frena el desastre, sino que a veces lo acelera.
Cuando millones votaron… y el mundo pagó el precio
La idea de que “tantos millones no pueden estar equivocados” se cae al mínimo repaso histórico.
Alemania (1932–1933): el precedente que nadie quiere nombrar
Adolf Hitler llegó al poder por vías legales, en un sistema democrático erosionado pero vigente. Ganó elecciones, pactó mayorías, fue nombrado canciller. Muchos pensaron que se le podría controlar. Que exageraba. Que no sería para tanto.
El resultado es conocido: desmantelamiento institucional, persecución política, guerra mundial y genocidio. Todo empezó con votos y con una sociedad que miró hacia otro lado mientras el poder se concentraba.
Italia (años 20): el hombre fuerte como solución
Benito Mussolini fue recibido como el salvador de una Italia cansada del caos. El apoyo social fue amplio. El Parlamento le abrió la puerta. El precio fue la dictadura y la supresión de libertades durante décadas.
Perú (1990): Fujimori y el aplauso al autogolpe
Alberto Fujimori ganó democráticamente. Dos años después disolvió el Congreso y tomó el control del Estado. Parte de la población lo apoyó porque “funcionaba” y “resolvía problemas”. Años después, corrupción masiva y violaciones de derechos humanos.
Venezuela (1998 en adelante): mayoría sin contrapesos
Hugo Chávez ganó elecciones una y otra vez. Nunca perdió el apoyo popular inicial. Pero fue ocupando instituciones, debilitando controles y polarizando el país. El resultado está a la vista: colapso institucional y autoritarismo sostenido.
Turquía y Rusia: urnas sin democracia plena
Erdoğan y Putin también ganaron elecciones. Las urnas siguieron existiendo, pero la competencia real desapareció, los jueces dejaron de ser independientes y la prensa fue domesticada. Votos sí; democracia, cada vez menos.
La lección es clara: la democracia no es un cheque en blanco
La historia demuestra algo incómodo pero real: las masas pueden equivocarse. No por estupidez, sino por miedo, propaganda, desesperación o promesas simples para problemas complejos.
Las urnas legitiman el acceso al poder, no su ejercicio ilimitado. Para eso existen:
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tribunales independientes,
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parlamentos fuertes,
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prensa libre,
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derecho internacional,
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y controles efectivos.
Cuando un presidente elegido empieza a saltarse todos esos frenos y su base lo aplaude, la democracia se convierte en plebiscito permanente del poder.
Trump y el riesgo de normalizar el abuso
Trump no es un accidente aislado. Es el síntoma de una época en la que el poder vuelve a hablar el lenguaje de la fuerza, mientras se envuelve en el argumento democrático para desactivar críticas.
El problema no es solo lo que hace, sino lo que se empieza a aceptar como normal:
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que un presidente use el Estado para intereses personales o familiares;
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que se amenace a países soberanos sin consecuencias;
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que el derecho internacional se trate como papel mojado;
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que el mundo calle por miedo.
Conclusión: la democracia se defiende todos los días, no solo votando
Decir que Trump “puede hacer lo que quiera porque le han votado” es renunciar a la esencia misma de la democracia. La historia está llena de líderes elegidos que acabaron gobernando como si el poder les perteneciera.
Y siempre hubo un momento en que el mundo se dio cuenta… demasiado tarde.
La pregunta no es si Trump ganó unas elecciones.
La pregunta es quién pone límites cuando el poder decide no tenerlos.
