Durante años fue una sombra poderosa. No daba discursos, no firmaba leyes, no salía en carteles electorales. Pero estaba allí donde se decide quién manda de verdad. Hugo Armando Carvajal Barrios, conocido como “El Pollo” Carvajal, fue jefe de la inteligencia militar venezolana en los momentos más delicados del chavismo. Hoy, su nombre vuelve a resonar con fuerza porque ese mismo hombre está sentado ante la justicia de Estados Unidos, tras haberse declarado culpable de delitos federales gravísimos, y porque todo apunta a que está colaborando.
No es una exageración: si alguien conoce los entresijos del poder venezolano, sus redes internas y sus zonas oscuras, es él.
Del corazón del chavismo al banquillo de Manhattan
Carvajal no fue un militar cualquiera. Como jefe de la Dirección de Contrainteligencia Militar (DGCIM), desempeñó un papel clave durante los gobiernos de Hugo Chávez y en los primeros compases del mandato de Nicolás Maduro. Su trabajo consistía, literalmente, en vigilar al poder desde dentro: detectar disidencias, controlar lealtades y anticipar amenazas.
Ese cargo convierte a su titular en algo más que un burócrata armado. Lo sitúa en la sala de máquinas del régimen, donde confluyen política, fuerzas armadas, servicios de inteligencia y relaciones internacionales. Por eso su nombre siempre estuvo rodeado de rumores, advertencias y silencios incómodos.
Con el tiempo, Carvajal rompió con el chavismo. Pasó de ser un hombre del sistema a convertirse en un enemigo peligroso: alguien que no solo se fue, sino que se llevó información.
La acusación de Estados Unidos: narcotráfico y narcoterrorismo
Estados Unidos llevaba años siguiéndole la pista. La justicia federal lo acusa de participar en una conspiración internacional de narcotráfico y narcoterrorismo, vinculada a lo que los fiscales describen como el Cartel de los Soles, una supuesta red formada por altos mandos venezolanos que habría facilitado durante años el envío de cocaína hacia Norteamérica, en colaboración con las antiguas FARC colombianas.
Según la acusación, Carvajal no fue un mero observador, sino una pieza clave: alguien que, desde su posición en inteligencia, habría protegido rutas, facilitado operaciones y garantizado impunidad.
El punto de no retorno llegó en junio de 2025. A pocos días de que comenzara el juicio en el Tribunal Federal del Distrito Sur de Nueva York, Carvajal se declaró culpable de varios cargos graves relacionados con narcotráfico, narcoterrorismo y armas. No fue una admisión menor: fue aceptar la narrativa central de la Fiscalía estadounidense.
España, la extradición y una huida que terminó
Antes de llegar a Nueva York, la historia de Carvajal tuvo un capítulo decisivo en España. Tras años de recursos judiciales y movimientos discretos, fue detenido en 2021 y finalmente extraditado a Estados Unidos en julio de 2023.
Ese proceso fue seguido con lupa por diplomáticos, servicios de inteligencia y analistas políticos. No se trataba solo de entregar a un acusado más, sino de enviar a EE. UU. a un hombre con acceso privilegiado a décadas de información sensible.
Desde entonces, su situación jurídica quedó en manos de los fiscales federales. Y ahí es donde entra el elemento que explica por qué ahora todo el mundo vuelve a hablar de él.
El valor de un colaborador que no es inocente
En el sistema judicial estadounidense, cuando un acusado de este nivel se declara culpable, se abre una posibilidad clara: la cooperación a cambio de una reducción de condena. No es automático, pero es habitual. Y en el caso de Carvajal, esa cooperación tiene un valor excepcional.
Un exjefe de contrainteligencia puede aportar:
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nombres y jerarquías,
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fechas y lugares de reuniones,
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funcionamiento interno de redes clandestinas,
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y, sobre todo, corroboración de pruebas que ya estén en manos de la Fiscalía.
Aquí conviene separar hechos de especulación. No se ha hecho público el contenido exacto de lo que Carvajal está contando. Tampoco existe, por ahora, un documento oficial que detalle a quién implica directamente. Pero su declaración de culpabilidad y el contexto del caso alimentan una certeza básica: si no estuviera aportando algo relevante, su posición negociadora sería mucho peor.
¿Puede señalar a Maduro?
En los últimos días, parte del ruido mediático sitúa a Carvajal como posible testigo clave en causas más amplias contra el núcleo del poder venezolano. No es descabellado. Estados Unidos ha acusado formalmente a Nicolás Maduro de narcoterrorismo, y cualquier pieza que refuerce ese relato tiene un valor estratégico enorme.
Eso no significa que todo lo que se diga sobre Carvajal sea automáticamente cierto. Algunas afirmaciones que circulan —sobre financiación política internacional o tramas específicas— no están respaldadas públicamente por documentos judiciales. Un reportaje serio debe tratar esas versiones como lo que son: alegaciones pendientes de prueba.
Lo que sí es indiscutible es que Carvajal está en posición de hablar con conocimiento directo, algo que pocos pueden decir.
Por qué su figura inquieta tanto
“El Pollo” Carvajal no es peligroso por lo que representa, sino por lo que sabe. Durante años, su trabajo fue identificar debilidades, dobles lealtades y mecanismos ocultos de poder. Ahora, ese conocimiento está al otro lado del tablero.
En los grandes procesos judiciales, los fiscales no buscan santos. Buscan testigos útiles, verificables y coherentes. Carvajal cumple esas condiciones mucho mejor que cualquier opositor exiliado o informante indirecto.
Un nombre que seguirá dando titulares
Su sentencia aún no está cerrada. Su grado real de cooperación tampoco. Pero una cosa es segura: el caso Carvajal no ha terminado. Cada avance judicial, cada filtración y cada movimiento diplomático devolverá su nombre a la actualidad.
Porque en política internacional hay figuras simbólicas… y luego están las que conocen los sótanos del poder. Hugo “El Pollo” Carvajal pertenece a esta segunda categoría. Y por eso, cuando habla —aunque sea en silencio, ante un fiscal—, muchos escuchan con inquietud.
