El presidente de Estados Unidos asegura que administrará personalmente los ingresos del crudo venezolano mientras Caracas niega cualquier tutela extranjera y habla de “agresión colonial”
La crisis venezolana ha entrado en una fase abiertamente extractiva. Ya no se disimula. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha afirmado públicamente que Venezuela entregará entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo a EE. UU., que serán vendidos a precio de mercado y cuyos ingresos “serán controlados por mí”, en palabras literales del mandatario. Un anuncio sin precedentes que coloca el petróleo en el centro de una operación política, militar y económica de alcance global.
Trump detalló que el crudo será transportado en buques de almacenamiento directamente a puertos estadounidenses y ordenó al secretario de Energía ejecutar el plan “de inmediato”. No habló de plazos concretos ni de acuerdos firmados con Caracas, pero sí dejó clara la arquitectura del poder: Washington decide, vende y administra. El mensaje es inequívoco.
El pulso con Caracas: Delcy Rodríguez niega la tutela de EE. UU.
Desde Venezuela, la respuesta no se hizo esperar. La recién juramentada “presidenta encargada”, Delcy Rodríguez, rechazó de plano la idea de que exista un “agente externo” gobernando el país y afirmó que “el Gobierno de Venezuela rige nuestro país junto al pueblo”. Rodríguez, que asumió el cargo tras la captura de Nicolás Maduro en una operación estadounidense, denunció una violación grave del derecho internacional y aseguró que su destino “no lo decide nadie más que Dios”, en clara alusión a las amenazas de Trump.
Como primer gesto político, anunció la creación de un Estado Mayor Agroalimentario, encabezado por el nuevo vicepresidente económico, Calixto Ortega, y decretó siete días de duelo nacional por los militares y civiles fallecidos durante la operación de EE. UU. en territorio venezolano. “Es un camino doloroso, pero este pueblo no se rinde”, proclamó.
Petróleo, poder y dinero: el verdadero objetivo
El anuncio de Trump despeja cualquier duda sobre las motivaciones reales de la intervención. No es democracia, no es estabilidad regional: es crudo. Venezuela posee las mayores reservas de petróleo del planeta, pero su industria está devastada tras años de sanciones, falta de inversión y colapso operativo. Controlar una remesa de hasta 50 millones de barriles —valorada en miles de millones de dólares— supone una palanca económica inmediata para EE. UU. y un golpe estratégico a rivales como China o Rusia, tradicionales compradores del crudo venezolano.
Trump fue más allá: advirtió de nuevos ataques si Caracas no “colabora” y exigió acceso total a los recursos naturales del país. En paralelo, su administración ha situado a pesos pesados del poder estadounidense al frente del proceso: el secretario de Estado Marco Rubio, el secretario de Defensa Pete Hegseth y el influyente asesor Stephen Miller coordinarán la transición, relegando a Rodríguez al papel de mera “cooperante”.
Reacciones internacionales y riesgo de escalada
La comunidad internacional observa con inquietud. Varios países europeos han recordado que los recursos naturales pertenecen al pueblo venezolano, mientras que aliados de Caracas han denunciado una confiscación encubierta. Expertos en geopolítica y energía advierten de que el precedente es explosivo: un país poderoso apropiándose de facto del petróleo de otro bajo cobertura política y militar.
En los mercados energéticos, el movimiento añade tensión en un contexto ya volátil, mientras organizaciones climáticas alertan de que reactivar masivamente el crudo pesado venezolano choca frontalmente con cualquier compromiso climático.
Un punto de no retorno
Venezuela vive uno de los momentos más críticos de su historia reciente. Con Maduro detenido, un Gobierno provisional cuestionado, muertos en las calles y ahora el petróleo convertido en botín geopolítico, el país se asoma a un escenario de tutela económica externa que recuerda a los episodios más duros del siglo XX.
Trump ha hablado claro. Quiere el petróleo y quiere controlarlo. La gran incógnita ya no es qué pretende Estados Unidos, sino hasta dónde está dispuesto a llegar… y cuánto está dispuesto a perder Venezuela en el camino.
