Ese idioma nuestro

En los versos “El mañana efímero”, Antonio Machado, mostrando la realidad  de España, la llamó: “vieja y tahúr, zaragatera y triste”.  El autor de “Campos de Castilla” la había conocido y padecido  en la hondonada de su espíritu afectivo, y solamente salvaba su poderoso  lenguaje. 

Ahora -  es bien sabido – el gobierno socialista ha rebajado la lengua de Cervantes, tan amada por el poeta andaluz,   al aprobar que dejará  de ser idioma vehicular de la enseñanza.   

Grave error cuando las decisiones están fuera del sentido común y se arrodillan sobre los bajos instintos políticos del momento.  

Abro mis afectos: Soy español, habló el lenguaje de mis antepasados, escribo (o intento)  unir palabras con los dejes y manías de Jorge Manrique, Castillejo, Baltasar de Alcázar, Góngora, Quevedo, Cervantes, Calderón y el mismo Andrés Bello. 

Y  ese idioma de eses, haches, esdrújulas y verbos,  donde el presente y el pasado se conjugan,  es mi lengua, la herramienta de que dispongo para expresar cada uno de los actos de nuestra existencia,  y sin ella estaría mocho, tuerto, lisiado y lelo.  

Ese enunciado soporta mi estructura vital, cada uno de los anhelos y quimeras de las que estoy cimentado. 

 Con ese “pegar la hebra”,  pronuncié por vez primera el nombre de mi madre, mientras será ineludiblemente un padrenuestro dicho en español el aval que me escoltará por el valle de las sombras  llegado el postrer momento. 

 A  razón de encajarme pasión, he podido comunicarme con los seres más estimados; canté melodías, grité de alegría y escribí las primeras balbuceantes palabras hasta introducirme infinidad de noches en las páginas de El Quijote. Las leo a salto de mata y agradecido, para que esa compañía dure el tiempo necesario de una vida.   

Cuando era niño, las arrebatadas y fantasiosas aventuras del Caballero de la Triste Figura y su fiel escudero Sancho me aburrían soberanamente, pues aquel añejo castellano cercano era enredoso en demasía, retorcido, porfiado y muy cetrino, al ser las haches cristianizadas en efes, las jotas revestidas de equis, y todo por cuenta y barruntos de la lengua cervantina.  

Ahora, en la empinada cuesta del ser y el existir, vuelvo los ojos, como Quevedo, a los predios de nuestras soledades, y regreso a las páginas escritas en español  con la ansiedad del marino sin puerto, al encuentro de la madriguera cuando ya las nieves de la existencia cubren la estepa del alma de cansancio, silencio y brisa cortante.  

¿Era  el idioma de Don Quijote hendido? Al contrario,  fue el faro que nos ayudó a entender en docenas de libros, el sentido de nuestra nacencia y la realidad del mundo que nos rodeaba. 

Gracias a esta lengua,  he podido expresarle a una mujer, hoy solapada de bruma, el cariño coreado desde los albores del alba humana: “Te amo”. 

 

rnaranco@hotmail.com



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