Hablar de #China

China no es un país en el clásico sentido del concepto, sino un mundo en miniatura. Desde el monte Taishan, Confucio y el primer emperador de estas tierras sin fin,  subieron a su cima para contemplar la esencia del universo, sentir la divinidad de todos los organismos del espíritu  y fundar el taoísmo, tronco  de donde han brotado  el confucionismo y el budismo.

 Nada en el Gran Imperio es perecedero, las cosas se hacen para la eternidad y posiblemente por esa razón el tiempo no existe y la muerte es un cruce de caminos filosóficos para ir al encuentro  del Tao (la Vía)  donde uno llega al puro esoterismo y navega río  Amarillo abajo como sombra revivida.

 

 Uno comprende mejor esto viendo las Grutas de Mogao, uno de los museos más sorprendentes del antiguo budismo medieval, con dos mil estatuas,  los palacios imperiales de la dinastía Ming y Qing en cuyos aposentos hay  diez mil habitaciones, la Gran Muralla que desde el mar de Nphai hasta las puertas de Xinjiang, se extiende como una culebra a lo todo lo largo de 5.000 kilómetros y, cual  el “Libro de las Odas” o “de los Versos”, termina siendo una moral hecha piedra, envuelta en el aroma de los cerezos salvajes.

 

Hace cinco años o más   penetró en la historia de las inconmensurables obras realizadas por el hombre, la represa de las Tres Gargantas, un monstruoso muro de 185 metros de altura, conocido como la segunda Gran Muralla tras frenas  las aguas del río Yangtsé para formar un lago artificial o mar interior a lo largo de 632 kilómetros.

 

Todo lo que quedó en esa área fue inundado: 13 grandes  ciudades, 140 pueblos, 1.352 pequeñas villas y buena parte del pasado histórico de China, majestuosos conjuntos monumentales, tablillas con los textos más antiguos, inmensas tumbas repletas de esculturas y tesoros. Igualmente los sueños y formas de vida  de millones de personas.

 

Ya nadie recogerá, como dice la melodía del viejo imperio, el dólico en los matorrales entre los azufaifos, ni la correhuela en los llanos  anunciando las tumbas a ras de tierra.

 

 La técnica hace tiempo  alcanzó al hombre. Ahora deberán hacer el camino juntos siempre inseparables, hasta el infinito.

 

Y es que el  haber controlado las aguas del río Yangtsé, ha sido siempre el sueño de las dinastías reinantes. Lo consiguió el régimen comunista con la intención de terminar con las inundaciones y generar una energía adicional cada vez más necesaria  en el país.

 

El planeta es otro y nosotros, cada vez más, también.



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