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¿Y si Asturias controlara sus propios trenes? La crisis ferroviaria reabre una batalla política que puede cambiar el futuro de las Cercanías

¿Y si Asturias controlara sus propios trenes? La crisis ferroviaria reabre una batalla política que puede cambiar el futuro de las CercaníasSociedad
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La tragedia ferroviaria de Toledo y la creciente presión sobre el ministro Óscar Puente han devuelto al primer plano una vieja reivindicación: que el Principado asuma competencias sobre sus ferrocarriles. SOMOS Asturies exige el traspaso y reclama 1.000 millones de euros de inversión. Pero la verdadera pregunta va mucho más allá de quién gestiona los trenes: ¿mejorarían realmente los servicios, la seguridad y las comunicaciones de los asturianos?

Lunes, 2 de noviembre de 2026 | Asturias Mundial

¿Serían más puntuales los trenes asturianos si los gestionara el Principado en lugar de Renfe? ¿Podría Asturias decidir sus propios horarios, recuperar frecuencias, mejorar las conexiones entre ciudades y evitar que las necesidades de sus viajeros dependieran de las prioridades de Madrid?

Son preguntas que hasta hace poco parecían reservadas a los debates sobre el modelo territorial. Sin embargo, la crisis ferroviaria española ha vuelto a colocarlas en el centro de la actualidad.

El grave accidente ferroviario ocurrido el pasado 28 de octubre en Urda, Toledo, ha abierto un periodo de cuestionamiento sobre la seguridad del ferrocarril, las responsabilidades políticas y el funcionamiento del sistema ferroviario español.

Y en Asturias ha reavivado una reivindicación de gran alcance: transferir al Principado las competencias ferroviarias para que la comunidad tenga capacidad de decisión sobre unos servicios fundamentales para su movilidad y su economía.

La formación SOMOS Asturies ha exigido la dimisión del ministro de Transportes, Óscar Puente, y ha reclamado un plan de inversión de 1.000 millones de euros para modernizar y garantizar la seguridad de la red ferroviaria asturiana.

La petición, planteada el sábado 31 de octubre, introduce una cuestión que merece ser analizada más allá de las siglas políticas: ¿estaría Asturias preparada para gestionar sus propios trenes y qué tendría que negociar para hacerlo?

De momento, no consta una decisión del Gobierno central ni del Principado para iniciar ese traspaso. Lo que existe es una reivindicación política que podría alimentar un debate de mayor recorrido.

LA CRISIS DEL FERROCARRIL ESPAÑOL LLEGA A ASTURIAS EN FORMA DE EXIGENCIA POLÍTICA

El accidente de Toledo ha intensificado las críticas hacia el Ministerio de Transportes, aunque sus causas y responsabilidades deben determinarse mediante las investigaciones correspondientes.

Óscar Puente defendió el pasado viernes 30 de octubre su continuidad al frente del departamento y sostuvo que su responsabilidad es ofrecer explicaciones, investigar lo ocurrido e impulsar las medidas necesarias.

El ministro cuenta, por ahora, con el respaldo del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

SOMOS Asturies, en cambio, considera que es necesaria una respuesta política de mayor alcance.

La formación, que cuenta con representación en la Junta General del Principado a través de Covadonga Tomé, sostiene que los problemas del sistema ferroviario no pueden analizarse únicamente como episodios aislados.

A su juicio, existen deficiencias estructurales relacionadas con el mantenimiento, las inversiones y el modelo de gestión ferroviaria.

Estas afirmaciones constituyen el diagnóstico político de SOMOS Asturies, no conclusiones acreditadas sobre las causas del accidente de Toledo.

Su propuesta consiste en reclamar responsabilidades políticas, incrementar las inversiones y abrir el debate sobre quién debe gestionar el ferrocarril asturiano.

Y ahí aparece la cuestión de fondo: que una administración esté más cerca de los usuarios no garantiza por sí sola un servicio mejor, pero puede darle herramientas para adaptar las decisiones a las necesidades reales del territorio.

QUÉ CAMBIARÍA SI ASTURIAS ASUMIERA EL CONTROL DE SUS CERCANÍAS

La primera cuestión es distinguir entre gestionar los servicios ferroviarios y ser propietario de las vías, las estaciones y las instalaciones de seguridad.

No son lo mismo. Y esa diferencia resulta decisiva.

Una transferencia de los servicios de Cercanías podría permitir al Principado asumir, en los términos negociados con el Estado, competencias como la planificación de horarios, la definición de frecuencias, la política tarifaria, la inspección del servicio y la coordinación con otros medios de transporte.

Por ejemplo, Asturias podría tener mayor capacidad para adaptar las frecuencias ferroviarias a las necesidades de los trabajadores que se desplazan diariamente entre Gijón, Oviedo y Avilés, o para revisar las conexiones con las cuencas mineras y determinadas zonas rurales.

También podría reforzar la integración entre ferrocarril y autobuses, aprovechando la estructura del Consorcio de Transportes de Asturias.

Pero una transferencia no construiría por sí sola una vía nueva, no modernizaría automáticamente la señalización ni resolvería las averías de infraestructuras que continuaran bajo responsabilidad estatal.

El alcance real dependería del acuerdo: qué servicios se transfieren, quién paga, qué administración conserva las vías y quién responde cuando se producen incidencias.

EL EJEMPLO DEL PAÍS VASCO: UNA TRANSFERENCIA QUE YA TIENE PRECEDENTES

El debate asturiano no parte de cero.

En abril de 2024, el Gobierno de España aprobó el traspaso al País Vasco de funciones relativas a determinados servicios ferroviarios de Cercanías.

El acuerdo incluyó competencias de regulación, planificación, gestión, coordinación, inspección y política tarifaria.

Sin embargo, el Estado conservó las competencias sobre las infraestructuras de la Red Ferroviaria de Interés General, así como las correspondientes a la seguridad ferroviaria y la investigación de accidentes.

El modelo demuestra que es jurídicamente posible negociar una transferencia de servicios ferroviarios sin traspasar toda la infraestructura.

Eso sí, el marco estatutario y legal de cada comunidad es diferente, por lo que una operación semejante en Asturias tendría que analizarse y negociarse específicamente.

CATALUÑA: MÁS CONTROL SOBRE RENFE, PERO SIN UNA SOLUCIÓN AUTOMÁTICA A LOS PROBLEMAS

Cataluña ofrece otro ejemplo especialmente actual.

En enero de 2026 se constituyó la sociedad Rodalies de Catalunya, participada por Renfe y la Generalitat, como instrumento para asumir progresivamente la gestión ferroviaria.

Y el pasado 27 de octubre, apenas unos días antes de este reportaje, se conoció un nuevo acuerdo que permitirá a la Generalitat ejercer un control contractual más directo sobre los servicios y aplicar penalizaciones económicas por determinados incumplimientos.

El contrato contempla penalizaciones de hasta cinco millones de euros anuales, además de una financiación estatal de 1.407,6 millones de euros entre 2026 y 2028.

La experiencia catalana introduce una enseñanza relevante: una administración autonómica puede adquirir instrumentos de control y exigencia sobre el operador ferroviario, pero la transferencia de competencias no elimina automáticamente los problemas de infraestructura, mantenimiento o puntualidad.

También demuestra la importancia de negociar financiación suficiente y mecanismos claros para exigir el cumplimiento del servicio.

EL VERDADERO PROBLEMA ASTURIANO: UN TREN QUE DEBE SER ÚTIL PARA LA VIDA DIARIA

En Asturias, la discusión tiene una dimensión muy concreta.

No se trata únicamente de quién aparece como responsable en los documentos administrativos. Se trata de conseguir que el ferrocarril sea una alternativa real al automóvil.

¿De qué sirve disponer de una red ferroviaria si sus horarios no permiten llegar cómodamente al trabajo, a una cita médica, a la universidad o a una actividad cotidiana?

El área central asturiana constituye un espacio donde las conexiones ferroviarias podrían desempeñar un papel fundamental para reducir la dependencia del coche.

Gijón, Oviedo y Avilés concentran actividad económica, educativa, sanitaria y administrativa. A su alrededor se encuentran numerosos municipios cuyos habitantes necesitan desplazarse regularmente.

A ello se añaden las conexiones con las cuencas mineras y la red histórica de ancho métrico, heredera de Feve, especialmente importante para determinadas zonas con alternativas de movilidad más limitadas.

El ferrocarril podría contribuir a articular mejor ese territorio.

Pero para conseguirlo necesita frecuencias adecuadas, puntualidad, fiabilidad, accesibilidad, información al viajero y conexiones coordinadas con otros transportes.

La pregunta es si una administración autonómica, por estar más próxima a esas necesidades, tendría mayor capacidad para diseñar un servicio ajustado a la demanda.

Y otra pregunta igualmente necesaria: ¿dispondría de los recursos económicos, técnicos y humanos para gestionarlo mejor?

LOS 1.000 MILLONES QUE RECLAMA SOMOS ASTURIES: ¿PARA QUÉ SERVIRÍAN?

La reivindicación de SOMOS Asturies incorpora una cifra de considerable magnitud: 1.000 millones de euros de inversión ferroviaria.

Pero la propuesta necesita concreción.

No basta con reclamar una cantidad. Para valorar su alcance habría que conocer qué parte se destinaría a renovar vías, mejorar sistemas de señalización, eliminar limitaciones de velocidad, modernizar estaciones o incorporar material rodante.

También sería necesario determinar el calendario de ejecución y comprobar cómo encajaría esa inversión en los proyectos ya previstos o comprometidos por el Estado.

Una parte de los problemas ferroviarios requiere obras de infraestructura, mientras que otros se relacionan con la organización del servicio, el mantenimiento, los recursos humanos o la disponibilidad de trenes.

No todos se solucionan con la misma medida ni dependen de la misma administración.

Por eso, cualquier propuesta de transferencia debería ir acompañada de un inventario técnico de la red, una evaluación de sus necesidades y un compromiso económico verificable.

EL GRAN RIESGO: TRANSFERIR LOS PROBLEMAS SIN TRANSFERIR EL DINERO

Este es probablemente uno de los aspectos más delicados del debate.

Si el Principado asumiera nuevas responsabilidades ferroviarias sin recibir una financiación adecuada, podría encontrarse gestionando un sistema que exige inversiones y gastos de funcionamiento superiores a los recursos disponibles.

Un ferrocarril necesita mantener trenes, contratar personal, organizar servicios, garantizar la accesibilidad y afrontar costes operativos continuos.

Además, si las infraestructuras siguieran dependiendo de Adif, la administración autonómica tendría que coordinarse permanentemente con el Estado para resolver problemas que no estarían bajo su control directo.

Asturias podría terminar respondiendo políticamente ante los viajeros por incidencias que no tuviera capacidad material para solucionar.

Por eso, cualquier negociación debería establecer claramente quién financia cada elemento, quién toma las decisiones y quién responde ante los incumplimientos.

¿Y LA SEGURIDAD? LO QUE UNA TRANSFERENCIA NO CAMBIARÍA

La crisis ferroviaria que ha desencadenado este debate está vinculada a graves accidentes y a las preocupaciones sobre la seguridad del transporte.

Sin embargo, sería incorrecto presentar la transferencia de Cercanías como una garantía automática contra futuros accidentes.

La seguridad ferroviaria depende de múltiples factores: el estado de las infraestructuras, el funcionamiento de los sistemas de protección, el mantenimiento, la formación del personal, los procedimientos operativos y la supervisión técnica.

En un modelo de transferencia de servicios semejante al del País Vasco, el Estado mantendría importantes competencias relacionadas con la seguridad de la red ferroviaria estatal.

Por tanto, cambiar la administración responsable de organizar los trenes no equivale a cambiar todos los organismos encargados de garantizar su seguridad.

La mejora de esta última requiere controles técnicos, inversiones, procedimientos eficaces y una adecuada coordinación entre operadores, administradores de infraestructuras y autoridades competentes.

EL PRINCIPADO ANTE UNA DECISIÓN DE GRAN ALCANCE

La reclamación de SOMOS Asturies plantea ahora un interrogante al Gobierno autonómico presidido por Adrián Barbón.

¿Considera conveniente que Asturias asuma mayores competencias ferroviarias? ¿Estaría dispuesto a negociar un modelo de gestión semejante al vasco? ¿O entiende que la prioridad debe ser exigir al Estado que mejore los servicios que actualmente tiene bajo su responsabilidad?

Por el momento, no se ha podido confirmar una respuesta específica del Principado o del Ministerio de Transportes, fechada este lunes 2 de noviembre, a la propuesta de transferencia formulada el sábado.

Tampoco consta el inicio de una negociación formal para acometer ese traspaso.

La iniciativa permanece, por tanto, en el terreno de la reivindicación política.

Pero las experiencias de otras comunidades autónomas muestran que el debate es posible y que existen diferentes fórmulas para repartir responsabilidades entre administraciones.

CINCO PREGUNTAS QUE ASTURIAS DEBERÍA RESPONDER ANTES DE DECIDIR

La propuesta abre cuestiones concretas que exigirían respuestas públicas y documentadas.

Primera: ¿qué servicios se transferirían? No es lo mismo asumir únicamente determinadas líneas de Cercanías que gestionar servicios regionales o infraestructuras ferroviarias completas.

Segunda: ¿con qué financiación? El traspaso debería identificar tanto los costes ordinarios como las necesidades de inversión y los mecanismos para cubrirlos.

Tercera: ¿quién mantendría las vías y las instalaciones? La responsabilidad de las infraestructuras determina quién puede ejecutar muchas de las mejoras que necesitan los servicios.

Cuarta: ¿qué ocurriría con los trabajadores y los trenes? Habría que definir el modelo de explotación, las relaciones laborales y los recursos materiales disponibles.

Quinta: ¿qué mejoras concretas recibirían los usuarios? La transferencia tendría que evaluarse mediante compromisos medibles de puntualidad, frecuencias, accesibilidad, calidad y atención al viajero.

Sin respuestas a estas cuestiones, el debate correría el riesgo de convertirse en una confrontación política sin consecuencias prácticas para los pasajeros.

EL FUTURO DEL TREN ASTURIANO NO DEBERÍA REDUCIRSE A UNA DISCUSIÓN ENTRE MADRID Y OVIEDO

El accidente de Toledo y las exigencias políticas posteriores han puesto de nuevo sobre la mesa el funcionamiento del sistema ferroviario español.

En Asturias, esa discusión presenta características propias.

La comunidad necesita buenas conexiones con el resto de España, pero también una red interior capaz de responder a las necesidades de sus ciudades, comarcas y zonas rurales.

La alta velocidad puede acercar Asturias a Madrid, pero son los trenes de proximidad los que pueden facilitar cada día la vida de miles de ciudadanos.

La cuestión, por tanto, no consiste únicamente en decidir quién debe gestionar el ferrocarril.

Consiste en determinar qué modelo ofrece mejores garantías de financiación, seguridad, eficiencia y calidad de servicio.

La transferencia podría proporcionar al Principado nuevas herramientas de planificación y control. Pero también implicaría asumir responsabilidades y riesgos que hoy corresponden a otras administraciones.

Mantener el modelo actual evitaría ese traspaso de obligaciones, aunque exigiría reforzar los mecanismos de coordinación y la capacidad de Asturias para reclamar mejoras.

La pregunta decisiva no es si los trenes deben gestionarse desde Madrid o desde Oviedo. Es qué administración puede garantizar que funcionen mejor, con qué recursos y bajo qué compromisos verificables.

Porque, para el viajero que espera en un andén, la diferencia entre un ferrocarril bien gestionado y otro que no responde a sus necesidades no está en el reparto de competencias.

Está en algo mucho más sencillo: que el tren llegue, salga a su hora, sea seguro y le permita llegar a su destino.

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