Un matrimonio viajaba a Sevilla con unos billetes que les habían regalado sus hijas. Una madre esperaba llegar a tiempo para la boda de la suya. Una joven argentina quería conocer a su sobrino recién nacido. Un perro sobrevivió mientras su familia buscaba desesperadamente a su dueño. Dos maquinistas murieron en la cabina y un joven se salvó porque se quedó dormido. Detrás de los 69 fallecidos, los heridos y las personas todavía desaparecidas hay historias de amor, casualidades, ilusiones y despedidas que nadie imaginó que serían las últimas.
Asturias Mundial | Viernes, 30 de octubre de 2026
A las ocho de la mañana del miércoles 28 de octubre, España era todavía un país en el que una madre preparaba la boda de su hija, unos padres estrenaban un regalo familiar, una ingeniera viajaba a una reunión de trabajo y dos hombres ocupaban la cabina de un tren con la intención de cumplir su jornada.
Un muchacho dormía profundamente en Madrid después de celebrar su cumpleaños. Un perro pequeño acompañaba a su dueño rumbo a Sevilla. Una compositora viajaba pensando en la música y en sus próximos compromisos profesionales.
Ninguno sabía que aquella mañana estaba a punto de dividir sus vidas entre un antes y un después.
A las 8.53 horas, en las inmediaciones de Urda, Toledo, un AVE de Renfe alcanzó por detrás a un tren de Iryo que permanecía detenido en la vía.
En cuestión de segundos, dos trenes de alta velocidad se convirtieron en el escenario de una de las mayores tragedias ferroviarias de la historia reciente de España.
El balance oficial de este viernes es devastador: 69 fallecidos, decenas de heridos hospitalizados y familias que continúan esperando la identificación de sus seres queridos.
Los investigadores buscan respuestas entre las grabaciones, los sistemas de seguridad y los restos de los convoyes.
Pero hay otra investigación, infinitamente más íntima, que ya está contando lo ocurrido.
Es la historia de quienes subieron a aquellos trenes.
De quienes consiguieron salir.
Y de quienes siguen esperando una llamada.
EL ÚLTIMO VIAJE DE ANTONIO Y TOÑI: EL REGALO DE SUS HIJAS QUE TERMINÓ EN UNA DESPEDIDA
Antonio Chao y Toñi Barba tenían 59 años.
Sus hijas habían querido regalarles unos días de descanso en Sevilla. Un viaje juntos, una escapada para disfrutar de la ciudad y de la compañía que ambos llevaban toda una vida compartiendo.
La mañana del miércoles, una de sus hijas los llevó en coche hasta la estación madrileña de Atocha.
Allí se despidieron.
Nada hacía pensar que aquella despedida cotidiana acabaría convirtiéndose en uno de los recuerdos más dolorosos de su familia.
El matrimonio ocupó los asientos 9A y 9B del coche 7 del AVE.
Iban juntos, uno al lado del otro.
Cuando se produjo el accidente, el vagón sufrió un impacto brutal. Antonio perdió momentáneamente el conocimiento y, cuando consiguió abrir los ojos, descubrió a su mujer junto a él, atrapada también entre los restos.
Le preguntó dónde le dolía. Toñi le explicó que tenía dolor en el pecho y en la espalda.
Antonio intentó protegerla con su propio cuerpo.
Quiso rodearla con los brazos, apartarla del peligro, cubrirla para que nada pudiera caerle encima. Pero no podía moverse.
Las lesiones sufridas en el accidente le impedían controlar brazos y piernas.
Cuando llegaron los rescatadores, les pidió que atendieran primero a su esposa.
Ambos salieron con vida del tren.
Los trasladaron en ambulancias diferentes.
Antonio ingresó en la UCI del Hospital Universitario de Toledo, donde fue operado de una lesión medular.
Toñi llegó a hablar por teléfono con su hija Sheila desde una ambulancia. Estaba gravemente herida, pero consciente.
Después, su familia perdió el contacto.
Comenzó una búsqueda angustiosa por hospitales, centros de atención y teléfonos de emergencia.
Durante más de 24 horas, sus familiares intentaron localizarla.
Finalmente, el jueves recibieron la confirmación de su fallecimiento.
Antonio había sobrevivido al accidente. Toñi, la mujer a la que intentó proteger hasta el último instante, no.
Sheila recordó después el amor extraordinario que había unido siempre a sus padres y cómo aquella relación le había enseñado lo que significaba querer a alguien.
El viaje que debía convertirse en un recuerdo feliz había terminado separando para siempre a un matrimonio.
ANA NO QUERÍA PERDERSE LA BODA DE SU HIJA. AHORA SU FAMILIA SUSPENDE LA CELEBRACIÓN Y LA BUSCA
En otro de los vagones viajaba Ana Avilés Uruñuela, una mujer de unos 70 años.
Su destino era Sevilla.
Tenía una razón extraordinaria para viajar: su hija Ana se casaba mañana, sábado 31 de octubre.
Durante meses, la familia había preparado una celebración que debía reunir a sus seres queridos.
Pero el miércoles todo cambió.
Ana viajaba sola en el coche 7 del AVE.
Después del accidente, su hija comenzó a intentar localizarla.
Preguntó a los servicios de emergencia, recurrió a los medios de comunicación y pidió ayuda públicamente.
Familiares y amigos se desplazaron hasta Toledo mientras las horas transcurrían sin respuestas definitivas.
La boda quedó suspendida.
Donde debía haber preparativos, emoción y felicitaciones, aparecieron la incertidumbre y el miedo.
A fecha de esta publicación, las últimas informaciones contrastadas seguían considerando a Ana una persona desaparecida, sin confirmación pública de su fallecimiento.
Por eso su historia todavía no tiene un desenlace que podamos contar.
Mañana debía ser el día de una boda. Hoy, su familia solo desea saber dónde está la madre de la novia.
TRECE, EL PERRO QUE REGRESÓ SIN SU DUEÑO
Hay imágenes de una tragedia que permanecen grabadas en la memoria.
Una de ellas muestra a un pequeño perro blanco que es entregado a una mujer por agentes de la Guardia Civil.
Se llama Trece.
Es un bichón maltés y viajaba en el AVE junto a su dueño, José Ángel San Emeterio Freire, Pepe, de 54 años.
Pepe es sevillano, aficionado al Betis y muy vinculado a la vida de su ciudad.
Trabajaba como comercial y se desplazaba entre Madrid y Sevilla.
La mañana del accidente, su hermano Manuel recibió una alerta automática de un reloj inteligente.
El dispositivo avisaba de una posible caída y señalaba una ubicación desconocida.
Manuel consultó el mapa.
Al ampliarlo, descubrió que la señal aparecía sobre unas vías ferroviarias.
Poco después supo que dos trenes habían chocado en Toledo.
La familia comenzó inmediatamente a buscar a Pepe.
Los agentes del Seprona encontraron al perro con vida y consiguieron reunirlo con su esposa.
Trece había sobrevivido. Pero su dueño seguía sin aparecer.
Las imágenes del reencuentro recorrieron las redes sociales y los informativos.
Sus hermanos y su mujer continuaron buscando información, preguntando por los hospitales y esperando noticias.
Este viernes, las últimas informaciones verificadas seguían sin confirmar el paradero de José Ángel.
La familia tiene de nuevo a Trece.
Pero sigue esperando a Pepe.
MARTINA: CRUZÓ EL ATLÁNTICO PARA CONOCER A UN BEBÉ Y NO VOLVERÁ A CASA
Ana Martina Conte Grand tenía 32 años.
Era argentina, natural de San Juan, y se había formado en Podología.
Su familia tenía un motivo especialmente feliz para reunirse en España: había nacido un bebé y algunos de sus parientes habían viajado para conocerlo.
El pequeño apenas tenía cuatro meses.
El nacimiento había supuesto una oportunidad para reencontrarse, compartir tiempo y celebrar la llegada de un nuevo miembro a la familia.
Pero aquel miércoles Martina viajaba en uno de los trenes que colisionaron en Toledo, acompañada por uno de sus hermanos.
Los dos se encontraban en el coche 7.
Martina murió en el accidente. Su hermano sobrevivió y tuvo que recibir atención hospitalaria por diversas lesiones.
La noticia conmocionó a sus familiares en España y a quienes la conocían en Argentina.
La familia, que se había reunido alrededor de una nueva vida, tuvo que afrontar inesperadamente una muerte.
Hay una crueldad difícil de describir en esa coincidencia.
Un niño acababa de llegar al mundo.
Y una de las personas que había viajado para conocerlo ya no podría acompañarlo mientras creciera.
EL JOVEN QUE SE QUEDÓ DORMIDO Y SALVÓ LA VIDA
Rodrigo Hernández tiene 26 años, es fisioterapeuta y procede de una familia mexicana residente en Estados Unidos.
Había viajado a España para disfrutar de unas vacaciones con familiares y amigos.
El martes 27 de octubre celebró su cumpleaños.
La reunión se prolongó hasta tarde.
A la mañana siguiente, Rodrigo y un amigo no consiguieron despertarse a tiempo para tomar el AVE que tenían reservado.
Perdieron el tren.
Fue una casualidad que probablemente les salvó la vida.
Su primo Fernando Calvillo, de 45 años, y Lawrence, la pareja de Fernando, sí habían conseguido subir al convoy.
Viajaban en uno de los coches más afectados por la colisión.
Cuando Rodrigo despertó, ya circulaban las primeras noticias del accidente.
Comenzó a llamar a sus familiares.
No obtuvo respuesta.
Un reloj inteligente permitió situar a Fernando en el lugar del siniestro.
Lawrence apareció con vida, aunque con lesiones importantes que requirieron atención hospitalaria.
Fernando, sin embargo, continuaba desaparecido en las últimas informaciones verificadas.
Rodrigo se desplazó hasta Toledo y aportó muestras de ADN para ayudar en las tareas de identificación.
Lo que para cualquier otro viajero habría sido simplemente perder un tren se convirtió para él en una experiencia imposible de olvidar.
Se había salvado por quedarse dormido. Pero no podía celebrar su suerte mientras ignoraba qué había sido de su primo.
ANTONIO Y DANIEL: DOS MAQUINISTAS, DOS VOCACIONES Y UN FUTURO QUE TERMINÓ EN LA CABINA
Antonio Acedo Meneses tenía 36 años.
Daniel Cabañas Cob, 31.
Los dos murieron en la cabina del AVE que impactó contra el tren detenido.
Antonio era el maquinista titular.
Había crecido en una familia profundamente vinculada al ferrocarril. Su padre también había sido conductor de trenes y conocía perfectamente la profesión.
Antonio había convertido esa relación familiar con el mundo ferroviario en su propio trabajo.
Además, sentía una gran pasión por la fotografía.
Le gustaba retratar estaciones, trenes y espacios asociados al transporte ferroviario.
Daniel todavía estaba completando su habilitación práctica para aquella línea, aunque llevaba años trabajando en el sector.
Había estudiado materias relacionadas con la robótica, la electricidad y la electrónica.
Se había preparado durante mucho tiempo para desarrollar su carrera.
Aquella mañana compartían cabina, responsabilidades y una misma ruta.
Uno conducía. El otro seguía formándose. Los dos murieron haciendo el trabajo al que habían dedicado buena parte de sus vidas.
Sus historias recuerdan que entre las víctimas de la tragedia también se encuentran los profesionales ferroviarios.
Trabajadores que, como cualquier mañana, habían acudido a cumplir con su obligación.
ADRIANA, 27 AÑOS: UNA INGENIERA QUE VIAJABA A UNA REUNIÓN Y UNA HERMANA QUE SE NEGABA A DEJAR DE BUSCARLA
Adriana Marroquín Rodríguez tenía 27 años.
Era natural de Alicante, vivía en Madrid y trabajaba en el sector energético, en el grupo Engie.
Había estudiado Ingeniería y completado su formación con un máster en la Universidad Politécnica de Madrid.
Era una joven profesional que comenzaba a consolidar su trayectoria.
El miércoles viajaba a Sevilla por motivos laborales.
Ocupaba una plaza en el coche 8 del AVE.
Tras conocerse el accidente, su hermana Alejandra comenzó a difundir su imagen y a pedir ayuda para encontrarla.
Durante horas, la familia no supo si Adriana estaba herida, había sido trasladada a algún hospital o permanecía entre las personas sin localizar.
La esperanza se mantuvo hasta la tarde del jueves.
Entonces llegó la noticia que nadie deseaba recibir.
El alcalde de Alicante confirmó públicamente que Adriana había sido encontrada sin vida.
Su ciudad, sus compañeros y las personas que la conocían expresaron su dolor.
Tenía 27 años.
Una carrera por desarrollar.
Planes que cumplir.
Y una familia que todavía no puede comprender por qué un desplazamiento de trabajo terminó convirtiéndose en su última despedida.
JULIETA ACABABA DE CUMPLIR 24 AÑOS: LA ATLETA QUE YA NO VOLVERÁ A SALTAR
Julieta Gallego tenía 24 años.
Los había cumplido el 9 de octubre, apenas diecinueve días antes del accidente.
Era atleta, especialista en salto de longitud, y pertenecía al club madrileño AD Sprint.
También estaba vinculada al atletismo alemán, país en el que residía.
Su vida giraba en buena medida alrededor del deporte, los entrenamientos, la competición y el esfuerzo que exige mejorar cada marca.
Tras la tragedia, la Real Federación Española de Atletismo confirmó su fallecimiento y trasladó las condolencias a familiares, amigos y compañeros.
El club en el que entrenaba expresó su conmoción.
Julieta había dedicado años a aprender a llegar cada vez más lejos con un salto. Su vida quedó detenida a los 24.
Es una de esas historias que permiten comprender por qué resulta tan insuficiente hablar únicamente de estadísticas.
Detrás del número había una deportista.
Una compañera.
Una hija.
Una joven que todavía tenía toda una vida por delante.
EL PADRE DEL ACTOR CÉSAR VICENTE: UNA DESPEDIDA QUE HA CONMOVIDO A ESPAÑA
El actor sevillano César Vicente, conocido por sus trabajos en películas como Dolor y gloria y Los Tigres, pasó más de un día intentando averiguar qué había ocurrido con su padre.
César Vicente Sanz viajaba en el AVE siniestrado.
Su familia había difundido fotografías y solicitado ayuda para localizarlo.
Finalmente, el jueves se confirmó su fallecimiento.
El actor decidió despedirse públicamente de él mediante un mensaje en sus redes sociales, acompañado de una imagen de ambos cuando César era pequeño.
No eligió hablar de su carrera ni de sus éxitos.
Habló de su padre.
De quien le había acompañado en los momentos difíciles, le había comprendido y le había dado libertad para decidir su camino.
Recordó también las tardes compartidas escuchando a Bambino y conversando sobre la vida.
Detrás del actor conocido había, sencillamente, un hijo que acababa de perder a su padre.
Y su despedida recordó que el dolor no distingue entre personas famosas y anónimas.
LA CONEXIÓN CON ASTURIAS: UNA EXMINISTRA QUE HABÍA ESTADO EN GIJÓN Y LA CREADORA DE «LA REGENTA»
Asturias también aparece en las historias personales de esta tragedia.
El martes 27 de octubre, apenas un día antes del accidente, Fátima Báñez participó en Gijón en una jornada empresarial organizada por Femetal.
La exministra de Empleo habló sobre industria, formación y futuro profesional.
Al día siguiente murió en el accidente ferroviario.
La CEOE confirmó su fallecimiento el jueves 29.
Tenía 59 años.
Su intervención en Gijón se convirtió así en una de las últimas actividades públicas conocidas de su vida.
Pero existe otra historia con una conexión asturiana especialmente singular.
Marisa Manchado, compositora madrileña de 70 años, recibió el Premio Nacional de Música 2024 por su ópera La Regenta, inspirada en la novela de Leopoldo Alas, Clarín.
La historia de Vetusta, la ciudad literaria que representa a Oviedo, encontró en su música una nueva vida artística.
Manchado viajaba en uno de los trenes accidentados y seguía desaparecida, según las últimas informaciones contrastadas.
Su entorno profesional y sus compañeros del mundo de la música han expresado su preocupación, mientras la familia intenta esclarecer su paradero.
Dos mujeres muy diferentes, unidas por su relación reciente con Asturias y por una tragedia que ha atravesado todos los ámbitos de la sociedad española.
EDUARDA, 17 AÑOS: LA JOVEN QUE SOBREVIVIÓ Y SE QUEDÓ AYUDANDO
No todas las historias que surgieron de aquellos trenes terminaron con una muerte.
Algunas hablan de supervivencia.
Y de solidaridad.
Eduarda tiene 17 años.
Viajaba en el Iryo hacia Sevilla para visitar a su hermana. Llevaba consigo a sus dos gatos.
Cuando se produjo el impacto, salió despedida hacia delante y se rompieron elementos del asiento que ocupaba.
Consiguió abandonar el vagón.
Entonces comprendió la magnitud de lo que había ocurrido.
Había personas heridas, pasajeros atrapados y viajeros que pedían auxilio.
Aunque estaba conmocionada por el accidente, comenzó a colaborar con otros supervivientes.
Ayudó a bajar a personas del tren, a trasladar materiales y a asistir a algunos heridos.
Recuerda especialmente a un joven al que intentó mantener consciente mientras comprobaba su pulso.
Los vecinos de Urda también comenzaron a llegar con mantas, agua, alimentos y vehículos para ayudar a quienes lo necesitaban.
Uno de ellos trasladó a Eduarda hasta el pueblo.
A sus 17 años, aquella joven descubrió en unos minutos la fragilidad de la vida y la importancia de no dejar solo a quien necesita ayuda.
Su historia es también la de otros pasajeros, vecinos, sanitarios, bomberos y agentes que respondieron al desastre haciendo todo lo que estaba en sus manos.
LAS FAMILIAS QUE ESPERAN UNA LLAMADA QUE NUNCA QUISIERON RECIBIR
Mientras España conoce estas historias, en Toledo continúa otra escena.
Familiares de los viajeros desaparecidos permanecen reunidos en centros habilitados para recibir información.
Muchos han entregado muestras de ADN.
Otros recorrieron hospitales y centros sanitarios antes de comprender que las identificaciones necesitarían más tiempo.
El último balance oficial consultado este viernes señala 69 fallecidos y 70 denuncias de desaparición, dos de las cuales corresponden a personas que posteriormente aparecieron con vida.
Son cifras de procedimientos diferentes: una denuncia de desaparición no equivale a una muerte confirmada.
Los equipos forenses trabajan para identificar los cuerpos y comunicar los resultados con garantías a las familias.
En esas salas de espera hay padres que buscan a sus hijos.
Hijos que buscan a sus padres.
Hermanos, parejas y amigos que llevan dos días consultando el teléfono esperando recibir noticias.
Para algunos, la esperanza terminó con una confirmación devastadora.
Para otros, la incertidumbre continúa.
Y esa incertidumbre también forma parte de la tragedia.
69 MUERTOS, PERO NINGUNA VIDA PUEDE RESUMIRSE EN UN NÚMERO
Es inevitable que determinadas historias conmuevan especialmente.
El matrimonio separado después de una vida juntos.
La madre que viajaba a una boda.
La joven que acababa de cumplir 24 años.
El perro que volvió sin su dueño.
El muchacho que perdió un tren y salvó la vida.
Los dos maquinistas que murieron trabajando.
Pero hay una reflexión que debería acompañarnos mientras conocemos sus nombres.
No todas las víctimas tienen familiares capaces de contar públicamente sus historias. No todas aparecen en fotografías. No todas han tenido tiempo de convertirse en protagonistas de un reportaje.
Entre los fallecidos hay personas cuyas vidas todavía desconocemos.
Personas que también tuvieron infancias, amores, discusiones, alegrías y proyectos.
Personas que salieron de casa convencidas de que regresarían.
Las historias que hoy podemos reconstruir no hacen más importantes a sus protagonistas.
Sirven para comprender a todos los demás.
Porque aquel miércoles no murieron cifras.
Murieron personas.
Y porque los familiares de las víctimas, los supervivientes y quienes todavía esperan noticias merecen respuestas sobre lo ocurrido, pero también memoria, respeto y acompañamiento.
La investigación técnica determinará qué falló en las vías de Urda.
Los tribunales deberán esclarecer las posibles responsabilidades.
Sin embargo, hay algo que ninguna investigación conseguirá reconstruir.
El viaje de Antonio y Toñi que nunca pudieron terminar juntos.
La boda que Ana Avilés esperaba compartir con su hija.
Los años que Adriana tenía por delante.
Los próximos saltos de Julieta.
Las conversaciones que César Vicente ya no podrá mantener con su padre.
Los sueños de Antonio y Daniel sobre las vías.
Y todas esas pequeñas historias anónimas que no llegarán a escribirse.
El 28 de octubre de 2026, dos trenes quedaron destrozados en Toledo. Pero lo que verdaderamente se rompió fueron decenas de familias.
Y esas heridas seguirán abiertas mucho después de que las vías vuelvan a estar despejadas y los trenes recuperen sus horarios.
En memoria de las 69 personas fallecidas. Por la recuperación de los heridos. Y por todas las familias que todavía esperan una respuesta.

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