Hoy metí Alemania na cocina y acabó oliendo a sidra y Cabrales. Vamos facer unes salchipapes a la asturiana: patates bien crujientes, salchiches doradines y una salsina pa dejar el plato más limpio que la conciencia de un recién nacíu.
¡Venid p’acá, guajes, que hoy vamos cocinar internacional!
Sí, internacional. Que una tenga mandil y zapatilles de andar por casa nun significa que nun pueda abrir fronteres. Ayer vi unes salchiches alemanes en la tienda y dije: «Balbina, estes tienen una pinta estupenda, pero a esto fáltai un poco de alegría del norte».
Y pa casa que vinieron.
El paisanu, en cuanto les vio, preguntó:
—¿Hoy comemos alemán?
—Tú comes lo que haya, Manolín. Y siéntate, que pa protestar ya tienes el telediario.
Vamos preparar salchipapas a la asturiana, que ye una manera muy fina de decir que juntamos patates con salchiches y les ponemos una salsa de sidra y Cabrales que quita el sentíu. Eso sí: el queso, con mesura. Queremos que Alemania visite Asturias, no que salga corriendo.
Lo que vamos necesitar
Pa cuatro persones con apetitu normal. Si vienen mis nietos, calculad tres y esconded un poco pa vosotros.
Pa la fuente
- 800 gramos de patatas.
- 6 salchichas alemanas grandes, tipo bratwurst ya cocidas, unos 500-600 gramos.
- 2 cucharadas de aceite de oliva.
- Media cucharadita de pimentón dulce.
- Sal y pimienta negra.
- Un poco de cebollino o perejil picado.
Pa la salsina asturiana
- Media cebolla pequeña.
- 100 mililitros de sidra natural.
- 150 mililitros de nata para cocinar.
- 50 gramos de queso Cabrales.
- Una cucharadita de aceite de oliva.
Tiempo aproximado: 45 minutos.
Y nun hace falta echar chorizu, compangu y una fabada por encima pa demostrar de dónde somos. Con la sidra y el Cabrales ya queda el pasaporte bien selláu.
Primero, les patates: crujientes, no desmayades
Pelamos les patates, las lavamos y las cortamos en bastones más bien gruesos, procurando que tengan un tamaño parecido.
—Abuela, ¿así?
—Eso ye un troncu, mi vida. Estamos haciendo salchipapes, no una cabaña.
Secadlas muy bien con un paño limpio o papel de cocina. Este paso importa: queremos que se doren.
Las ponemos en un cuenco con el aceite, el pimentón, un poco de sal y pimienta. Removemos hasta que queden bien embadurnadas y las repartimos en una bandeja con papel de horno, en una sola capa y sin amontonarlas.
Al horno, precalentado a 220 grados, con calor arriba y abajo, durante unos 35-40 minutos. A mitad de cocción les damos la vuelta. El tiempo dependerá del grosor, así que miradlas al final: tienen que quedar doradines por fuera y tiernes por dentro.
Si la bandeja ye pequeña, usad dos. Les patates necesitan espacio. Como los matrimonios, pero con menos explicaciones.
Mientras tanto, doramos les salchiches
Cortamos las salchichas en rodajas gruesas y ligeramente al bies, que queda muy aparente y nun cuesta un céntimu más.
Calentamos una sartén amplia con unas gotas de aceite y las doramos unos 5-7 minutos, dándoles la vuelta. Como estamos utilizando salchichas ya cocidas, seguimos también las indicaciones de calentado del envase.
Tienen que coger color, con los bordes tostados y el interior jugoso. Las sacamos a un plato y reservamos.
Nun llenéis demasiado la sartén. Si hace falta, hacemos dos tandas.
—¿Puedo probar una, güela?
—Una sí. Pero llevas cuatro «unas» y a este pasu vamos comer patates con recuerdos de Alemania.
Ahora viene lo serio: sidra, cebollina y Cabrales
En la misma sartén ponemos la cucharadita de aceite y la cebolla muy picada. La cocinamos a fuego medio-bajo unos 7-8 minutos, removiendo, hasta que esté blandina.
Añadimos la sidra y dejamos que reduzca 3-4 minutos, hasta que quede bastante menos líquido.
Aquí la cocina empieza a oler de una manera que el paisanu aparece sin que nadie lo llame. Pa poner la mesa nunca encuentra el camino; pa la salsa tiene navegador.
Bajamos el fuego, incorporamos la nata y el Cabrales desmenuzado. Removemos suavemente 2-3 minutos, hasta conseguir una crema ligada.
Probamos antes de añadir sal, porque el queso ya aporta bastante. Si queda demasiado espesa, echamos una o dos cucharadas de agua y mezclamos.
La salsa tiene que caer de la cuchara con alegría. Si se queda pegada como cemento, todavía nun ta.
Y nada de hervirla a lo loco: fuego suave y un poco de paciencia.
Montamos les salchipapes, que esto ya promete
Sacamos las patatas del horno y las repartimos en una fuente amplia. Colocamos encima las salchichas calientes y echamos unos hilos generosos de salsa, sin cubrirlo todo.
El resto lo llevamos a la mesa en una salsera. Así cada cual se sirve y les patates conservan mejor el crujiente.
Terminamos con cebollino o perejil picado y un toque de pimienta.
Y a comer inmediatamente. Que este plato esperando veinte minutos pierde la gracia, y pa perder la gracia ya tenemos la factura de la luz.
Los conseyos de Balbina
Si el Cabrales os impone respeto, empezad con 30 gramos, probad y añadid más si os apetece. El queso siempre puede entrar; sacarlo después ye bastante más complicáu.
Si queréis un puntín picante, mezclad una pizca de pimentón picante con el dulce de las patatas. Una pizca, dije. Nun quiero ver a tu cuñá bebiendo del florero.
Y poned una ensaladina al lado, con lechuga, tomate y una vinagreta sencilla. El frescor le viene estupendamente al plato y así hay algo verde que no sea el perejil de adorno.
El veredicto del paisanu
Manolín probó una patata, después una salchicha y luego pasó un cachín de pan por la salsa.
—Oye, Balbina… Pues los alemanes cocinan bien.
—Los alemanes hicieron la salchicha, rapaz. Lo de que estés limpiando el plato con pan ye cosa mía.
Y aquí tenéis les salchipapes a la asturiana: crujientes, sabroses y con una salsina que convierte una cena sencilla en una pequeña fiesta.
¡Hala, a la mesa, que les patates nun se comen con el móvil!


Dejar un comentario
Acceder al formulario de comentarios de la comunidad