Señales que se confunden con “nervios” o “timidez” esconden un malestar creciente que preocupa a sanitarios, psicólogos y educadores
Durante años, muchas señales pasaban desapercibidas o se normalizaban con frases bienintencionadas: «es tímido», «ya se le pasará», «son nervios de la edad». A veces era cierto. Cada vez menos. Hoy, detrás de muchos de esos comportamientos se esconde una realidad más profunda: niños y adolescentes que viven en un estado de alerta constante, sin herramientas para entender lo que les ocurre ni palabras para expresarlo.
La ansiedad se ha convertido en uno de los grandes retos de la salud mental infantojuvenil en España. Las cifras son contundentes: entre un 10 % y un 20 % de los menores presenta síntomas compatibles con ansiedad, según datos oficiales y estudios nacionales. Tras la pandemia, las consultas psicológicas en infancia y adolescencia se han incrementado de forma notable, especialmente por preocupación excesiva, miedos persistentes, problemas de sueño y somatizaciones físicas sin causa médica aparente.
Un contexto que acelera… más de lo que la infancia puede digerir
Los especialistas coinciden en que no estamos ante niños “más frágiles”, sino ante un entorno que exige más de lo que su desarrollo emocional puede sostener. La infancia y la adolescencia actuales crecen en una combinación especialmente delicada:
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Cultura del rendimiento y la evaluación constante
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Autoexigencia temprana y miedo a no estar “a la altura”
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Hiperconexión digital que impide el descanso mental
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Comparación continua en redes sociales
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Agendas saturadas con poco espacio para el juego y el aburrimiento
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Adultos cansados, con menor disponibilidad emocional
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Mensajes sociales que priorizan el tener frente al ser
En ese escenario, muchos menores viven con el “modo alerta” activado de forma permanente. La ansiedad encuentra ahí un terreno fértil, especialmente cuando aún no existen herramientas internas suficientes para regular emociones intensas.
Cuando el calendario escolar aprieta, el cuerpo habla
Hay momentos especialmente sensibles: finales de trimestre, exámenes, entregas, cambios de etapa… y, en Bachillerato, la preparación de pruebas decisivas. En esas semanas, la ansiedad se intensifica. Pero rara vez se presenta como tal.
Un niño no suele decir «estoy ansioso». La ansiedad aparece camuflada en señales como:
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Dolor de tripa o de cabeza antes de ir al colegio
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Dificultad para dormir la noche previa a una prueba
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Bloqueos ante el estudio pese a tener buen nivel
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Llanto inesperado o irritabilidad persistente
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Miedo intenso a fallar
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Aislamiento o “apagón emocional”
En los más pequeños, la ansiedad habla desde el cuerpo. En los adolescentes, suele disfrazarse de enfado, discusiones o aparente pasotismo. No siempre es desinterés: muchas veces es una respuesta defensiva ante el desbordamiento emocional.
Nervios sí, ansiedad que paraliza no
La ansiedad, en sí misma, no es el enemigo. En dosis ajustadas, activa, prepara y motiva. El problema aparece cuando esa activación es desproporcionada, se mantiene en el tiempo y empieza a interferir en la vida cotidiana del menor: su descanso, su aprendizaje, su autoestima o sus relaciones.
Conviene pedir ayuda profesional cuando:
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La reacción es excesiva respecto al reto
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Los síntomas se mantienen durante semanas
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Interfieren en el colegio, el sueño o la vida social
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El menor evita situaciones necesarias para su desarrollo
No es lo mismo sentir nervios antes de un examen que no poder dormir durante días o vivir con miedo constante.
La detección precoz cambia el rumbo
Cuando la ansiedad se detecta a tiempo, el pronóstico mejora de forma notable. Se puede intervenir con estrategias de regulación emocional, reforzar la autoestima y enseñar herramientas de afrontamiento que acompañarán al menor durante toda su vida.
Pero hay una clave aún más profunda: la ansiedad infantil suele estar ligada a la sensación de inseguridad interior. Los niños no necesitan adultos perfectos. Necesitan adultos presentes. Adultos que miren, que escuchen, que pongan palabras, que ofrezcan estructura y calma.
Escuchar no es consentir. Sostener no es sobreproteger. Acompañar es una responsabilidad adulta, no un lujo.
Familia y escuela: una alianza imprescindible
La coordinación entre familia y centro educativo es decisiva. La observación compartida en distintos contextos —hogar, aula y entorno social— permite comprender mejor lo que ocurre y actuar de forma coherente.
Hay menores que muestran señales en casa que no aparecen en el colegio, y otros que hacen justo lo contrario. Solo compartiendo información se puede acompañar de forma ajustada e integral.
Detectar a tiempo puede marcar la diferencia entre un malestar pasajero y un problema que condicione el futuro emocional del menor. La buena noticia es que hay margen.
Atender sin dramatizar, actuar sin presionar
La ansiedad no se resuelve con más exigencia ni con frases que minimizan lo que ocurre. Se aborda con seguridad, acompañamiento, límites claros y presencia emocional.
Si las señales se repiten —en el cuerpo, en el sueño, en la conducta o en el colegio—, no conviene normalizarlas… ni alarmarse. Conviene atenderlas.
Porque cuidar la salud mental en la infancia no es prevenir un problema futuro: es construir bienestar emocional desde ahora.
