Gijón bajo la lluvia: el Antroxu se crece y convierte el mal tiempo en folixa

Gijón bajo la lluvia: el Antroxu se crece y convierte el mal tiempo en folixa

Paraguas en alto, maquillaje resistiendo como puede y charangas tocando más fuerte que nunca. Así vivió Gijón el gran desfile del Antroxu, una de esas citas que definen el carácter de la ciudad y que, ni siquiera pasada por agua, pierde un gramo de identidad. Llovió con intensidad, sopló el viento y aun así la fiesta salió a la calle y ganó.

Desde primeras horas de la tarde, los alrededores de El Bibio empezaron a llenarse de agrupaciones, carrozas y participantes aguardando su turno. La escena era casi cinematográfica: disfraces protegidos con plásticos, últimos retoques bajo techos improvisados y una sensación compartida de que, pasara lo que pasara con el cielo, el Antroxu no se suspendía.

Una ciudad que decide no rendirse

Cuando el desfile arrancó, la lluvia ya no era una amenaza, sino parte del decorado. Miles de personas siguieron el recorrido hasta El Humedal, encajonadas bajo paraguas, coreando canciones, bailando en la acera y aplaudiendo a cada agrupación como si el sol estuviera brillando a pleno rendimiento.

“Es un día mágico”, repetían muchos. Y no como una frase hecha, sino como una constatación: el Antroxu es uno de esos rituales colectivos que funcionan incluso cuando todo juega en contra.

Perla Marigna y la liturgia del carnaval

Abriendo la comitiva, la Sardina del Antroxu, Perla Marigna, volvió a ejercer de símbolo central de la fiesta. Acompañada por Aurorina Boreal y el irreverente Parrochu, su presencia marcó el tono de un desfile que mezcló tradición, sátira, fantasía y ese humor tan gijonés que se mueve entre lo absurdo y lo entrañable.

El público respondió con entusiasmo. Cada parada, cada saludo, cada gesto ritual fue recibido como parte de una historia compartida que se renueva año tras año.

Creatividad a prueba de chaparrón

Más de cuarenta colectivos participaron en el desfile, y eso se notó en la variedad. El público pasó, en cuestión de metros, de universos cinematográficos a escenas marinas, de juegos gigantes a criaturas mitológicas, de coreografías sobre patines a disfraces minuciosamente trabajados durante meses.

Especial atención despertaron las carrozas de gran formato, auténticas piezas de ingeniería festiva que lograron imponerse al viento y la lluvia. Dragones monumentales, estructuras móviles y decorados cargados de detalle provocaron aplausos espontáneos y móviles en alto, aunque la pantalla se mojase.

“Se lo curran muchísimo”, era la frase más repetida entre los asistentes. Y no era exageración: el nivel de producción y el esfuerzo colectivo volvieron a situar al Antroxu gijonés como una de las grandes citas carnavaleras del norte.

Charangas: cuando la lluvia marca el ritmo

Si algo sostuvo el pulso del desfile fue la música. Las charangas actuaron como auténticos motores emocionales, manteniendo el ritmo incluso en los momentos más duros del chaparrón. Trompetas, bombos y platillos sonaron con más fuerza, como si el agua obligara a redoblar la energía.

Hubo momentos en los que el público y las agrupaciones se fundieron en una sola masa: gente bailando sin importar el frío, niños saltando en charcos disfrazados de piratas, aviadores, pintores o personajes imposibles. La ciudad entera parecía latir al mismo compás.

Familias, tradición y relevo generacional

Uno de los rasgos más destacados del desfile fue la presencia constante de familias. Padres, madres, abuelos y críos compartiendo recorrido, disfrazados juntos, repitiendo una costumbre que en Gijón se transmite casi por ósmosis.

“Da igual el tiempo que haga”, decían muchos. Porque el Antroxu no es solo un espectáculo: es una cita marcada en el calendario emocional de la ciudad.

Más que una fiesta

El desfile también dejó espacio para la reivindicación. Algunas agrupaciones aprovecharon el escaparate para lanzar mensajes sociales, recordando que el carnaval, además de diversión, siempre ha sido un territorio para la crítica, la ironía y la denuncia envuelta en humor.

Todo convivió sin fricciones: la risa, el mensaje, el disfraz imposible y la música sin descanso.

El Antroxu, incluso mojado, gana

Cuando el desfile llegó a su fin tras más de dos horas de recorrido, la sensación era unánime: había merecido la pena. La ropa estaba empapada, sí. Los pies fríos, también. Pero el ambiente era de satisfacción colectiva, de haber vuelto a demostrar que Gijón sabe celebrar incluso cuando el cielo se empeña en complicarlo.

El Antroxu de este año dejó una imagen potente y muy reconocible: una ciudad que no se esconde bajo el paraguas, sino que baila con él. Una folixa pasada por agua que, lejos de deslucirse, reforzó la idea de que hay tradiciones que ni la lluvia consigue apagar.

Porque en Gijón, cuando toca Antroxu, se sale… y se sale con todo.

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