Oro del Cantábrico: el oricio se dispara hasta 26 euros el kilo en Avilés y confirma que en Asturias no es marisco… es patrimonio

Oro del Cantábrico: el oricio se dispara hasta 26 euros el kilo en Avilés y confirma que en Asturias no es marisco… es patrimonio

Mil kilos subastados, una primera caja a 26 euros el kilo y el resto estabilizado entre 18 y 20. La campaña arranca con escasez, cupos estrictos y las jornadas gastronómicas en pleno auge. El oricio ya no es un capricho: es un tesoro cotizado al alza.

En Asturias el oricio no se come: se celebra. Y este miércoles, en la Nueva Rula de Avilés, se celebró a precio de lujo. La primera caja de la campaña alcanzó los 26 euros el kilo. La segunda bajó a 20,80. La tercera se quedó en 18,05. Y el resto de los 1.000 kilos subastados osciló entre esos 18 y 20 euros.

Expectación máxima en la rula. No era para menos. Hasta ahora el oricio había llegado con cuentagotas a las pescaderías. Y cuando el producto es escaso y el calendario manda, el mercado responde con contundencia.

Un producto que depende de la mar (y del calendario)

La campaña del oricio en Asturias no es libre ni improvisada. Se desarrolla bajo un plan experimental de gestión, con un cupo máximo de 15 kilos por mariscador y día y jornadas de extracción muy concretas fijadas por la administración autonómica.

El modelo es restrictivo y responde a un objetivo claro: proteger el recurso y garantizar su sostenibilidad a largo plazo. Eso significa que la oferta no crece aunque la demanda apriete. La producción está controlada y limitada.

De ahí que el encarecimiento no sea casualidad. No es que haya poco por capricho: hay poco porque debe haber poco.

A ese factor estructural se suma la meteorología. El mal tiempo ha dificultado en los últimos días la llegada de oricio de otras comunidades, especialmente de Galicia, reduciendo aún más la competencia en el mercado. Resultado: cuando aparece producto asturiano de calidad, la puja sube.

El efecto Gijón: cuando la gastronomía tira del mercado

La demanda tampoco es menor. Gijón celebra la tercera edición de las jornadas “La Mar de Oricios”, con decenas de establecimientos participantes. Restaurantes y sidrerías han vuelto a colocar al erizo de mar en el centro de la experiencia gastronómica invernal.

Cuando la campaña arranca con suministro irregular y la restauración está en plena promoción del producto, el desenlace es casi matemático: el precio se tensiona.

El oricio se convierte así en protagonista de barra y mantel, pero también de subasta y estadística.

La rula como termómetro económico

La subasta del oricio no es solo una escena pintoresca. Es un indicador económico. La Rula de Avilés cerró 2025 con más de 11,1 millones de kilos subastados y 41,5 millones de euros en ventas, consolidando su peso en el sector pesquero regional.

En ese contexto, que mil kilos de un único producto generen tanta expectación y alcancen cifras propias del marisco premium evidencia que el oricio juega ya en otra liga.

De producto humilde a marisco de culto

Hace décadas, el oricio no tenía este aura. Se vendía sin glamour, casi como un producto secundario. Hoy es diferente. Las cifras de capturas recientes —en torno a los 13.800 kilos en campañas gestionadas bajo el plan experimental— reflejan que se trata de un recurso limitado y altamente regulado.

Y en el mercado, lo limitado se paga.

Escasez estructural, tradición cultural, alta cocina, meteorología adversa y calendario restringido. La suma convierte al oricio en lo que hoy es: un marisco de culto.

Mucho más que sabor

Para muchos asturianos, el oricio no es solo un manjar. Es invierno en el pedrero. Es mar en crudo. Es cuchara pequeña y pan para apurar el coral. Es conversación en la barra y memoria compartida.

Cuando en Avilés la primera caja alcanza los 26 euros el kilo, no se está pagando solo producto. Se está pagando:

– Temporada limitada
– Gestión sostenible
– Tradición gastronómica
– Identidad cultural

En una región que ha hecho del mar parte de su ADN, el oricio ya no es un simple erizo.

Es el oro del Cantábrico. Y cada invierno vuelve a recordarlo.

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