El atropello de Somonte no fue “un accidente”: la crónica de una bomba que llevaba años con la mecha encendida en Gijón

El atropello de Somonte no fue “un accidente”: la crónica de una bomba que llevaba años con la mecha encendida en Gijón

Lo de Somonte ya no es solo un parte de heridos. Es el reventón de un problema que en Gijón (y en media España) se venía mascando desde hace tiempo: quedadas nocturnas, carreras ilegales, derrapes, público pegado a la calzada y conductores jóvenes buscando aplausos en forma de rugido de motor. Hasta que alguien pierde el control… y entonces el espectáculo se convierte en UVI móvil.

Qué sabemos del conductor 

El chico detenido tiene 19 años, es de Gijón y llevaba solo cuatro meses con el permiso de conducir. Conducía un BMW Serie 3 (E46) y dio negativo en alcohol y drogas. Fue detenido por conducción temeraria y por lesiones por imprudencia grave (una por cada víctima). Tras pasar por dependencias de la Guardia Civil, quedó en libertad provisional a la espera de declarar ante el juzgado.

Hay un detalle clave que marca el relato judicial: no consta que huyera. Se bajó del coche tras el impacto y se apartó, según la reconstrucción policial, en un ambiente de tensión y gritos, pero cuando llegaron las patrullas se identificó como conductor.

Y aquí está lo importante para tus lectores: no hace falta ir borracho para reventar la vida de nueve personas. Basta con ir sobrado.

Por qué pasa esto: el cóctel perfecto

Lo de Somonte responde a una mezcla explosiva que se repite una y otra vez:

  1. Zonas industriales amplias, con rotondas y rectas, sin vecinos “encima” a las 3 de la mañana.

  2. Redes sociales: convocatorias rápidas, vídeos, “quedadas” que suben de nivel cuando aparece público.

  3. Efecto grada: cuanto más gente mirando, más ganas de “lucirse”.

  4. Coches potentes + poca experiencia (o experiencia mal entendida): un fallo y el coche se convierte en un ariete.

  5. Sensación de impunidad: “cuando llegue la poli ya nos piramos”.

En Somonte, todo eso se alineó. Y el final fue el peor.

Los antecedentes en Gijón: Somonte y La Zalia ya estaban en el radar

Esto no nace ayer. En octubre de 2024 ya hubo un dispositivo preventivo de Guardia Civil en los polígonos de Somonte y La Zalia tras avisos ciudadanos: se detectaron concentraciones de vehículos muy numerosas (centenares sumando ambos puntos) y se actuó para evitar carreras y conducción temeraria. Hubo operativos, identificaciones y vigilancia.

Y aun así, las quedadas han seguido apareciendo como un fantasma recurrente: cambian de noche, cambian de punto exacto, pero mantienen el patrón. Es el típico fenómeno que, cuando explota, deja esa frase maldita flotando en el aire: “Se veía venir”.

El clamor social: vecinos y comercio, hartos del “circuito ilegal”

Después del atropello, lo que está subiendo no es solo la indignación: es el hartazgo. En el entorno de estas zonas —y también en áreas cercanas donde se escuchan acelerones y concentraciones— se acumulan quejas desde hace tiempo por:

  • ruido nocturno constante

  • maniobras peligrosas

  • coches ocupando entradas, rotondas y márgenes

  • sensación de inseguridad

  • llamadas que, según la percepción vecinal, no frenan el problema con continuidad

Importante: una cosa es que se actúe puntualmente y otra es cortar el fenómeno. Y el fenómeno, hoy, sigue vivo.

Qué se le puede venir encima al conductor (y por qué este caso pesa más)

Aquí no estamos ante una multa gorda y una bronca. Con nueve víctimas, el caso puede acabar siendo muy pesado penalmente, aunque diera negativo en alcohol y drogas.

En España, la conducción temeraria está contemplada como delito contra la seguridad vial (Código Penal). Y cuando hay lesiones, la causa se agrava por la vía de imprudencia grave, con retirada del carné, posibles penas de prisión y, sobre todo, un bloque enorme de responsabilidad civil: indemnizaciones, secuelas, rehabilitación, bajas laborales, daños, etc.

Dicho claro: si el juzgado considera acreditada la temeridad, el “hacer ruido” puede salir carísimo durante años.

Asturias y España: no es un caso aislado, es una ola

Lo que ha pasado en Gijón encaja en una tendencia nacional: macroquedadas ilegales en polígonos o zonas periféricas, con cientos de coches y público grabando a centímetros del peligro. En los últimos meses y años ha habido investigaciones y operaciones policiales en varias comunidades por concentraciones con carreras, derrapes y conducción temeraria, muchas veces identificando a implicados a partir de vídeos colgados por ellos mismos.

Es el giro irónico (y brutal): la vanidad deja pruebas. El móvil que se usa para presumir termina siendo el que ayuda a identificar.

La pregunta incómoda: ¿qué falla para que esto vuelva?

No hay bala de plata, pero sí un diagnóstico bastante evidente: la respuesta llega, pero no siempre se sostiene.

Las medidas que suelen funcionar cuando se aplican de forma constante son:

  • controles de acceso a polígonos en noches señaladas

  • patrullaje preventivo coordinado (Tráfico + seguridad ciudadana + local)

  • vigilancia con medios aéreos o drones donde legalmente proceda

  • sanción rápida y visible (vehículos modificados, conducción temeraria, etc.)

  • urbanismo defensivo en puntos calientes (limitación física de maniobras peligrosas, rediseño de rotondas, barreras donde proceda)

Pero esto exige continuidad. Y continuidad cuesta recursos.

Quién “organiza” estas quedadas (y por qué es difícil señalar a uno)

Tu petición es lógica: “quiero conocer más al chico que lo ha organizado”. El problema periodístico y judicial es que muchas veces no hay un “organizador único” en el sentido clásico: hay chats, cuentas, convocatorias difusas, boca-oreja, gente que “propone” y gente que ejecuta.

A día de hoy, lo sólido y publicable sin pillarnos los dedos es esto:

  • hay un conductor identificado como autor de la maniobra que desencadena el atropello

  • hay un contexto de quedada/carrera ilegal en el lugar

  • la investigación seguirá con testigos y diligencias para aclarar si hubo participación directa en la carrera, convocatoria concreta y responsabilidades adicionales

Si más adelante se demuestra que hubo un promotor claro o una convocatoria trazable, ahí sí se podrá contar con precisión.

Somonte ya no es un punto del mapa, es una advertencia

Este caso ha dejado a Gijón con una herida doble: la física (los heridos y sus familias) y la colectiva (la sensación de “otra vez lo mismo, hasta que ha pasado lo peor”). Ahora toca lo más difícil: que no se convierta en una noticia que se olvida cuando bajan las sirenas.

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