El informe oficial del accidente de Adamuz revela la desconcertante secuencia de comunicaciones entre los trenes y el centro de control: durante los primeros instantes, ni en la cabina ni en Atocha sabían que ya se había producido una colisión
Fueron cuatro minutos decisivos. Cuatro minutos en los que la tragedia ya había ocurrido, pero nadie tenía aún una imagen completa de lo que estaba pasando. El informe de cronología remitido por el Ministerio de Transportes a la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios (CIAF) reconstruye con precisión quirúrgica lo que sucedió en la tarde del domingo en Adamuz (Córdoba): seis llamadas en apenas 240 segundos que anticiparon el peor escenario posible.
El choque entre la cola de un tren Iryo y la cabecera de un Alvia se produjo en torno a las 19:43:40–19:43:45, según la estimación técnica. Sin embargo, la primera llamada registrada no llega hasta más de un minuto después. Y lo que se comunica entonces no es una colisión.
19:45:02 — “He sufrido un enganchón”
La primera comunicación parte del maquinista del Iryo 6189. Desde su cabina informa al Centro de Gestión de Operaciones (CGO) de Atocha de que ha sufrido un “enganchón” a la altura de Adamuz. Habla de falta de tensión en la catenaria, de tren bloqueado y pantógrafos bajados.
No menciona choque alguno.
Desde el puesto de mando le indican que compruebe el estado del tren. Él responde que necesita “reconocer” la unidad. El tono es técnico, casi rutinario. En ese momento, el sistema interpreta la incidencia como una avería eléctrica o un problema con la infraestructura.
La tragedia ya se había desencadenado.
19:46:07 — Un AVE confirma que algo no va bien
Un segundo tren, el AVE 2181 que cubre la ruta Sevilla-Madrid, comunica también falta de tensión entre Adamuz y la bifurcación de Alcolea. Es la primera señal de que el problema no afecta a un único convoy.
Pero aún no se habla de colisión.
19:48:39 y 19:48:51 — El silencio del Alvia
Desde Atocha intentan contactar con el Alvia 2384, que circulaba en sentido contrario. Dos intentos consecutivos. Ninguna respuesta.
En ese instante todavía no saben que el maquinista del Alvia ha fallecido.
El silencio empieza a ser inquietante, pero la hipótesis dominante sigue siendo una incidencia técnica en la línea.
19:49:33 — “Tengo sangre en la cabeza”
Ante la imposibilidad de hablar con el conductor del Alvia, el centro de control contacta con la interventora del tren.
La conversación marca un punto de inflexión.
Ella responde. Dice que ha sufrido un golpe en la cabeza. Que tiene sangre. Que va a intentar llegar hasta la cabina para localizar al maquinista.
Es la primera confirmación directa de que hay heridos.
El CGO insiste: necesita saber cómo está el tren. La interventora repite que está lesionada.
La magnitud de lo ocurrido empieza a asomar.
19:49:35 — “Es un descarrilamiento. Estoy invadiendo la vía contigua”
Dos segundos después de esa llamada, el maquinista del Iryo vuelve a comunicarse con Atocha.
Esta vez el mensaje es claro:
— “Es un descarrilamiento y estoy invadiendo la vía contigua”
— “Tengo incendio”
— “Necesito que paren el tráfico urgentemente”
— “Hay heridos en el tren”
La situación ya no admite dudas. Se trata de un accidente grave con riesgo añadido para otros convoyes.
En esos segundos se activa la petición de servicios de emergencia, bomberos y ambulancias.
Cuatro minutos de desconcierto
El análisis de la cronología revela un elemento perturbador: durante más de un minuto tras el impacto, ni el maquinista del Iryo ni el centro de control tenían conciencia de que había existido una colisión frontal.
La primera comunicación describe un problema eléctrico.
El segundo aviso habla de falta de tensión.
Los intentos de llamada al Alvia no obtienen respuesta.
Solo cuando aparecen heridos y se menciona explícitamente el descarrilamiento, el puzle empieza a encajar.
Ese desfase temporal —entre lo que realmente ocurrió y lo que se comprendió que había ocurrido— no cambia el resultado final, pero sí plantea preguntas relevantes sobre detección inmediata, protocolos de comunicación y capacidad de reacción en los primeros instantes críticos.
El retrato de un momento límite
Lo que dibuja el informe no es una cadena de negligencias en esos minutos, sino algo quizá más inquietante: la confusión inherente a un accidente súbito en plena circulación ferroviaria.
Un maquinista que percibe una anomalía eléctrica.
Un centro de control que interpreta la incidencia como técnica.
Un tren que no responde.
Una interventora herida.
Un segundo aviso que confirma el descarrilamiento.
Y, entre medias, cuatro minutos que separan la incertidumbre del horror.
Seis llamadas.
Doscientos cuarenta segundos.
El instante exacto en el que la tragedia ya había ocurrido… pero aún nadie sabía hasta qué punto.
