La noche ya había caído en la costa Este de Estados Unidos cuando se confirmó lo que en Caracas todavía se digería con incredulidad: Nicolás Maduro había pisado suelo estadounidense y entraba oficialmente en el sistema penitenciario federal. A miles de kilómetros, Venezuela amanecía sin su presidente, con las instituciones en tensión, los cuarteles en máxima alerta y una pregunta flotando en el aire: ¿quién manda ahora realmente en el país?
El segundo día de la crisis no fue el del estruendo, sino el de la consolidación del hecho. El primero estuvo marcado por explosiones, apagones y confusión. El segundo, por algo más profundo y peligroso: la normalización de una ausencia.
La noche del traslado: de jefe de Estado a preso federal
Según la información que fue aflorando durante la tarde y la madrugada, Maduro fue trasladado bajo custodia estadounidense hasta Nueva York, donde quedó ingresado en una prisión federal a la espera de su primera comparecencia judicial. El operativo se cerraba así con una imagen potente, aunque invisible para la mayoría de los venezolanos: el hombre que había gobernado el país durante más de una década ya estaba bajo jurisdicción de otro Estado.
Washington presentó el traslado como la consecuencia lógica de causas judiciales abiertas desde hace años, relacionadas con narcotráfico y crimen organizado. No hubo rueda de prensa detallada ni exhibición pública, pero el mensaje fue inequívoco: Maduro no estaba “retenido”, estaba detenido.
Ese matiz —detención formal frente a secuestro político— se convirtió de inmediato en el eje de la batalla narrativa.
Caracas despierta en modo emergencia
Mientras tanto, en Venezuela, la noche fue larga. Los cortes eléctricos intermitentes, el refuerzo de la presencia militar en puntos estratégicos y la ausencia de una figura presidencial visible crearon un clima de inquietud contenida. No hubo estallido social inmediato, pero sí una sensación clara de provisionalidad: el país funcionaba, pero sin centro de gravedad.
El discurso oficial habló de “agresión”, de “violación de la soberanía” y de resistencia. Sin embargo, puertas adentro, el problema era otro: cómo evitar el vacío institucional.
El movimiento clave: continuidad sin Maduro
En la madrugada, llegó el gesto que define el segundo día de la crisis. El Tribunal Supremo venezolano ordenó que la vicepresidenta Delcy Rodríguez asumiera las funciones de presidenta interina para garantizar la continuidad administrativa del Estado.
No fue un detalle menor ni una formalidad jurídica. Fue un mensaje directo a tres destinatarios:
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A las Fuerzas Armadas, para asegurar que existe una cadena de mando.
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A la burocracia del Estado, para que la maquinaria no se detenga.
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A la comunidad internacional, para sostener la tesis de que el régimen sigue en pie.
Con ese movimiento, el chavismo intentó ganar tiempo. Tiempo para reagruparse, para medir lealtades y para observar cómo reacciona la calle.
Washington sube el tono y el riesgo
Si Caracas buscaba contención, Washington optó por lo contrario. Las declaraciones procedentes del entorno de la Casa Blanca fueron endureciéndose a lo largo de la tarde, hasta llegar a una afirmación explosiva: Estados Unidos no descarta “dirigir temporalmente” el proceso de transición en Venezuela.
La frase, más política que operativa, tuvo un efecto inmediato: reavivó los fantasmas históricos de la región y multiplicó las críticas incluso entre aliados. Para muchos gobiernos latinoamericanos, la detención de Maduro ya era un terremoto; la idea de una tutela estadounidense elevaba el seísmo a categoría de crisis continental.
El dato que sigue sin cerrarse: víctimas y daños
Mientras los líderes hablaban, el terreno seguía mudo. No existe aún un balance definitivo de víctimas, ni civiles ni militares. Las informaciones son fragmentarias, contradictorias y contaminadas por propaganda. Lo único claro es que hubo muertos y heridos, pero nadie se atreve todavía a poner cifras oficiales sobre la mesa.
Ese silencio es, en sí mismo, un síntoma: la crisis aún no ha terminado de mostrar su rostro más crudo.
El verdadero poder: cuarteles, inteligencia y calle
Con Maduro ya en una cárcel estadounidense, el debate político se desplaza hacia una pregunta mucho más básica: ¿quién controla hoy el poder real en Venezuela?
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Si las Fuerzas Armadas permanecen cohesionadas, el régimen puede sobrevivir sin su líder.
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Si aparecen fisuras, el sistema puede resquebrajarse en cuestión de días.
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Si la calle entra en juego, el escenario se vuelve imprevisible.
Por ahora, el país está en una calma tensa, más cercana al miedo que a la normalidad.
Un país suspendido en el tiempo
Venezuela afronta este segundo día sin celebraciones masivas ni estallidos generalizados, pero con algo quizás más inquietante: una sensación colectiva de pausa, como si todo estuviera esperando una señal.
La señal puede venir de Nueva York, en forma de una primera comparecencia judicial de Maduro.
Puede llegar desde Caracas, con decisiones más duras o más conciliadoras del poder interino.
O puede surgir de la calle, cuando el miedo se transforme en acción.
El primer día fue el del impacto.
El segundo, el de la reorganización del poder sin el presidente.
Con Maduro preso en Estados Unidos, Venezuela entra en una fase inédita de su historia reciente: un Estado que intenta seguir funcionando mientras su máximo dirigente está a miles de kilómetros, esposado y bajo custodia extranjera.
A partir de ahora, cada hora cuenta.
Porque el tercer día ya no será de adaptación.
Será de decisiones irreversibles.
