Asturias se vacía por dentro: historias de una tierra que resiste mientras se apagan chimeneas y colegios

Asturias se vacía por dentro: historias de una tierra que resiste mientras se apagan chimeneas y colegios

Pueblos fantasmas, minas oxidadas y bares que sobreviven con tres clientes: así late una región que lucha contra el olvido

 

A las seis de la mañana, Luis sube la persiana del único bar abierto en un pueblo de Somiedo. El silencio es tan espeso como la niebla que cubre las montañas. Sabe que ese día solo entrarán tres clientes, los mismos de ayer, los mismos de mañana. Asturias, tierra de verdes infinitos y pasado industrial glorioso, pierde población a un ritmo histórico. Entre carreteras sin tráfico, aulas vacías y chimeneas apagadas, hay una lucha silenciosa por no dejar morir los pueblos.

Los números que duelen: Asturias, más envejecida que nunca

Asturias ha pasado de tener 1,08 millones de habitantes en 2010 a poco más de 985.000 en 2025. Casi un 28 % de la población supera los 65 años, una cifra que coloca a la región entre las más envejecidas de Europa. Hay concejos como Illano, Pesoz o Villanueva de Oscos que no llegan a 7 habitantes por kilómetro cuadrado.

El mapa asturiano muestra dos velocidades: las ciudades crecen lentamente y se llenan de turismo, mientras docenas de aldeas y parroquias se vacían. En algunos pueblos ya no hay niños; el colegio más cercano está a más de 40 minutos en coche.

Fábricas oxidadas y minas cerradas: huellas de otro tiempo

En Langreo, el esqueleto del Pozo María Luisa sigue en pie, testigo de una época en que la cuenca minera era el corazón económico del norte. En Avilés, las chimeneas de Ensidesa son iconos culturales, pero también símbolos de un declive industrial que arrasó empleo y población.
Hoy, algunos de esos espacios son museos, centros culturales o simples ruinas cubiertas de hiedra. Asturias ha logrado atraer turismo, pero la reconversión industrial dejó heridas que aún sangran.

Los últimos guardianes: vidas que desafían la estadística

En Taramundi, María, de 82 años, vive sola en una casa de piedra que se mantiene en pie gracias a sus manos. “Aquí nací y aquí me quiero morir”, dice. Sus hijos se fueron a Oviedo y Madrid; sus nietos, a Londres y Barcelona. Cada invierno, cuando la nieve corta carreteras, María pasa semanas sin ver a nadie.

En Ibias, un grupo de jóvenes inmigrantes abrió hace meses una panadería artesanal. Vinieron de Colombia y Argentina buscando tranquilidad, y hoy son la esperanza del pueblo. “Vendemos pan por WhatsApp, y vamos casa por casa en coche”, cuenta Ana, una de las propietarias.

Turismo: la Asturias que se llena, pero no siempre salva

La marca “Asturias Paraíso Natural” está en su mejor momento: récord histórico de visitantes en 2024. Hoteles rurales completos, playas llenas, sidrerías abarrotadas.
Pero el turismo no siempre se traduce en población estable: muchos pueblos que reciben miles de visitantes en verano vuelven a estar vacíos en invierno. Casas rurales cerradas, restaurantes que solo abren en temporada y bares que dependen de turistas de paso.

“Es pan para hoy y hambre para mañana. Necesitamos proyectos estables, no solo selfies en agosto”, señala Juan, hostelero de Llanes.

Rebeldes que apuestan por el futuro

A pesar de todo, hay brotes verdes:

  • Ganaderos jóvenes que modernizan explotaciones y exportan quesos premiados.

  • Startups tecnológicas que se instalan en zonas rurales gracias al teletrabajo y las ayudas europeas.

  • Ayuntamientos que regalan terrenos y viviendas a cambio de fijar residencia.

  • Proyectos como Asturias Softlanding Talent Paradise, que atraen nómadas digitales.

“Vine a un coworking en Cangas del Narcea por probar… y me quedé. Aquí tengo paz y fibra óptica”, cuenta Marta, programadora que dejó Madrid para criar a su hija “entre montañas y no entre coches”.

Un reto político y social: salvar la Asturias profunda

Asturias tiene más del 70 % de sus municipios en riesgo de despoblación. El Gobierno regional lanza planes de digitalización, ayudas al emprendimiento y servicios móviles (bibliobuses, farmacias itinerantes, médicos a domicilio), pero el reto es mayúsculo: atraer familias jóvenes y empleo estable.

Mientras tanto, la resistencia es diaria: vecinos que se organizan para limpiar caminos, recuperar fiestas patronales o arreglar iglesias.
“Esto no es nostalgia, es supervivencia”, resume Pablo, alcalde de un concejo con menos de 400 habitantes.

 

Asturias no se rinde

Asturias vive una paradoja: es más famosa que nunca como destino turístico, pero pierde a sus hijos. Entre chimeneas apagadas, playas llenas y pueblos vacíos, hay historias de lucha y esperanza que definen a una tierra orgullosa y terca.
Cada bar que resiste, cada joven que vuelve, cada panadería que abre es un acto de amor.
La Asturias profunda no quiere convertirse en postal; quiere volver a ser hogar.

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