La literatura asturiana en la diáspora

A Antón García, derrompedor d’esos montes.

               Una parte importante de la literatura asturiana está unida a la diáspora, la mayoría de las veces obligada ésta, en ocasiones —cuando lo es por razones profesionales y no por estricta necesidad— solo parcialmente.

               De hecho, el primer libro publicado de literatura asturiana, la esbilla de Xosé Caveda y Nava (1839), recoge los manuscritos que a lo largo de dos siglos (desde 1639 hasta esa fecha inicial del Romanticismo asturiano) han ido trasmitiéndose profusamente entre los estudiantes en Castilla y los funcionarios en la Corte.

               (Es curioso, por cierto, cómo, en el exilio o en la emigración, una lengua débil socialmente y una literatura no demasiado elevada provoca tal señardosa adherencia hacia ella y los objetos en que se manifiesta. Lo mismo que Xovellanos en Mallorca debía de sentir al cartearse en asturiano con sus corresponsales xixoneses debían de sentir los compatriotas que, durante su estancia en la meseta, copiaban y leían una y otra vez los textos literarios de Marirreguera o Bernaldo de Quirós. Impregnación emotiva que no sería muy distinta a la de aquellos astures que, sirviendo al ejército romano en los actuales Benwell y Chesters,  llevaron consigo a Inglaterra un vástago de su patria, una pequeña enredadera, la Erinus Hispanicus, un endemismo asturiano, cuyos zarcillos esguilen hoy todavía por las viejas piedras de Chesters.

               A Cuba, con su potente emigración y sus profundas raíces emocionales en nuestra tierra, le debe también mucho nuestra literatura. Allí trabajan y publican un puñado de nuestros escritores. Igualmente, y hasta el castrismo, se envían desde aquí textos que alimentan a la colonia. Especial importancia tiene la isla en la historia de nuestro teatro. Prácticamente antes de que aquí hubiera cosa alguna, Perfecto Fernández Usatorre, Nolón, había estrenado diez obras breves teatrales en las dos últimas décadas del XIX, la más afamada de las cuales, Los Quintos de la Manxoya. Algunos otros autores habían publicado o representado allí bajo la tutela de Talía; incluso, Sergio García Echevarría, una zarzuela, Una romería en Mieres, que se  estrenó 7 el de setiembre de 1879 en el Gran Teatro de Tacón de La Habana.

               En Argentina, Uruguay y México hubo también, en consonancia con la importancia de la emigración, una larga presencia de nuestra literatura. Parte, producida allí, otra aquí, con destino a los familiares o compatriotas ausentes. Naturalmente una fracción importante de esa escritura se vehicula a través de los centros asturianos. Asimismo, de forma esperable, va unida a la reproducción de los temas que suscitan fácilmente la emocionalidad identitaria, bien por su mención como vivos en la patria ausente, bien por el llanto o denuncia de su progresiva pérdida (lo que he denominado el «ubi sunt identitariu», de fecunda estirpe).

               Esa continuidad escritural recibe, tras la Guerra Civil, nuevos aportes con la llegada de los exiliados (Matías Conde, Ángel Rabanal, Antonio Martínez Cuétara, Enrique Pérez Álvarez…), aunque va perdiendo presencia al avanzar la segunda mitad del XX, entre otras cosas porque ahora la emigración se dirige a Europa y es ya más urbana que rural (la ruralidad era prácticamente la forma universal de la vida asturiana hasta la década de los sesenta en el siglo pasado, aun en las ciudades).

               La diáspora peninsular tiene una gran importancia, entre los años 1970 y 1980, para la conformación social de Conceyu Bable. De entre los asturianos trasmontanos que, por esas fechas, acuden a la llamada de una nueva mentalidad asturianista aparecerán algunos escritores y traductores de obra notable, como Xosé Gago o Fonsu Velázquez, entre otros.

               Pero esa relación de escritores de literatura asturiana no se agota ahí: las limitaciones o miseria de nuestra tierra siguen vivas hoy; nuestra lengua y de nuestro mundo vivencial y emocional siguen teniendo la misma capacidad de adhesión (y representando la misma necesidad imperiosa de vinculación) que la Erinus Hispanicus para nuestros condotieros en la Muralla de Adriano frente a los pictos, la correspondencia con Theresina del Rosal para Xovellanos o los manuscritos de Reguera para los nobles que se veían obligados a estudiar o actuar en la meseta. Solo algunos nombres de la producción hodierna: Paquita Suárez Coalla trabaja en Nueva York, Carlos X. Ardavín Trabanco se ocupa de la literatura en Texas, Xosé María Fernández está en Oxford, Xabiero Cayarga, en Dortmund, Javier Martínez Concheso, en Virazeil, cerca de Burdeos, María Alba en Stuttgart... Y, en la Península, aparte de los ya citados Gago y Velázquez, Martín López Vega y Xosé María Rodríguez de Bimeda tienen su asiento en  Madrid, Ramiro Delgado en Cáceres, Héctor Fernández en Canarias...

               Tal vez al lector al que sorprendan estos datos y se le venga a las mientes el runfido molesto de una expresión no encontrada, le disiparían la borrina cognitiva aquellos versos del Cantar de Mio Cid: «!Dios, qué buen vassallo! ¡Sí oviesse buen Señore!». Y, una vez dichos, acaso caiga en la cuenta de la paradoja de que es, precisamente, el Cantar la primera manifestación literaria (externa) que plasma simbólicamente el comienzo de nuestra marginalidad política y el arranque de nuestra enfermiza relación con nuestra identidad.



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