Nunca habíamos tenido tanto conocimiento al alcance de la mano. Tampoco había sido tan fácil conseguir que millones de personas creyeran cualquier disparate. Desde Asturias, donde se relacionaron 52 incendios con 52 proyectos eólicos que ni siquiera coincidían geográficamente, hasta los cientos de cadáveres imaginarios del aparcamiento de Bonaire, los ejemplos se multiplican. La ciencia empieza a explicar una paradoja inquietante: no está demostrado que la humanidad sea menos inteligente, pero las redes sociales han convertido la estupidez, la ignorancia y la indignación en fenómenos de difusión masiva.
Hubo un tiempo en el que decir una estupidez tenía consecuencias relativamente limitadas. Uno podía soltar una barbaridad en el bar, provocar las carcajadas de cuatro amigos y, con un poco de suerte, olvidarse del asunto al día siguiente.
Hoy, la misma barbaridad puede alcanzar un millón de visualizaciones, generar miles de comentarios, convertirse en noticia y terminar siendo defendida por personas que jamás se han molestado en comprobar si era cierta.
La humanidad ha conseguido algo extraordinario: construir una infraestructura tecnológica capaz de distribuir conocimientos científicos por todo el planeta y utilizarla también para propagar disparates a una velocidad formidable.
Tenemos acceso inmediato a enciclopedias, universidades, investigaciones médicas y bibliotecas enteras. Sin embargo, compartimos fotografías falsas, aceptamos teorías conspirativas sin pruebas y convertimos cualquier coincidencia numérica en una conspiración internacional.
La pregunta resulta inevitable: ¿nos estamos volviendo más imbéciles?
La ciencia obliga a formularla de otra manera. No existe una medición rigurosa que demuestre un crecimiento exponencial de la estupidez humana. Lo que sí se ha documentado es la extraordinaria capacidad de las redes para amplificar errores, mentiras y razonamientos defectuosos.
Y eso puede resultar incluso más peligroso.
Asturias: 52 incendios, 52 parques eólicos y una teoría que parecía perfecta
Comencemos por un caso cercano que permite comprender el problema.
En las redes sociales circuló una comparación entre dos cifras: 52 incendios forestales registrados en Asturias en 2022 y 52 proyectos eólicos mencionados en informaciones posteriores.
El número coincidía.
Para quienes difundieron la sospecha, aquella coincidencia parecía suficiente para insinuar que los incendios estaban relacionados con la instalación de aerogeneradores.
La teoría volvió a circular en abril de 2025. Una publicación que recuperó aquella comparación alcanzó unas 224.000 visualizaciones, según una investigación de verificación publicada en marzo de 2026.
Había un pequeño inconveniente para la conspiración: los terrenos afectados por aquellos incendios no coincidían con las ubicaciones de los proyectos eólicos.
El razonamiento era tan sencillo como disparatado: si dos cifras coinciden, debe existir una relación entre ellas.
Con idéntica lógica podríamos relacionar el número de sidrerías de un concejo con los goles que marca el Sporting o el Oviedo durante una temporada.
La estadística tiene un concepto para identificar estos errores: correlación espuria. Dos fenómenos pueden coincidir o evolucionar de manera semejante sin que exista una relación causal entre ellos.
Pero en internet una coincidencia sugerente puede tener mucho más éxito que una explicación científica.
Y si, además, sirve para confirmar nuestras sospechas políticas, la tentación de compartirla se multiplica.
Las viviendas públicas para lesbianas mayores de 55 años que Asturias nunca había aprobado
En febrero de 2026, otra historia circuló por las redes sociales y llegó a aparecer en determinadas páginas informativas.
El Gobierno asturiano, aseguraban los mensajes, había decidido facilitar o reservar viviendas públicas a mujeres lesbianas mayores de 55 años.
La noticia provocó indignación. Se discutía sobre discriminación, privilegios y utilización de los recursos públicos.
Solo había un problema: la medida no existía.
El Gobierno del Principado negó haber aprobado semejante iniciativa y el anteproyecto de ley LGTBI no contemplaba esa reserva de viviendas.
El origen de la confusión estaba en un proyecto de viviendas colaborativas promovido por una asociación de mujeres lesbianas mayores. Se trataba de una iniciativa basada en compartir recursos y viviendas propias, no de una adjudicación de inmuebles públicos.
El mecanismo resulta revelador.
Primero se presenta una afirmación falsa. Después se provoca indignación. Finalmente, miles de personas discuten sobre la legitimidad de una medida que nadie ha aprobado.
Hemos perfeccionado el arte de indignarnos por cosas que no han sucedido.
Y, mientras tanto, los problemas reales continúan esperando soluciones.
España: los 700 coches, los cadáveres inexistentes y una tragedia convertida en espectáculo
La DANA que devastó parte de la provincia de Valencia en octubre de 2024 ofrece uno de los ejemplos más graves de lo que sucede cuando el pensamiento crítico desaparece en medio de una emergencia.
Mientras los equipos de rescate trabajaban en el aparcamiento del centro comercial Bonaire, comenzaron a difundirse mensajes que aseguraban que había decenas, centenares o incluso cantidades incalculables de víctimas mortales atrapadas en su interior.
Uno de los rumores sostenía que el aparcamiento había expedido 700 tiques correspondientes a vehículos que no habían salido.
La afirmación presentaba un inconveniente decisivo: aquel aparcamiento no funcionaba con ese sistema de tiques.
Después de las operaciones de búsqueda, no se encontraron los cadáveres que anunciaban aquellos mensajes.
Sin embargo, algunas publicaciones alcanzaron millones de visualizaciones, pese a carecer de pruebas que respaldaran sus afirmaciones.
La tragedia fue completamente real. El sufrimiento de las víctimas también.
Lo que se inventó fue una historia paralela que convirtió el dolor en materia prima para la viralidad.
Aquí aparece una distinción fundamental: no todo el que comparte información falsa actúa deliberadamente. Hay personas engañadas, otras que no verifican y otras que fabrican falsedades de manera consciente.
Pero el resultado puede ser idéntico: una mentira consigue desplazar la atención de los hechos.
Un oso polar con un pingüino y un canguro esperando para embarcar
También existe una versión aparentemente inocente y casi cómica del problema.
En mayo de 2025 circuló un vídeo viral que mostraba un encuentro entre un oso polar y un pingüino.
La escena era adorable. Los animales parecían compartir amistosamente un paisaje helado.
Pero el encuentro había sido generado mediante inteligencia artificial.
Los pingüinos viven fundamentalmente en el hemisferio sur y los osos polares habitan el Ártico. La escena difundida era ficticia.
Pocos días después, otro vídeo mostraba un canguro con un billete de avión junto a una puerta de embarque, mientras dos mujeres discutían. También era una creación artificial presentada en redes como si fuese una grabación auténtica.
La cuestión no es reírse de quien se equivoca ante una falsificación cada vez más sofisticada.
Lo verdaderamente llamativo es nuestra disposición a aceptar una escena sorprendente sin detenernos unos segundos a preguntarnos si tiene sentido.
La tecnología ha conseguido que una imagen deje de ser una prueba suficiente de que algo ha ocurrido.
Pero buena parte de nuestros hábitos informativos siguen funcionando como si la cámara nunca pudiera mentir.
La ciencia pone una cifra al problema: tres de cada cuatro enlaces se comparten sin abrirse
Hasta aquí, los casos podrían parecer una colección de anécdotas.
Pero la investigación científica permite identificar patrones más profundos.
Un estudio publicado en Nature Human Behaviour, que examinó más de 35 millones de publicaciones públicas de Facebook con enlaces compartidos entre 2017 y 2020, encontró que aproximadamente el 75% de esos enlaces se compartieron sin abrir previamente el contenido.
La proporción corresponde a esa muestra y periodo, no a toda la actividad mundial de las redes sociales.
Aun así, el resultado es extraordinariamente revelador.
GRÁFICO 1. Compartir sin leer: el fenómeno del 75%
Enlaces compartidos sin abrir previamente:
███████████████░░░░░ 75%
Resto de enlaces:
█████░░░░░░░░░░░░░░░ 25%
Cada bloque representa cinco puntos porcentuales. Estudio publicado en Nature Human Behaviour en 2024.
Pensemos en lo que significa.
Una persona encuentra un titular que coincide con sus ideas, lo comparte para expresar su posición y contribuye a difundir un contenido que quizá ni siquiera ha leído.
La noticia deja de funcionar como información y se transforma en una insignia ideológica.
Ya no importa tanto lo que dice el artículo como lo que el titular permite comunicar sobre nosotros mismos.
Es el triunfo de una peculiar forma de conocimiento: opinar primero, leer después. O, directamente, no leer nunca.
Las mentiras corren más: el experimento del MIT
En 2018, investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts publicaron en la revista Science un estudio sobre la difusión de noticias verdaderas y falsas en Twitter.
Analizaron unas 126.000 historias difundidas entre 2006 y 2017.
Los resultados fueron contundentes: las informaciones falsas resultaron un 70% más propensas a ser retuiteadas que las verdaderas en aquel conjunto de datos.
Además, las noticias falsas alcanzaban a sus primeros 1.500 receptores aproximadamente seis veces más rápido que las auténticas.
No significa que toda mentira actual se difunda seis veces más rápido, pero demuestra que el fenómeno no es una simple impresión.
¿Por qué funciona tan bien?
Porque las falsedades pueden ofrecer algo que la realidad no siempre proporciona: sorpresa, escándalo, confirmación de prejuicios y explicaciones sencillas para problemas complejos.
La verdad está obligada a respetar lo que ocurre.
La mentira disfruta de una libertad creativa prácticamente ilimitada.
Y en un mercado donde la atención se mide en segundos, esa diferencia constituye una enorme ventaja.
La indignación es una droga informativa
Otro estudio científico, publicado en 2024 y basado en investigaciones sobre Facebook y Twitter, encontró que las fuentes de desinformación tienden a provocar más indignación que las fuentes fiables.
Los experimentos también mostraron que las personas estaban más dispuestas a compartir contenidos falsos que despertaban indignación sin leerlos previamente.
Este mecanismo explica una parte importante de la conversación pública contemporánea.
Un titular moderado que describe un problema complejo puede pasar inadvertido.
Una afirmación rotunda que presenta a un enemigo culpable de todo tiene muchas más posibilidades de provocar una reacción emocional.
Por eso abundan los mensajes que comienzan con expresiones de alarma, indignación o supuesto descubrimiento de una verdad oculta.
No buscan necesariamente que el lector comprenda algo.
Buscan que reaccione.
La indignación se ha convertido en una de las formas más rentables de captar nuestra atención.
Y el pensamiento crítico necesita precisamente lo contrario: tiempo para comprobar, comparar, razonar y admitir incertidumbres.
España ante el espejo: el 31% de los adultos presenta dificultades importantes de comprensión lectora
La investigación internacional sobre competencias educativas aporta otra pieza del rompecabezas.
La Evaluación de Competencias de la Población Adulta de la OCDE, realizada en 2022 y 2023, situó a España por debajo de la media de los países participantes en lectura, matemáticas y resolución adaptativa de problemas.
Los resultados muestran que el 31% de los adultos españoles evaluados se encuentra en el nivel 1 o inferior de competencia lectora.
La media de la OCDE era del 26%.
En resolución adaptativa de problemas, el porcentaje de españoles situados en los niveles más bajos alcanzaba el 35%, frente al 29% de promedio internacional.
GRÁFICO 2. España frente a la OCDE: competencias básicas
Adultos en niveles bajos de comprensión lectora:
| Territorio | Porcentaje |
|---|---|
| España | 31% |
| Media OCDE | 26% |
España: ████████████████ 31%
OCDE: █████████████ 26%
Adultos en niveles bajos de resolución de problemas:
| Territorio | Porcentaje |
|---|---|
| España | 35% |
| Media OCDE | 29% |
España: ██████████████████ 35%
OCDE: ███████████████ 29%
Barras visuales aproximadas; porcentajes exactos. Evaluación PIAAC de la OCDE, 2023.
Conviene evitar una interpretación simplista: no significa que el 31% de los españoles sea analfabeto o incapaz de comprender cualquier texto.
Significa que una proporción relevante encuentra dificultades ante tareas lectoras de mayor complejidad.
Y existe otro dato que impide anunciar alegremente el hundimiento intelectual del país: la propia OCDE señala que los resultados medios españoles en lectura y matemáticas permanecieron relativamente estables respecto a la evaluación anterior, realizada una década antes.
Es decir, tenemos dificultades documentadas, pero no una prueba científica de que nuestra inteligencia esté desplomándose año tras año.
La diferencia importa.
Un reportaje sobre la desaparición del pensamiento crítico perdería toda su credibilidad si utilizase estadísticas de manera tan poco crítica como los fenómenos que pretende denunciar.
El problema no es tener menos inteligencia, sino utilizarla menos
Quizá aquí se encuentre el auténtico núcleo del fenómeno.
No necesitamos imaginar una humanidad biológicamente menos inteligente para explicar la abundancia de disparates.
Basta con observar cómo ha cambiado el entorno en el que nos informamos.
Disponemos de una cantidad prácticamente inagotable de contenidos, pero nuestra atención sigue siendo limitada.
Los algoritmos seleccionan una parte de lo que vemos. Las comunidades digitales refuerzan determinadas interpretaciones. Los mensajes emocionalmente intensos favorecen respuestas inmediatas.
Y la inteligencia artificial permite fabricar imágenes, voces y vídeos convincentes a un coste extraordinariamente reducido.
El resultado es un entorno en el que pensar críticamente exige un esfuerzo deliberado.
Sin embargo, tampoco sería correcto concluir que las redes sociales anulan necesariamente nuestra capacidad de razonar. Una revisión científica publicada en 2025, basada en 67 artículos experimentales y cerca de 194.000 participantes, encontró que las personas, en promedio, distinguían las noticias verdaderas de las falsas mejor de lo que sugeriría una visión completamente pesimista.
La capacidad de distinguir existe.
El problema aparece cuando dejamos de emplearla.
Y ahí intervienen mecanismos psicológicos conocidos: el sesgo de confirmación, que nos lleva a favorecer lo que coincide con nuestras creencias; el razonamiento motivado, por el que defendemos conclusiones deseadas; y la presión del grupo, que puede dificultar expresar dudas ante una opinión mayoritaria.
No son enfermedades nuevas.
Lo nuevo es la capacidad tecnológica para multiplicar sus consecuencias.
La gran paradoja: cada vez sabemos más cosas, pero podemos comprender menos de lo que creemos
La historia de la humanidad también es la historia de una extraordinaria acumulación de conocimiento.
La esperanza de vida, los avances científicos, la medicina moderna, las telecomunicaciones y la exploración espacial serían imposibles sin generaciones de personas capaces de observar, cuestionar, experimentar y corregir errores.
Nunca habíamos dispuesto de tantas herramientas para investigar una afirmación.
Pero conocer la existencia de una herramienta no equivale a utilizarla.
Podemos consultar investigaciones científicas desde un teléfono y, cinco minutos después, aceptar que una conspiración internacional ha provocado un incendio porque dos noticias contienen el número 52.
Podemos acceder a información de cualquier universidad del mundo y decidir que un desconocido de las redes tiene más credibilidad porque habla con absoluta seguridad.
Podemos comprobar una noticia en segundos y preferir compartirla porque confirma aquello que deseamos creer.
La información no produce automáticamente conocimiento. Y el conocimiento no produce automáticamente pensamiento crítico.
Entre unas cosas y otras existe una actividad incómoda y poco espectacular: pensar.
¿Está aumentando exponencialmente la imbecilidad?
Desde el punto de vista científico, no podemos afirmarlo.
La imbecilidad no constituye una variable estadística bien definida y no existe una serie histórica mundial que demuestre que su prevalencia crece de forma exponencial.
Lo que sí puede crecer exponencialmente, durante determinadas fases de difusión, es el alcance de un mensaje.
Una falsedad compartida por diez personas puede llegar a otras cien, después a mil y finalmente a decenas de miles, dependiendo del funcionamiento de las redes y de la reacción de sus usuarios.
Las investigaciones sobre desinformación y viralidad muestran que ese proceso puede ser extraordinariamente rápido.
Pero confundir la velocidad de difusión de una estupidez con un aumento equivalente del número de personas estúpidas sería cometer precisamente el error de razonamiento que estamos examinando.
La distinción parece técnica, pero tiene una consecuencia formidable:
Tal vez no estemos viviendo una explosión exponencial de la imbecilidad. Tal vez hayamos construido la máquina de amplificación de imbecilidades más poderosa de la historia.
Antes, una teoría absurda podía morir en una conversación.
Ahora puede encontrar miles de seguidores, adquirir apariencia de movimiento intelectual, conseguir financiación y sobrevivir incluso después de haber sido desmentida.
Y cuanto más se repite, más familiar resulta.
Hasta que la familiaridad acaba confundiéndose con la verdad.
La peor consecuencia: cuando todo es discutible, hasta los hechos
Existe un riesgo todavía mayor que la circulación de falsedades individuales.
Es la erosión de la confianza en la posibilidad misma de conocer la realidad.
Si una fotografía puede ser falsa, una grabación puede estar manipulada y un supuesto experto puede ser un personaje creado por inteligencia artificial, cada vez resulta más difícil distinguir los hechos de las interpretaciones.
El peligro es terminar instalados en una sociedad en la que todo se discute con idéntica intensidad, independientemente de las pruebas disponibles.
La opinión de un especialista puede acabar enfrentada a la ocurrencia de un usuario anónimo como si ambas dispusieran del mismo fundamento.
Una investigación científica puede ser respondida con un vídeo de quince segundos.
Y una mentira puede sobrevivir a todos sus desmentidos simplemente porque proporciona una historia más emocionante.
Sin embargo, pensamiento crítico no significa desconfiar automáticamente de todas las instituciones ni aceptar sin reservas lo que afirman las autoridades.
Significa exigir pruebas, también a quienes comparten nuestras convicciones.
Significa poder reconocer que un adversario político tiene razón en un asunto concreto o que alguien de nuestro propio entorno está difundiendo una falsedad.
Y significa aceptar una de las frases menos populares de nuestra época: no tengo información suficiente para opinar.
El desafío de nuestra época: recuperar el derecho a pensar antes de reaccionar
No sabemos si nuestros abuelos eran más inteligentes ni si las generaciones futuras lo serán menos.
Lo que sí sabemos es que nuestras herramientas de comunicación han multiplicado la capacidad de transmitir información y desinformación.
Y que una parte del debate público se desarrolla en entornos que favorecen la rapidez, la emoción y la confrontación.
El problema afecta a todos: ciudadanos, dirigentes políticos, comunicadores, empresas tecnológicas y medios de comunicación.
Especialmente a estos últimos, porque el periodismo tampoco está vacunado contra la tentación de sustituir la investigación por el titular espectacular.
Recuperar el pensamiento crítico exige algo más que señalar los disparates ajenos. Supone revisar nuestras propias certezas, corregir los errores y desconfiar de las explicaciones excesivamente cómodas.
No es fácil. Nunca lo ha sido.
Pero hay una diferencia esencial entre equivocarse y renunciar a pensar.
Todos podemos caer en una falsedad.
Lo verdaderamente preocupante comienza cuando dejamos de considerar necesario comprobarla.
La imbecilidad humana probablemente no sea nueva. Lo revolucionario es que ahora dispone de conexión permanente, distribución mundial y un público potencial de millones de personas.
Y quizá esa sea la paradoja definitiva de nuestro tiempo: hemos conseguido que cualquier ser humano lleve casi todo el conocimiento de la humanidad en el bolsillo, pero todavía no hemos conseguido que lo consulte antes de decir una tontería.

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