El reptil marino encontrado en los acantilados de Vega, en Ribadesella, es el mayor ejemplar conocido de su especie y el primero localizado fuera del Reino Unido. Sin embargo, la investigadora Laura Piñuela ha revelado que no puede incorporarse a la exposición del Museo del Jurásico de Asturias por falta de espacio. El fósil, de extraordinario valor científico, solo podrá contemplarse durante determinadas visitas al laboratorio. El descubrimiento abre un debate incómodo: ¿está Asturias preparada para mostrar todo el patrimonio que sus científicos siguen sacando a la luz?
Domingo, 11 de octubre de 2026
Llevaba 192 millones de años oculto entre las rocas de Asturias. Diecisiete años de investigación permitieron identificarlo y demostrar que es un ejemplar excepcional para la paleontología mundial. Pero ahora que conocemos su historia, resulta que no tenemos dónde enseñarlo.
Es la sorprendente paradoja que rodea al Ichthyosaurus anningae descubierto en los acantilados de la playa de Vega, en Ribadesella, uno de los hallazgos paleontológicos más importantes realizados en el Principado en los últimos años.
El animal, un reptil marino de aproximadamente dos metros de longitud que habitó los mares asturianos durante el Jurásico Inferior, es el mayor ejemplar conocido de su especie y el primero identificado fuera del Reino Unido. Su descubrimiento ha sido documentado por un equipo científico internacional y publicado en una prestigiosa revista especializada.
Sin embargo, hay un problema que nada tiene que ver con la ciencia.
El Museo del Jurásico de Asturias (MUJA) no dispone de espacio suficiente para incorporarlo a su exposición pública.
Así lo explicó este sábado la investigadora Laura Piñuela durante una conferencia celebrada en la Casa de Cultura de Ribadesella, donde presentó a los vecinos los resultados del estudio realizado sobre este extraordinario fósil.
Según la paleontóloga, el museo se ha quedado pequeño para albergar todo el material que continúa apareciendo en la Costa de los Dinosaurios. Por este motivo, el ictiosaurio no podrá formar parte del recorrido expositivo habitual y únicamente será accesible durante las visitas guiadas que, de manera ocasional, se realizan al laboratorio.
La noticia deja una pregunta difícil de eludir: ¿cómo es posible que uno de los grandes hallazgos paleontológicos de Asturias no encuentre sitio en el museo creado precisamente para mostrar este patrimonio?
Una historia extraordinaria que comenzó con un paseo por la playa de Vega
Todo empezó en 2009.
José Antonio Sánchez Féliz, un vecino de Madrid que visitaba la costa riosellana, caminaba por los acantilados próximos a la playa de Vega cuando descubrió unos extraños huesos oscuros incrustados en la roca.
No podía imaginar que acababa de encontrar restos de un animal que había vivido mucho antes de que existieran los seres humanos y cuando la geografía asturiana era completamente diferente de la actual.
El visitante recogió los primeros restos y los hizo llegar al Museo del Jurásico de Asturias.
Aquel hallazgo casual puso en marcha un largo proceso científico que requeriría años de excavaciones, preparación de los fósiles, reconstrucción anatómica y comparación con otros ejemplares conservados en colecciones internacionales.
Los investigadores terminaron recuperando diferentes huesos del cráneo, dientes, parte de una aleta, numerosas costillas y vértebras.
Algunos fragmentos craneales conservaban incluso estructuras tridimensionales que permitieron estudiar características anatómicas hasta entonces desconocidas en esa especie.
El material era especialmente delicado. Los huesos de los ictiosaurios, principalmente los del cráneo, son extraordinariamente frágiles, lo que obligó a realizar una labor de preparación minuciosa en el laboratorio.
Pero el esfuerzo tuvo recompensa.
Los investigadores descubrieron que aquel animal pertenecía a una especie nunca antes identificada fuera de las islas británicas.
El mayor de su especie: un hallazgo que coloca a Ribadesella en el mapa científico internacional
El ejemplar asturiano pertenece a Ichthyosaurus anningae, un reptil marino cuyo aspecto recordaba al de los actuales delfines, aunque no estaba emparentado directamente con ellos.
No era un dinosaurio, sino un reptil perfectamente adaptado a la vida acuática.
Poseía un cuerpo hidrodinámico, aletas y una anatomía que le permitía desplazarse con eficacia por los mares jurásicos.
El fósil de Ribadesella presenta características que lo convierten en una pieza especialmente valiosa.
Los investigadores pudieron determinar su identidad gracias, entre otros elementos, a la forma del húmero y a diferentes rasgos de los huesos craneales.
Posteriormente, al compararlo con ejemplares encontrados en el sur de Inglaterra, comprobaron que se trataba de un individuo adulto de aproximadamente dos metros de longitud.
Era el mayor Ichthyosaurus anningae conocido hasta la fecha.
El descubrimiento demuestra, además, que esta especie no habitaba exclusivamente los mares próximos al territorio que hoy ocupa el Reino Unido, como se había documentado hasta entonces.
También nadaba en las aguas que cubrían Asturias hace 192 millones de años.
La investigación ha sido realizada por científicos del Museo del Jurásico de Asturias, del CONICET y el Museo de La Plata de Argentina y del Rochester Institute of Vertebrate Paleontology de Estados Unidos.
Entre sus autores figuran Marta Fernández, Lisandro Campos, Judy Massare, Laura Piñuela, Ángel García-Pérez y José Carlos García-Ramos.
Los resultados fueron publicados en septiembre en la revista científica internacional Acta Palaeontologica Polonica.
El museo donde la ciencia encuentra respuestas, pero no siempre espacio
El hallazgo fue presentado oficialmente el pasado 9 de septiembre en el MUJA, en un acto al que asistieron representantes institucionales y responsables científicos.
Un mes después, este sábado 10 de octubre, llegó el turno de Ribadesella, el municipio donde apareció el ejemplar.
La Asociación Cultural Amigos de Ribadesella, en colaboración con el equipo científico del museo, organizó una conferencia titulada «Navegando entre ictiosaurios», en la que Laura Piñuela explicó los trabajos realizados para identificar y reconstruir el animal.
Fue durante ese encuentro cuando trascendió la dificultad que impide incorporar el fósil a la exposición.
La investigadora explicó que el MUJA se ha quedado pequeño para mostrar todos los hallazgos que continúa proporcionando el litoral jurásico asturiano.
Se trata de una circunstancia especialmente significativa porque el museo no es únicamente un espacio turístico dedicado a los dinosaurios.
También es un centro de investigación científica que conserva, estudia y prepara fósiles de enorme relevancia.
Sus colecciones siguen creciendo a medida que las campañas paleontológicas descubren nuevos materiales en los acantilados del Principado.
Y el problema que ahora se hace visible es precisamente el éxito de esa actividad investigadora.
Cuanto más descubre Asturias, más espacio necesita para conservar, estudiar y divulgar su patrimonio.
Conviene distinguir, no obstante, entre conservar una pieza en condiciones adecuadas y disponer de espacio para exhibirla. Que un fósil permanezca en el laboratorio no significa que esté abandonado ni mal conservado.
Lo que se pone sobre la mesa es una limitación en su acceso público: la imposibilidad de mostrar de forma habitual uno de los hallazgos científicos más singulares de la región.
Por ahora, no consta una explicación pública específica de la dirección del MUJA sobre posibles alternativas expositivas o proyectos para resolver esta situación.
Y mientras tanto, Asturias continúa encontrando fósiles extraordinarios
La situación del ictiosaurio de Vega adquiere todavía más importancia si se observa lo que está sucediendo en otros puntos de la costa oriental.
El pasado junio, el equipo científico del MUJA protagonizó una compleja operación para recuperar nuevos restos de un gran dinosaurio saurópodo encontrados también en los acantilados de Ribadesella.
La intervención necesitó incluso la colaboración del helicóptero del Servicio de Emergencias del Principado de Asturias para trasladar parte del material fósil.
Los investigadores trabajan en la preparación y estudio de estos huesos, cuya extracción presenta enormes dificultades por las condiciones del terreno y las características de las rocas.
Es otro ejemplo de la riqueza científica que continúa apareciendo en un territorio que todavía guarda una parte importante de su pasado geológico.
La Costa de los Dinosaurios, que se extiende por el litoral oriental y central asturiano, conserva huellas, huesos y otros testimonios de la vida prehistórica capaces de reconstruir ecosistemas desaparecidos hace millones de años.
La cuestión es que cada nuevo hallazgo plantea necesidades adicionales de investigación, conservación, almacenamiento y divulgación.
El ictiosaurio de Vega no demuestra por sí solo cuántas piezas relevantes permanecen fuera de las salas del MUJA, pero sí invita a formular una pregunta: ¿cuántos otros fósiles de interés científico conservados en sus fondos podrían mostrarse al público si existiesen más espacios expositivos?
Cuando Asturias era un mar poblado de reptiles gigantes
Hace 192 millones de años, el paisaje que hoy conocemos como Asturias no se parecía en nada al actual.
Buena parte del territorio estaba cubierta por una extensa plataforma marina de aguas relativamente poco profundas, generalmente inferiores a cien metros.
En el fondo de aquel mar se acumulaban sedimentos fangosos, en ambientes con escasez de oxígeno.
Fue precisamente uno de esos fondos marinos el que permitió conservar los restos del ictiosaurio encontrado en Vega.
Los científicos han podido determinar su antigüedad mediante el estudio de las rocas y de los ammonites, unos cefalópodos fósiles que permiten establecer dataciones geológicas muy precisas.
El animal vivió durante el Pliensbachiense, una etapa del Jurásico Inferior.
Y no estaba solo.
Los estudios del MUJA han identificado también otro ictiosaurio perteneciente al género Leptonectes, cuyos restos aparecieron cerca de Rodiles, en Villaviciosa.
La comparación entre ambos resulta especialmente interesante.
Mientras que Ichthyosaurus anningae tenía dientes relativamente robustos, de forma cónica y extremos redondeados, adecuados para una alimentación más variada, Leptonectes presentaba una dentición más fina y delicada, asociada principalmente a la captura de peces.
Eso significa que hace casi doscientos millones de años al menos dos tipos diferentes de ictiosaurios compartían los mares asturianos, junto con plesiosaurios y otros animales hoy desaparecidos.
Este patrimonio convierte la costa asturiana en un escenario privilegiado para estudiar la vida marina del Jurásico europeo.
Un fósil que también cuenta la historia de una mujer extraordinaria
El ictiosaurio riosellano tiene, además, una conexión con una de las figuras más fascinantes de la historia de la paleontología.
Su nombre científico, Ichthyosaurus anningae, rinde homenaje a Mary Anning, la investigadora británica que durante el siglo XIX realizó descubrimientos fundamentales de reptiles marinos fósiles en los acantilados de Dorset, Inglaterra.
Anning desarrolló gran parte de su trabajo en una época en la que las mujeres encontraban enormes obstáculos para recibir reconocimiento científico.
Sus descubrimientos contribuyeron decisivamente al nacimiento de la paleontología moderna.
En 2015, los investigadores Dean Lomax y Judy Massare describieron la especie que lleva su apellido.
Hasta el estudio realizado sobre los restos asturianos, sus fósiles únicamente se habían identificado en el Reino Unido.
Ahora, el ejemplar de Vega amplía el conocimiento de su distribución geográfica.
Existe, por tanto, una hermosa conexión científica entre los acantilados ingleses donde trabajó Mary Anning hace dos siglos y los de Ribadesella, donde un visitante encontró en 2009 los restos de otro ejemplar de aquella especie.
Dos costas separadas por miles de kilómetros de recorrido marítimo actual, pero vinculadas por una historia natural de 192 millones de años.
¿Necesita Asturias ampliar los espacios expositivos del MUJA?
La información trasladada por Laura Piñuela introduce un debate que merece una respuesta de las administraciones responsables del patrimonio cultural y científico del Principado.
El MUJA constituye uno de los principales atractivos turísticos y culturales del oriente asturiano.
Pero su dimensión como centro investigador plantea necesidades distintas de las que tenía cuando fue concebido.
La aparición de nuevos fósiles y la acumulación de materiales científicos obligan a reflexionar sobre la disponibilidad de espacios para exponer los hallazgos más relevantes.
La solución no tiene por qué limitarse necesariamente a ampliar el edificio.
Podrían estudiarse exposiciones temporales, rotaciones de piezas, visitas más frecuentes a determinadas áreas científicas o nuevos recursos de interpretación que permitan acercar estos descubrimientos al público.
Pero antes sería necesario conocer el alcance real del problema.
¿Cuánto espacio adicional necesitaría el MUJA para exhibir sus nuevos hallazgos? ¿Qué otros ejemplares de interés permanecen fuera del recorrido permanente? ¿Existe algún proyecto de ampliación o reorganización de las colecciones? ¿Sería posible organizar una exposición específica dedicada a los reptiles marinos de Asturias?
Son preguntas que adquieren sentido después de conocer que un ejemplar excepcional no dispone de espacio para ser contemplado habitualmente por los visitantes.
Y que, por ahora, solo podrá verse durante las visitas ocasionales al laboratorio.
Un tesoro científico que Asturias merece conocer
La historia del ictiosaurio de Vega reúne todos los ingredientes de una extraordinaria aventura científica.
Un visitante que encuentra por casualidad unos huesos oscuros en un acantilado. Un equipo internacional que dedica años a recuperar y estudiar sus restos. Un animal desconocido hasta entonces fuera del Reino Unido. Una especie que recibe su nombre en homenaje a una de las grandes pioneras de la paleontología.
Y, finalmente, una paradoja difícil de ignorar: después de permanecer enterrado durante 192 millones de años, el ejemplar sigue sin poder ocupar un lugar en la exposición permanente del museo que lo estudió.
El valor del hallazgo está fuera de toda duda. La investigación ha recibido reconocimiento internacional y aporta información esencial sobre la vida marina durante el Jurásico Inferior.
Lo que queda por resolver es cómo trasladar ese conocimiento a la sociedad.
Porque el patrimonio paleontológico no solo se conserva y se investiga. También constituye una oportunidad para divulgar ciencia, despertar vocaciones entre los más jóvenes y reforzar el atractivo cultural y turístico de Asturias.
El ictiosaurio de Vega ya ha conseguido algo extraordinario: colocar a Ribadesella en el mapa mundial de una especie prehistórica.
Ahora queda pendiente otro desafío, mucho más cercano y aparentemente sencillo.
Conseguir que los asturianos y quienes visitan nuestra tierra puedan contemplarlo sin depender de una visita excepcional al laboratorio.
Después de 192 millones de años esperando a ser descubierto, sería una pena que el problema fuese, precisamente, encontrarle un sitio.

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