Un nuevo ser humano

Fuera, tras las cortinillas de la nebulosa ventana, sobre el campo sembrado de castaños y pinos negros, el agua se aletarga entre los duros troncos.  La nubosidad se esparce en el aprisco mientras  dentro de la casa el calor de la lumbre incita a una dúctil duermevela o a la lectura de antiguos libros acumulados sobre una hornacina.

Ojeo, intentando conjurar la alucinación del sueño, una antología de Joseph Brodsky (“No vendrá el diluvió tras nosotros”). Releo a pedazos la “Gran elegía a John Donne”: “La cama se ha dormido; se han dormido mesa, ganchos, pestillos, alfombras, ropero, aparador, la vela y las cortinas”.

Uno sobrevive de mengua, soledad, abandono o desaliento. La causa  quizás sea lo de menos; lo es sin duda ese concepto afligido y subrepticio llamado indiferencia.  Se ha escrito a lo largo de la historia de la existencia tanta filosofía, poesía y novela que, si la amontonáramos y levantáramos una escalera, llegaríamos a las mismas puertas del nirvana para preguntarle a Dios si en verdad Él es Él o una perturbada invención de la angustiada quimera humana.

 Por supuesto, no habrá respuesta. Hace siglos, demasiados,  que los dioses del olimpo a partir de “La Odisea”, “El libro de Job”, “El  Mahabarata” – sin duda uno de los documentos religiosos  importantes   igual a “La Biblia” y “El Corán” y mucho antes “El Poema de Gilgamesh”-, ya no hablan  con los hombres; por eso hay que leer  los poemas de  Du Fu – en opinión del norteamericano Kenneth Rexroth,  “el mayor poeta no épico ni dramático que jamás haya existido en lengua alguna”.

Estamos hechos de salitre, guijarros, arena fina, caracolas, algas, promontorios solitarios y horizonte ancho e inmenso.

Primero fue la palabra vuelta espíritu en el Génesis. “Yo Soy el que soy”, palabras de Jehová en el primer pasaje de la Biblia, y es que siendo  Dios omnipresente, todo se convierte en vocablo bienhechor cuando se expresa  en las páginas de los  libros.

Ahora los científicos, los nuevos dioses, en tubos de ensayo, sobre guarismos y en caldos fermentados, igual a la vieja Cábala, crearán el nuevo hombre, el súper Adán. Le inyectarán sustancias con la ensoñación  de que la maldad decrezca y la bondad aflore por cada uno de  sus poros. Era el sueño de  Parcelso, Miguel Servet, Campanella, Leonardo de Vinci y otros alquimistas del siglo XVI.

Nadie lo sabe bien, pero quizás  podrá llegar un día en que la humanidad ame a sus semejantes con diáfano afecto en lugar de apedrear y destruir. Es una utopía y aún así los nuevos descubrimientos de la ciencia abren esa esperanza.

Friedrich Nietzsche predijo la muerte de Dios, otros lo inventan cada día. Algunos, como Henry Miller, le piden que solamente sea amor. Yo añadiría esperanza,  sostén de los anhelos al ser  la verdadera razón de vivir.

 

rnaranco@hotmail.com

 

 



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