No dan la talla

En una sociedad libre uno de los signos de su vitalidad y de su autenticidad es el papel que desempeñe el Parlamento. Cuando el Parlamento se hace visible se nos aparece como el signo identificador del poder democrático.

El Parlamento debe ocupar un papel relevante en la toma de decisiones con el juego de las mayorías y de la negociación. El principio de las mayorías juega en el tramo final, pero en el intermedio son la negociación, el diálogo, la transacción, el acercamiento de posiciones para favorecer el consenso, los principios intrínsecos al talante negociador, elementos todos ellos imprescindibles en una democracia participativa.

El mayor impulsor de ese protagonismo del Parlamento debe ser su presidente, siempre que se trate de un presidente fuerte institucionalmente, fortaleza que deriva de la elección como fruto de la negociación y no solo de las mayorías.

Si hacemos un repaso a los presidentes del Congreso de las últimas legislaturas, Patxi López se está ganando a pulso ocupar el último puesto. Cierto que sobre él pesa la losa de haber sido elegido con el menor apoyo de toda la democracia -ha sido el menos votado al reunir solo y en segunda votación los apoyos de los Diputados del Grupo Socialista y Ciudadanos- y quizá eso le resta fuste para afrontar esa función impulsora de la negociación y del acercamiento. Pero cierto también que sus intervenciones hasta ahora dejan mucho que desear, no solo al reinterpretar el plazo de cuarenta y ocho horas para someter a nueva votación al candidato a la investidura, lo cual ya es «meritorio», sino en la dirección de los debates en los que ha mostrado una falta de clase flagrante.

Un presidente del Congreso debe ser imparcial, neutral, independiente, prudente, con buen sentido, objetivo, consciente del papel institucional de preeminencia que le otorga la Constitución. En el último debate de investidura rozó lo caricaturesco al entrar en diálogo con los Diputados que, sabedores de su falta de consistencia, hicieron continuos alegatos a su derecho a intervenir por alusiones, evidenciando con ello la falta de tacto del presidente para tratar estas cuestiones. Un presidente del Congreso debe saber estar, saber hablar y saber actuar.

Si hay nuevas elecciones, lo sensato será dedicarlo a otras tareas de menor protagonismo institucional.

También este período de transición ha permitido conocer la auténtica personalidad del presidente en funciones, Rajoy. Es ciego, sordo, y en ocasiones, mudo. No se entera de que su ciclo está acabado y, ni será presidente de Gobierno en esta legislatura, ni podrá ser el candidato del PP en unas hipotéticas nuevas elecciones. Está en una fase de huida de la realidad que no sabemos si es esporádica, y por tanto se tratará de un mero escapismo, o si, por el contrario, estamos en presencia de una afección psicológica que lo situaría en un episodio psicótico, que la doctrina especializada bautiza con el nombre de «delirio autoinducido».

La única manera de servir a España y a los españoles es poner fin a su vida política y proceder a una renovación total del Partido para que los episodios de corrupción que a diario lo salpican no les sean directamente imputables. De no ser así, corre el riesgo de convertir la gaviota en urraca.

La democracia no es cómoda y quienes dicen estar comprometidos con ella deben hacer sacrificios elevados y costosos.

Decía Aldo Moro que «la política debe ser un homenaje a la verdad y a la belleza de la vida».

¡Manos a la obra!

 

 

 



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