Refugiados

El problema sirio, además de la guerra, tiene unos tristes protagonistas, los refugiados.

Las noticias que a diario nos ofrecen los medios de comunicación son desgarradoras y a nadie dejan indiferente.

La imagen del niño Aylan Kurdi, muerto en la orilla del mar que teóricamente lo iba a conducir juntamente con sus familiares a una vida mejor, es estremecedora.

Aun así, hay personas, como la periodista húngara Petra, que, rememorando el nombre de aquella osa que hacía las delicias de los niños en el parque de San Francisco, se comporta como un animal.

Hay un sentimiento colectivo de ayuda al refugiado que ha surgido espontáneamente a la vista de las penurias de toda esta gente desplazada por la guerra. Pero de nada sirven los gestos individuales si no se acomodan a una planificación previa de las medidas a adoptar que deben ser comunes en todos los países de acogida.

¿Qué modelo de vida se les va a ofrecer a los refugiados? ¿Vivienda, comida, quizá trabajo?

Leía días atrás la noticia de que uno de cada cuatro ciudadanos europeos está en riesgo de pobreza. En España existen cuatro millones y medio de parados y hay ciudadanos que duermen en los cajeros. A la vista de estos datos, ¿qué régimen de acogida podemos ofrecer a los refugiados? En el supuesto de que, además de vivienda y comida, se les ofrezca trabajo, ¿en qué ámbito?, ¿en el público, desconociendo los principios de mérito y capacidad?, ¿en el privado?, ¿qué empresa está en condiciones de asumirlos?

Cuando decaiga la presión mediática, ¿cuánto tiempo durará este sentimiento colectivo de solidaridad?

Pedir asilo es un derecho, pero la propia Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, además de regular la adquisición de tal condición, nos da la solución de futuro, y a ella debería atenerse la Unión Europea para no sembrar la semilla de la degradación a la que sin duda llegará la sociedad cuando el tema se alargue en el tiempo.

Establece la Convención que se pierde la condición de refugiado cuando desaparezcan las circunstancias en virtud de las cuales fue efectuado tal reconocimiento sin que el interesado pueda negarse a acogerse a la protección del país de su nacionalidad.

Por tanto, la solución pasa por acabar con la guerra en Siria.

De las tres facciones en lucha, los revolucionarios rebeldes, el Estado Islámico y Bachar Al Assad, resulta que el menos malo actualmente es Al Assad, en el que se centran las políticas de acercamiento de algunos estados europeos, aparte de que cuenta con un aliado inquebrantable como es Putin.

Esta realidad nos va a enfrentar a una enorme paradoja. Los países occidentales, que fueron los que durante la primavera árabe animaron y armaron a los movimientos revolucionarios para derrocar a Al Assad, serán ahora los que busquen una alianza con el dictador para restablecer la paz en Siria.

Este es el único camino para solucionar el problema de los refugiados. No olvidemos que transcurridos seis meses desde la obtención de tal condición los refugiados pueden moverse libremente por Europa y, en ausencia de una política común sobre este asunto, tenderán a recalar en aquellos países que mayores coberturas y seguridades les ofrezcan, lo que puede generar el caos.

Quizá estos acontecimientos hagan buena aquella frase que proclama que es mejor la injusticia  que el desorden.



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