Abogados ¿héroes o villanos?

En España se ha consolidado el fenómeno descrito por Friedman como “justicia total”, en base al cual se ha generalizado la expectativa de que los daños deben ser prevenidos; las pérdidas, compensadas, y los derechos, protegidos. El azar, el accidente, lo imprevisible, lo inevitable tienden a ser factores de disculpa cada vez menos aceptados por la sociedad.

Vivimos en un mundo acolchado legalmente, en una sociedad hiperjuridificada, en la cultura de la reclamación.

No es extraño, por tanto, que el clima descrito constituya el caldo de cultivo abonado para que los abogados proliferen como setas. Si hasta hace unos años todo el mundo tenía su médico o su dentista, hoy nadie que se precie deja de tener su abogado.

El legicentrismo, la legislación motorizada y el pocas veces entendido principio de que “la ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento” aconsejan no dar un paso, no hacer una declaración, por nimia que sea, si no es en presencia del abogado.

A pesar de que el abogado es, por tanto, una figura imprescindible, tal profesión ha sido tratada por la sociedad de distinta manera.

Así, el cine, a través de grandes actores como Gregory Peck (“Matar a una ruiseñor”), James Stewart (“Anatomía de un asesinato”), Spencer Tracy y Katharine Hepburn (“La costilla de Adán”), Paul Newman (“Veredicto final”) o, más recientemente, Tom Cruise, en esa estupenda película, “La Tapadera”, ha creado una imagen idílica de la profesión.

Sin embargo, la literatura ofrece una imagen más ruin.

Núñez de Balboa decía que “Los abogados no solo son malvados y corruptos por sí mismos, sino que consiguen idear mil fechorías”.

Shakespeare afirmaba que “La primera cosa que tenemos que hacer es matar a los abogados”.

Dostoievski nos pintaba con una ética cuestionable: “El abogado es una conciencia alquilada”.

Napoleón era más drástico: “Tiremos a los abogados al río”.

Tampoco la religión nos ha hecho ascos.

Lutero decía que “Abogado, mal cristiano”.

A Hitler se le atribuía la frase “No descansaré hasta que cada alemán comprenda que es una vergüenza ser abogado”.

Por último, Franklin afirmaba que “Las obras de Dios sorprenden de vez en cuando: mira, un abogado honesto”.

El humorismo pinta aún una realidad más devastadora.

Hay chistes escatológicos:

"-¿Cuál es la diferencia entre un abogado y un balde de mierda?

-El balde.

 

Los hay que utilizan la metáfora faunística:

-¿Cuál es la diferencia entre un abogado y un vampiro?

-El vampiro te chupa la sangre sólo de noche.

 

-¿Por qué los tiburones no atacan a los abogados?

-Por cortesía profesional.

 

Los hay que toman como referencia el foro:

Durante un juicio, el abogado se dirige a un testigo al que estaba interrogando y le dice:

-Usted parece ser una persona bastante honrada.

A lo que el testigo contesta:

-Gracias. Si no estuviera bajo juramento, le devolvería el cumplido.

 

Lo cierto es que los abogados, fuera cual fuere el resultado de su actuación profesional, serán objeto de crítica: si ganan, serán muy caros; si pierden, serán unos inútiles.

Para algunos la abogacía es una técnica; para otros, incluso una ciencia, pero sepan mis colegas que para el buen abogado su profesión, además de un arte, debe empezar por el arte de ser una buena persona.



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