Mediterráneo

El fin de semana anterior subimos a las dunas en la Albufera de Valencia, en un  corto recorrido sobre la España trashumante de mis recuerdos.

 

La vista, en esa hora en que el sol se alzaba, era placentera. Una brisa  envuelta en salitre, movía las ramas del carrasco, en esta tierra de pinares y palmitos.

 

A nuestro lado, ella lo dijo con nitidez: “Esas aguas al fondo, detrás de los enebros encendidos, es el mar Mediterráneo”.

 

Bien lo sabía. Ahora regresaba nuevamente desde la orilla fosforescente del Caribe, a la playa levantina de tantas querencias, y era como si la esencia de lo que soy formara parte de su arena.

 

En estos senderos sobre las dunas de El Saler, saltando entre  densos juncales, nidos de ánades, patos y cercetas de la laguna cercana, uno supo que las mujeres hermosas renacen en los primeros días de febrero  y desaparecen, como la baja niebla, a finales de agosto o en la primera semana de septiembre.

 

¿Y dónde van? Nadie lo sabe. Ahora en la Europa vieja es invierno.

 

A eso jugábamos entonces. A ser hombres fogosamente enamorados sin descanso, con miedo de que todo fuera un sueño y se hiciera ceniza.

 

Y el mar Mediterráneo,  vigilante y cómplice de cada una de esas embestidas, nos miraba serenamente detrás de los cañaverales.

 

La poesía era entonces el sentido de la palabra, un ramalazo del alma, cierto hervir de la sangre, una forma de trasformar la saliva en el fondo de las entrañas y amasar con ella palabras tan potentes como la luminosidad y las noches profundas cerradas en lluvia.

 

Entremezclábamos bramidos sin miedo - ése llegaría después y nos destrozaría a zarpazos – con la finalidad de probarnos a nosotros mismos y sentir la ilusión  correr en las venas con la furia desbocada de una catarata sin fin.

 

José Hierro - acero y miel al mismo tiempo -  el poeta de nuestros desahogos, lo predijo: “No fue jamás mejor aquello. / Esto de ahora es doloroso; / pero el dolor nos hace hombres / y ya ninguno estamos solos. / Alto fue el precio que pagamos: / miseria y llanto en los ojos, / nuestros mejores años verdes / y nuestros sueños más hermosos”.

 

Tenía juicio, Cuando lo supimos era demasiado tarde. Habíamos subido también nosotros al último tranvía de Malvarrosa.

 

Partía fijamente desde el casco viejo de Valencia,  ciudad de la flor de azahar, y nos acercaba paulatinamente a la playa de las querencias furtivas. Allí nos dejaba solos frente a la inmensidad de ese lago que baña las costas de Capri, Creta y los desnudos arenales de Trípoli.

 

En esa carroza de hojalata pintada de amarillo, nos sentíamos igual a peces en la profundidad del Mediterráneo.

 

Un amanecer en sus orillas, mientras la espuma tejía jeroglíficos indescifrables, supimos de un océano y una tierra de gracia llamándonos a gritos.

 

Nos levantamos, tomamos las alforjas y no reposamos hasta llegar a los acantilados de Macuto. Los cocoteros y un cielo purísimo, nos esperaban.


Igualmente las penas trenzadas y sus devaneos furtivos.



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