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La epidemia invisible que golpea a los trabajadores: las bajas por síntomas emocionales se disparan un 490 % y Asturias enciende todas las alarmas

La epidemia invisible que golpea a los trabajadores: las bajas por síntomas emocionales se disparan un 490 % y Asturias enciende todas las alarmasSalud
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La ansiedad, la depresión y el agotamiento psicológico están transformando el mapa de las bajas laborales en España. En 2024 se iniciaron más de 643.000 procesos de incapacidad temporal por trastornos mentales y del comportamiento. El fenómeno afecta especialmente a los trabajadores jóvenes y tiene una dimensión preocupante en Asturias: entre los empleados de 25 a 35 años, las bajas por salud mental se duplicaron entre 2020 y 2024 y ya duran una media de 101 días.

La sobrecarga laboral, la inseguridad económica, la presión por los resultados, los horarios y la imposibilidad de desconectar aparecen entre los factores de riesgo identificados por los estudios científicos. Mientras empresas y administraciones afrontan una factura creciente, los especialistas plantean una cuestión incómoda: ¿estamos tratando a trabajadores enfermos sin corregir las condiciones que contribuyen a enfermarlos?

Asturias Mundial | 22 de octubre de 2026

El despertador suena a las siete de la mañana.

Hay que levantarse, prepararse, conducir hasta el trabajo y afrontar otra jornada. Ocho horas, quizá nueve. Una reunión que se alarga, una llamada de última hora, objetivos que no se alcanzan y mensajes pendientes que siguen llegando al teléfono cuando ya debería haber terminado el horario laboral.

Al principio aparece el cansancio.

Después llegan las dificultades para dormir, la irritabilidad, la falta de concentración y esa sensación de que cada jornada exige un esfuerzo mayor que la anterior.

Hasta que un día resulta imposible continuar.

No es una historia individual documentada, sino una escena que resume un fenómeno creciente en los centros de trabajo españoles: personas cuya salud mental se deteriora hasta el punto de impedirles desarrollar temporalmente su actividad profesional.

Las bajas por motivos psicológicos han dejado de ser una cuestión secundaria para convertirse en uno de los grandes problemas laborales, sanitarios y económicos de España.

Y Asturias no permanece al margen.

Las cifras oficiales muestran que algo importante está cambiando en la relación entre trabajo y salud.

El Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST) ha documentado que, entre 2018 y 2024, las bajas vinculadas a síntomas emocionales aumentaron cerca de un 490 %. En el mismo periodo, los diagnósticos de estrés grave crecieron un 230 % y los trastornos de ansiedad, un 120 %.

Son incrementos extraordinarios que requieren una precisión: estas categorías no representan la totalidad de las bajas por problemas de salud mental. El 490 % corresponde a un grupo concreto de síntomas y no significa que todas las bajas psiquiátricas se hayan multiplicado por seis.

Pero el problema es mucho más amplio que una sola estadística.

En España se iniciaron 643.861 procesos de incapacidad temporal por trastornos mentales y del comportamiento durante 2024, según la hoja de ruta sobre trabajo y salud mental publicada por el Ministerio de Sanidad.

Representaron el 9,33 % de los 6.897.615 procesos de incapacidad temporal contabilizados ese año.

Casi una de cada diez bajas iniciadas estuvo relacionada con un diagnóstico de salud mental.

Y en determinados grupos de trabajadores, los problemas psicológicos generan ya una proporción especialmente elevada de las jornadas laborales perdidas.

La Organización Mundial de la Salud lleva años advirtiendo de que las condiciones de trabajo pueden contribuir decisivamente al deterioro emocional.

La pregunta es qué está ocurriendo para que, en una sociedad con más conocimientos médicos, mayor desarrollo tecnológico y mejores instrumentos de prevención, tantos trabajadores estén teniendo dificultades para conservar su bienestar psicológico.

Asturias: las bajas por salud mental entre los jóvenes se duplican en apenas cuatro años

La situación asturiana permite comprobar que el fenómeno no es exclusivo de las grandes ciudades ni de los mercados laborales más poblados.

Los datos de la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF) muestran una evolución especialmente preocupante entre los trabajadores de 25 a 35 años.

En 2020 se contabilizaron en Asturias 1.160 procesos de incapacidad temporal por problemas de salud mental en ese grupo de edad.

En 2021 fueron 1.480.

En 2022 alcanzaron los 1.810.

En 2023 se elevaron a 2.080.

Y en 2024 llegaron a 2.380 procesos.

Año Procesos por salud mental entre trabajadores asturianos de 25 a 35 años
2020 1.160
2021 1.480
2022 1.810
2023 2.080
2024 2.380

El aumento acumulado supera el 105 %.

En solo cuatro años, la cifra se ha multiplicado por más de dos.

No son estimaciones sobre personas que dicen encontrarse estresadas, sino procesos de incapacidad temporal registrados administrativamente.

Hay una diferencia importante: un trabajador puede experimentar más de un episodio de baja, por lo que no debe interpretarse automáticamente cada proceso como una persona diferente.

Pero la tendencia resulta inequívoca.

Cada año se registran más incapacidades temporales por problemas de salud mental entre los jóvenes trabajadores asturianos.

Y el crecimiento no afecta únicamente al número de episodios.

También se ha alargado considerablemente su duración.

Según el análisis regional de la AIReF, las bajas de este grupo alcanzaron en 2024 una duración media de 101,39 días.

Más de tres meses.

La cifra sitúa a Asturias entre las comunidades donde los episodios por salud mental de los trabajadores jóvenes resultan más prolongados.

Solo Galicia, con unos 129 días, y Extremadura, con una duración prácticamente idéntica a la asturiana, aparecen entre los territorios con procesos de mayor duración en esa comparación.

El dato introduce un problema añadido.

No se trata únicamente de cuántos trabajadores enferman o necesitan interrumpir su actividad.

Se trata también de cuánto tardan en recuperarse lo suficiente para reincorporarse.

Más de cien días de baja: cuando la recuperación psicológica se convierte en un proceso largo

Una baja por un proceso gripal y otra por una depresión grave pueden tener consecuencias laborales completamente diferentes.

Las enfermedades mentales pueden requerir tratamientos prolongados, seguimiento clínico, ajustes terapéuticos y cambios en las circunstancias que contribuyen a mantener el problema.

No siempre basta con descansar unos días.

La AIReF ha estudiado la evolución de las incapacidades temporales entre 2017 y 2024 y ha identificado un crecimiento importante de la duración de los episodios relacionados con trastornos mentales.

En el conjunto de España, la duración media de estos procesos pasó de unos 67 días en 2017 a 98,5 en 2024, conforme a la metodología utilizada por el organismo.

Son más de treinta días adicionales.

Un incremento cercano al 47 %.

El Ministerio de Sanidad, utilizando otra referencia estadística, sitúa la duración promedio de las bajas por salud mental en torno a 108 días.

Las diferencias entre ambas cifras responden a las poblaciones y metodologías analizadas, por lo que no deben mezclarse como si fueran el mismo indicador.

En cualquier caso, las dos apuntan en la misma dirección: los problemas de salud mental pueden provocar incapacidades prolongadas, con importantes consecuencias para los afectados y para las organizaciones en las que trabajan.

Una ausencia de tres meses obliga a reorganizar turnos, redistribuir tareas o incorporar sustituciones.

En una gran empresa puede existir cierta capacidad para absorber el problema.

En un pequeño comercio, un restaurante o una empresa familiar de cinco trabajadores, la ausencia prolongada de una persona puede comprometer buena parte de la actividad diaria.

Pero existe otra consecuencia que a menudo queda fuera de las estadísticas.

Cuando un trabajador permanece de baja durante meses, sus compañeros pueden verse obligados a asumir temporalmente tareas adicionales.

Si esa carga no se gestiona correctamente, puede convertirse en una nueva fuente de tensión.

Así se genera un círculo peligroso.

Una persona causa baja.

Aumenta el trabajo de quienes permanecen en sus puestos.

La presión se intensifica.

Y el riesgo de nuevos problemas de salud puede aumentar.

¿Por qué enferman los trabajadores? Los estudios señalan a la organización del trabajo

Sería incorrecto atribuir todas las bajas psicológicas al empleo.

Los trastornos de ansiedad, la depresión y otras enfermedades mentales tienen causas múltiples.

Pueden intervenir antecedentes personales, factores biológicos, circunstancias familiares, dificultades económicas, acontecimientos vitales y condiciones laborales.

Pero tampoco sería riguroso ignorar el peso que puede tener el trabajo.

La evidencia científica recogida por el INSST y el Ministerio de Sanidad identifica varios factores de riesgo especialmente relevantes.

La sobrecarga de trabajo. Exigencias superiores a los recursos disponibles, plazos difíciles de cumplir y presión continuada por los resultados.

La falta de autonomía. Trabajadores que reciben responsabilidades elevadas, pero carecen de margen suficiente para organizar sus tareas o tomar decisiones.

La inseguridad laboral. Miedo a perder el empleo, incertidumbre sobre la continuidad contractual o dificultades para prever el futuro profesional.

La ausencia de apoyo. Entornos donde los trabajadores reciben exigencias constantes, pero escaso respaldo de responsables o compañeros.

Los conflictos y la violencia. Situaciones de hostilidad, acoso, agresiones, amenazas o trato humillante.

Los horarios y la desconexión. Jornadas prolongadas, trabajo a turnos, descansos insuficientes y comunicaciones profesionales fuera del horario laboral.

No son simplemente circunstancias incómodas.

Cuando se mantienen durante periodos prolongados, pueden contribuir al deterioro de la salud física y mental.

Una revisión de investigaciones científicas recogida por el INSST señala que las exigencias laborales elevadas, el escaso control sobre las tareas y el bajo apoyo social se asocian con un mayor riesgo de síntomas depresivos.

El Ministerio de Sanidad incorpora, además, investigaciones que estiman reducciones relevantes de la carga de depresión si disminuyeran factores laborales como la alta tensión y la inseguridad.

Estos resultados no permiten atribuir automáticamente un diagnóstico individual a una empresa concreta.

Pero sí respaldan una conclusión importante.

Modificar las condiciones de trabajo puede ser una medida de prevención sanitaria, no únicamente una decisión de organización empresarial.

El dato más revelador: uno de cada tres trabajadores identifica la sobrecarga como un riesgo

Los estudios españoles sobre exposición a factores psicosociales ayudan a identificar dónde se concentra el problema.

El módulo especial de la Encuesta de Población Activa de 2020, utilizado por el INSST, reflejó que el 31,9 % de los trabajadores señalaba estar expuesto a presión de tiempo o sobrecarga laboral con efectos negativos sobre su salud mental.

El 16,2 % identificaba el trato difícil con clientes, pacientes, alumnos u otras personas.

El 11,3 % mencionaba la inseguridad laboral.

Y el 7,7 % apuntaba a problemas de comunicación o cooperación dentro de las organizaciones.

Estos porcentajes miden exposición declarada a factores de riesgo, no diagnósticos de enfermedad ni causas directas de incapacidad temporal.

Su importancia consiste en demostrar que determinadas condiciones potencialmente perjudiciales están presentes en una parte considerable del mercado laboral.

La presión por los resultados no afecta únicamente a directivos o profesionales altamente cualificados.

Puede aparecer en una fábrica, una oficina, un supermercado, un centro sanitario o un establecimiento hostelero.

También en el trabajo autónomo, donde la incertidumbre económica y la responsabilidad de mantener el negocio pueden convertirse en fuentes de estrés.

En Asturias, cuya economía combina industria, servicios, comercio, hostelería, actividades sociosanitarias y administración pública, el análisis de estos factores resulta especialmente relevante.

Sanidad, residencias, comercio y hostelería: los sectores donde el desgaste puede ser mayor

La investigación sobre salud mental laboral identifica riesgos diferentes según las características de cada actividad.

En sanidad y atención sociosanitaria, el problema se relaciona con frecuencia con las altas exigencias emocionales, la presión asistencial, los turnos y el contacto con personas en situaciones de enfermedad o dependencia.

El INSST publicó en abril de 2026 una revisión científica sobre salud mental del personal sanitario.

Entre los factores asociados al deterioro psicológico destacan la sobrecarga, las jornadas prolongadas, la falta de autonomía, el bajo apoyo social, los conflictos laborales y las dificultades para conciliar.

Los efectos pueden manifestarse como agotamiento emocional, síntomas depresivos, alteraciones del sueño o desgaste profesional.

En Asturias, estas circunstancias merecen atención por el peso que tienen la sanidad pública, las residencias y los servicios de atención a personas dependientes.

El envejecimiento de la población aumenta la importancia de estas actividades.

Pero el problema se extiende a otros sectores.

En la hostelería aparecen riesgos vinculados a las jornadas intensas, los horarios partidos, la estacionalidad y la atención al público.

En el comercio pueden intervenir la presión comercial, los objetivos, la organización de turnos y los conflictos con clientes.

En la industria, además de los riesgos físicos tradicionales, existen factores relacionados con el trabajo a turnos, la reorganización productiva, la incertidumbre laboral y la presión por mantener determinados ritmos de producción.

Y en oficinas y trabajos digitales, la disponibilidad permanente puede dificultar la separación entre tiempo profesional y vida personal.

No significa que todos los empleos de estos sectores sean perjudiciales.

El riesgo depende de cómo se organiza el trabajo, de los recursos disponibles y de la capacidad de prevenir situaciones de sobrecarga.

La nueva presión: trabajar ocho horas y seguir conectado otras cuatro

La digitalización ha transformado profundamente el mercado laboral.

Permite realizar tareas a distancia, acelerar procesos y mantener comunicaciones instantáneas.

Pero también ha generado nuevas formas de presión.

Un mensaje enviado por la noche.

Un correo que reclama una respuesta urgente.

Una reunión convocada fuera del horario habitual.

Un teléfono profesional que nunca parece apagarse.

En noviembre de 2025, el INSST difundió un estudio específico sobre hiperconectividad y salud mental.

La investigación analiza cómo el uso habitual de tecnologías de comunicación puede relacionarse con distintos factores organizativos y con el bienestar psicológico de los trabajadores.

La cuestión resulta especialmente relevante en los empleos donde no existe una frontera clara entre el horario laboral y el descanso.

España reconoce legalmente el derecho a la desconexión digital.

La Ley Orgánica 3/2018 y la legislación sobre trabajo a distancia establecen garantías destinadas a preservar los descansos y limitar las comunicaciones profesionales fuera de la jornada en los términos legalmente previstos.

Pero reconocer un derecho no equivale necesariamente a garantizar su cumplimiento cotidiano.

Una empresa puede tener aprobada una política de desconexión digital y mantener al mismo tiempo una cultura laboral donde no responder inmediatamente a un mensaje se interpreta como falta de compromiso.

Es precisamente esa distancia entre las normas escritas y las prácticas reales la que debe examinarse cuando se evalúan los riesgos psicosociales.

Trabajadores jóvenes: una generación que entra en el mercado laboral con más incertidumbre

La evolución asturiana entre los 25 y los 35 años merece un análisis específico.

La pandemia supuso un periodo de fuerte alteración social, sanitaria y económica.

Pero el aumento de los problemas de salud mental no puede explicarse exclusivamente por la COVID-19.

Los estudios identifican otros elementos que afectan especialmente a quienes se incorporan a la vida adulta y profesional.

La dificultad para acceder a una vivienda.

Los salarios insuficientes para determinados gastos básicos.

La incertidumbre laboral.

Los cambios frecuentes de empleo.

La presión por alcanzar objetivos profesionales.

Y la sensación de que una formación elevada no siempre garantiza estabilidad económica.

En Asturias, estos factores coinciden con un mercado residencial que presenta crecientes dificultades para la emancipación juvenil.

Según el Observatorio de Emancipación presentado este mes, el alquiler individual de una vivienda exigiría a un joven asturiano destinar una proporción muy elevada de su salario.

La precariedad residencial no constituye por sí sola un diagnóstico de salud mental.

Pero las dificultades económicas pueden incrementar la vulnerabilidad emocional y complicar la recuperación de personas que ya presentan síntomas.

La relación funciona en ambas direcciones.

La inseguridad económica puede contribuir al malestar psicológico.

Y los problemas de salud mental pueden dificultar mantener un empleo estable o mejorar la situación económica.

En consecuencia, abordar la salud mental de los trabajadores jóvenes exige mirar más allá de las paredes de la empresa.

No todo es estrés: el agotamiento profesional no equivale automáticamente a una enfermedad mental

En el debate público se utilizan con frecuencia expresiones como estrés, ansiedad, depresión o síndrome del trabajador quemado como si fueran equivalentes.

No lo son.

El estrés es una respuesta del organismo ante determinadas exigencias o amenazas percibidas. Puede ser transitorio y no constituye necesariamente un trastorno mental.

La ansiedad puede aparecer como una reacción normal, pero también formar parte de un trastorno clínico cuando alcanza determinadas características de intensidad, duración e interferencia funcional.

La depresión es un problema de salud que puede afectar al estado de ánimo, la motivación, el sueño, la energía y la capacidad para desarrollar actividades cotidianas.

El síndrome de desgaste profesional, conocido como burnout, se relaciona específicamente con el estrés laboral crónico que no ha sido gestionado adecuadamente.

La Organización Mundial de la Salud lo clasifica en la CIE-11 como un fenómeno ocupacional, no como una enfermedad independiente.

Esta distinción es esencial.

No todas las personas estresadas necesitan una baja laboral, ni todas las bajas por ansiedad o depresión tienen su origen en el trabajo.

La incapacidad temporal debe responder a una valoración médica individual sobre cómo afecta una enfermedad a la capacidad de desarrollar la actividad profesional.

Confundir todos estos conceptos dificulta tanto la prevención como la atención adecuada.

La factura económica: 16.500 millones de euros en bajas laborales

El aumento de las incapacidades temporales tiene consecuencias económicas importantes.

La AIReF calculó que el gasto público en prestaciones por incapacidad temporal alcanzó los 16.500 millones de euros en 2024.

La cifra prácticamente duplica el desembolso de 2017 y refleja una evolución que preocupa a las administraciones responsables del sistema de protección social.

Conviene subrayar un detalle fundamental: esos 16.500 millones corresponden al conjunto de las incapacidades temporales, no exclusivamente a las bajas por problemas de salud mental.

No sería correcto atribuir toda esa cantidad a la ansiedad, la depresión o el agotamiento psicológico.

Pero la salud mental constituye uno de los grupos de patologías cuya evolución contribuye a aumentar el tiempo de ausencia laboral.

La prolongación de los procesos implica costes para la Seguridad Social, para las empresas y para los propios trabajadores.

Las empresas pueden necesitar reorganizar plantillas, contratar sustituciones o soportar pérdidas de actividad.

Los trabajadores pueden sufrir reducciones de ingresos durante sus bajas, dependiendo de las prestaciones y de las mejoras reconocidas en sus convenios.

También existen costes sanitarios y consecuencias personales difíciles de traducir a dinero.

El problema no consiste únicamente en calcular cuánto cuesta una baja.

También hay que determinar cuánto costaría haber prevenido la enfermedad y qué inversiones facilitarían una recuperación adecuada.

En febrero de 2026, la AIReF advirtió de deficiencias estructurales en la gestión de la incapacidad temporal.

Entre sus recomendaciones figuran mejorar la coordinación institucional, disponer de información más completa y evitar demoras innecesarias en el seguimiento de los procesos.

La evaluación combina dos objetivos que no deberían presentarse como incompatibles: garantizar la protección de los trabajadores enfermos y conseguir que el sistema funcione con mayor eficacia.

El problema que permanece oculto: enfermedades laborales que se tramitan como comunes

Existe otra cuestión especialmente relevante.

Que una persona sufra ansiedad o depresión mientras trabaja no demuestra automáticamente que su enfermedad haya sido causada por el empleo.

Pero también puede ocurrir lo contrario: que un problema de salud relacionado con las condiciones laborales termine registrado como enfermedad común.

El Ministerio de Sanidad reconoce dificultades importantes para identificar y notificar el posible origen laboral de determinados trastornos mentales.

El sistema español de enfermedades profesionales no incluye actualmente los trastornos mentales en su cuadro específico del mismo modo que otras patologías físicas.

Cuando se acredita legalmente el nexo laboral exclusivo exigido para determinados supuestos, algunas enfermedades pueden recibir la consideración de accidente de trabajo.

Sin embargo, demostrar esa relación puede resultar complejo.

El sistema PANOTRATSS, que registra determinadas patologías no traumáticas vinculadas al trabajo, contabilizó 170 casos de trastornos mentales y del comportamiento durante 2024.

La cifra es muy reducida en comparación con el conjunto de incapacidades temporales por salud mental.

Pero los registros no son equivalentes y no pueden compararse directamente para concluir qué porcentaje de bajas debería haberse reconocido como laboral.

Los requisitos, las poblaciones y las categorías administrativas son diferentes.

Lo que sí señala el Ministerio de Sanidad es la necesidad de mejorar la identificación clínica de los posibles factores laborales.

Porque si una persona enferma en un entorno donde existen riesgos que no se corrigen, el tratamiento puede aliviar sus síntomas sin resolver el problema que contribuyó a desencadenarlos o agravarlos.

La Inspección de Trabajo puede sancionar a las empresas que ignoren los riesgos psicosociales

La prevención de riesgos laborales no se limita a los accidentes físicos.

La legislación española obliga a las empresas a evaluar los riesgos que pueden afectar a la seguridad y salud de sus trabajadores.

Eso incluye, cuando corresponda, los factores psicosociales.

La Ley 31/1995 de Prevención de Riesgos Laborales y el criterio técnico 104/2021 de la Inspección de Trabajo proporcionan el marco para estas actuaciones.

La falta de una evaluación adecuada o la omisión de medidas preventivas necesarias puede constituir una infracción grave.

Según la normativa sancionadora vigente, las infracciones graves en materia de prevención de riesgos laborales pueden dar lugar a multas de 2.451 a 49.180 euros.

La cuantía depende de la infracción concreta, de su gravedad y de los criterios legales de graduación.

En supuestos calificados como muy graves existen sanciones superiores.

Pero no existe una multa automática por el simple hecho de que un trabajador cause baja por ansiedad o depresión.

La Inspección debe determinar si la empresa ha incumplido sus obligaciones preventivas.

Y tampoco existe una única encuesta legalmente obligatoria para todas las organizaciones.

El INSST dispone de herramientas como F-PSICO y reconoce otros métodos técnicamente válidos, siempre que sean adecuados para evaluar los riesgos existentes.

El objetivo de la evaluación no debe ser simplemente archivar un cuestionario.

Debe servir para identificar los problemas y adoptar medidas correctoras.

¿Cómo se previene una enfermedad que no puede medirse con un termómetro?

La prevención de los riesgos psicosociales presenta dificultades particulares.

Una máquina sin protección puede observarse directamente.

Una instalación eléctrica defectuosa puede someterse a inspección técnica.

Pero identificar una organización laboral que produce una presión psicológica excesiva requiere examinar factores menos visibles.

Cargas de trabajo.

Turnos.

Grado de autonomía.

Estilo de dirección.

Conflictos.

Apoyo recibido.

Capacidad de conciliación.

Y posibilidades reales de descanso.

Las recomendaciones científicas de la OMS y del INSST coinciden en que las intervenciones organizativas deben ocupar un lugar central.

No basta con recomendar a los trabajadores que hagan ejercicio, practiquen técnicas de relajación o aprendan a gestionar su estrés.

Esas herramientas pueden resultar útiles individualmente.

Pero si el problema radica en una carga de trabajo inasumible, la solución exige revisar esa carga.

Si los horarios impiden descansar, habrá que modificar los horarios.

Si existen situaciones de acoso, deberán investigarse y corregirse.

Y si una persona regresa después de una baja prolongada, puede ser necesario adaptar temporalmente sus condiciones de trabajo y organizar un seguimiento apropiado, conforme a la valoración preventiva y clínica.

La prevención eficaz no consiste en enseñar a soportar indefinidamente condiciones perjudiciales, sino en reducir los riesgos que pueden causar daño.

Asturias ante un desafío doble: prevenir las bajas y mejorar la recuperación

La situación del Principado presenta características que merecen especial atención.

Por un lado, los datos muestran un crecimiento importante de las bajas psicológicas entre los jóvenes.

Por otro, la duración de esos procesos figura entre las más elevadas del país.

Además, Asturias tiene una población envejecida y un mercado laboral con un peso importante de actividades industriales, sanitarias y de servicios.

Estos elementos convierten la prevención y la recuperación en cuestiones especialmente relevantes.

La sanidad pública debe abordar los diagnósticos y tratamientos.

Los servicios de prevención deben evaluar los riesgos laborales.

Las empresas deben actuar sobre las condiciones de trabajo que dependan de su organización.

Y las administraciones responsables de la incapacidad temporal necesitan coordinarse para evitar demoras innecesarias sin perjudicar los derechos de los pacientes.

El Principado dispone de un Plan de Salud Mental 2023-2030, que contempla actuaciones relacionadas con la promoción de la salud, la prevención y la mejora de la atención sanitaria.

Pero sería necesario conocer con mayor detalle qué impacto están teniendo estas políticas sobre las incapacidades temporales.

Por ejemplo, cuántas bajas por salud mental se producen actualmente en Asturias, cuál es su distribución por concejos y sectores, cuánto tardan los pacientes en acceder a tratamiento y cuántos procesos se prolongan por dificultades asistenciales.

También sería importante conocer qué parte de las empresas asturianas ha evaluado de manera adecuada sus riesgos psicosociales y qué medidas correctoras se están implantando.

Son indicadores imprescindibles para pasar de la preocupación estadística a una política preventiva verificable.

¿Estamos ante una sociedad más enferma o ante trabajadores que ya no ocultan sus problemas?

El crecimiento de los diagnósticos admite varias interpretaciones complementarias.

La primera es que determinadas condiciones laborales y sociales estén contribuyendo a un deterioro real de la salud mental.

La segunda es que exista una mayor conciencia sobre estos problemas y menos resistencia a consultar al médico.

La tercera es que los cambios en la detección, el registro y el acceso a la incapacidad temporal también influyan en las estadísticas.

Estas explicaciones no son excluyentes.

Es posible que hoy se identifiquen mejor problemas que antes quedaban ocultos y que, simultáneamente, determinados riesgos estén aumentando.

La pandemia pudo acelerar parte de estos cambios, pero no creó desde cero los problemas psicosociales del mercado laboral.

La inseguridad, la falta de autonomía, las exigencias excesivas y las situaciones de acoso existían mucho antes de 2020.

Lo que ha cambiado es la dimensión pública del problema y la creciente importancia de sus consecuencias sanitarias y económicas.

El análisis exige evitar dos simplificaciones.

La primera consiste en atribuir todas las bajas psicológicas a empresas que tratan mal a sus trabajadores.

La segunda, igualmente incorrecta, es interpretar el aumento de diagnósticos como una prueba generalizada de falta de voluntad de trabajar.

Las estadísticas no demuestran ninguna de esas dos afirmaciones.

Lo que sí muestran es un crecimiento sostenido de los procesos por salud mental, especialmente intenso en algunos colectivos y acompañado de duraciones prolongadas.

El gran reto: conseguir que trabajar no signifique poner en riesgo la salud

Durante décadas, la prevención laboral estuvo asociada principalmente a accidentes en fábricas, obras, minas y otras actividades de riesgo físico.

La evolución de la economía y del conocimiento científico obliga ahora a ampliar esa perspectiva.

Los riesgos tradicionales siguen existiendo.

Pero también deben atenderse los que afectan al bienestar psicológico.

Una organización puede disponer de instalaciones modernas y cumplir las normas de seguridad física mientras mantiene problemas graves de sobrecarga, conflictos o falta de descanso.

La protección de la salud laboral exige observar ambas dimensiones.

Y la prevención psicológica no interesa únicamente a los trabajadores.

Una empresa que reduce la sobrecarga innecesaria, facilita la conciliación y gestiona adecuadamente los conflictos puede mejorar la continuidad de sus equipos y reducir problemas organizativos.

Eso no significa que todas las bajas puedan prevenirse.

Ni que el empleo deba considerarse siempre la causa de los trastornos mentales.

Significa reconocer que las condiciones de trabajo forman parte de los factores sobre los que sí es posible actuar.

La pregunta que dejan los datos: ¿cuántas bajas podrían evitarse?

Asturias registró 2.380 procesos de incapacidad temporal por problemas de salud mental entre sus trabajadores de 25 a 35 años durante 2024.

La cifra supera en más del doble la registrada cuatro años antes.

La duración media ronda los 101 días.

En el conjunto de España, los procesos por trastornos mentales iniciados durante 2024 superaron los 643.000.

Y las bajas por determinadas categorías de síntomas emocionales muestran incrementos extraordinarios desde 2018.

Pero detrás de estas estadísticas no hay únicamente expedientes administrativos.

Hay personas cuya vida cotidiana puede verse alterada durante meses.

Familias que deben reorganizarse.

Profesionales que intentan recuperar su capacidad para trabajar.

Compañeros que asumen nuevas responsabilidades.

Empresas que necesitan mantener su actividad.

Y un sistema sanitario que debe atender una demanda creciente.

La respuesta no puede limitarse a gestionar las ausencias una vez producidas.

Tampoco a multiplicar controles administrativos sin analizar las causas clínicas y laborales.

Hace falta mejorar la prevención, identificar los factores de riesgo, facilitar tratamientos adecuados y favorecer reincorporaciones seguras.

Y, sobre todo, hace falta entender que la salud mental no comienza a importar el día que un médico firma una baja.

Importa mucho antes: cuando se establecen los horarios, se distribuye el trabajo, se fijan los objetivos, se organizan los equipos y se decide cómo se trata a las personas.

La gran pregunta que deberían hacerse las empresas y las administraciones asturianas no es solamente cuánto cuestan estas bajas.

Es cuántas podrían evitarse actuando antes de que aparezca la enfermedad.

Porque trabajar debería permitir desarrollar una vida, aportar a la sociedad y construir un futuro.

No convertirse en una actividad de la que cada vez más personas necesiten recuperarse durante meses para poder continuar.

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