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La jota asturiana, camino de convertirse en Bien de Interés Cultural: dos siglos de baile, música e identidad que ahora miran a la Unesco

La jota asturiana, camino de convertirse en Bien de Interés Cultural: dos siglos de baile, música e identidad que ahora miran a la UnescoAsturianía
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Desde las primeras referencias documentadas en Llanes en 1803 hasta las actuales noches en danza, la jota ha acompañado a generaciones de asturianos. El Principado inicia su declaración como Bien de Interés Cultural mientras España espera que la Unesco reconozca este género musical y de baile como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Oviedo, 21 de octubre de 2026. Antes de que existieran los grandes festivales folclóricos, los escenarios o las escuelas de baile tradicional, la jota ya formaba parte de la vida de los pueblos asturianos. Se bailaba en las fiestas, se transmitía entre generaciones y acompañaba celebraciones en las que la música era mucho más que un espectáculo: era una manera de encontrarse, de relacionarse y de pertenecer a una comunidad.

Más de dos siglos después de sus primeras referencias documentadas en Asturias, esa tradición da un nuevo paso hacia su protección institucional.

La Consejería de Cultura, Política Llingüística y Deporte ha iniciado el procedimiento para declarar la jota en Asturias Bien de Interés Cultural (BIC) de carácter inmaterial, mediante una resolución publicada este miércoles, 21 de octubre, en el Boletín Oficial del Principado de Asturias.

La decisión abre un expediente administrativo que deberá culminar, si se completan favorablemente los trámites, con su declaración definitiva.

Pero el significado de la iniciativa va más allá de un reconocimiento oficial. Se trata de proteger una manifestación cultural que conserva músicas, formas de bailar, expresiones lingüísticas y conocimientos transmitidos durante generaciones.

Y todo ello en un momento especialmente significativo: la jota española es candidata a incorporarse a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco, una decisión cuyo examen está previsto para diciembre de 2026.

Una historia que ya se bailaba en Llanes en 1803

Aunque la jota suele asociarse popularmente con Aragón, su presencia en Asturias cuenta con una larga historia y ha dado lugar a formas propias de interpretación.

La documentación histórica incorporada al expediente de protección recoge una referencia especialmente significativa: en 1803 ya se hablaba expresamente de la jota como baile popular en Llanes.

Los documentos proceden de los trabajos recopilados en torno a 1800 para el Diccionario geográfico-histórico de Asturias, impulsados por Martínez Marina y sus colaboradores.

En aquellos testimonios se mencionan la jota, la gallegada y la danza prima entre los bailes populares de la zona.

No significa que la jota naciera entonces, ni permite establecer con precisión cuándo llegó a Asturias. De hecho, los estudios históricos reconocen que su origen y evolución presentan todavía interrogantes.

Lo que sí demuestra es que, a comienzos del siglo XIX, esta forma de baile ya estaba integrada en la vida popular asturiana.

Con el paso del tiempo, la jota se extendió por prácticamente todo el territorio, incorporando características propias de cada comarca.

No existe una sola jota asturiana: cada comarca conserva su manera de bailarla

Uno de los aspectos más interesantes del expediente es el reconocimiento de la diversidad de la jota dentro de Asturias.

Lejos de tratarse de una coreografía única, reproducida de forma idéntica en todas partes, el estudio identifica al menos seis grandes variantes territoriales, con diferencias en los pasos, los ritmos, las melodías y las formas de acompañamiento.

Las tradiciones del noroccidente, las comarcas suroccidentales, el centro y el oriente conservan particularidades que reflejan la evolución del baile en cada territorio.

La jota asturiana se caracteriza habitualmente por un ritmo ternario y por la disposición de parejas enfrentadas que bailan sin tocarse, aunque también existen formaciones en filas o corros.

Sus pasos incluyen cambios y combinaciones que los bailadores conocen como mudanzas, mientras la música puede interpretarse mediante diferentes instrumentos y acompañamientos.

La gaita y el tambor forman parte de ese universo sonoro, pero también las panderetas, los panderos, los acordeones, los violines e incluso objetos cotidianos utilizados como instrumentos de percusión.

La riqueza de la jota está precisamente en esa variedad: una misma tradición puede adoptar expresiones distintas sin perder los elementos que permiten reconocerla.

El asturiano y el eonaviego también forman parte de esta herencia

La protección que se plantea no afecta únicamente al baile o a las melodías.

Las letras de las jotas conservan una parte importante de la memoria lingüística de Asturias.

En ellas conviven el asturiano, el gallego-asturiano o eonaviego y el castellano, con expresiones, vocablos y formas de hablar que reflejan la diversidad cultural de la comunidad.

Muchas de estas composiciones utilizan cuartetas de versos octosílabos y abordan asuntos cotidianos: relaciones personales, acontecimientos locales, sentimientos, celebraciones y referencias a los propios lugares donde se interpretan.

Son canciones que, en ocasiones, han viajado de generación en generación sin necesidad de partituras ni textos escritos.

Su conservación permite recuperar no solo una melodía, sino también formas de expresión y fragmentos de la memoria colectiva que podrían desaparecer si dejara de transmitirse la tradición.

Por eso, el expediente considera inseparables los componentes musicales, coreográficos y lingüísticos de esta manifestación cultural.

De los bailes de los pueblos a los grandes escenarios

La historia de la jota en Asturias también refleja cómo han cambiado las formas de entender la cultura tradicional.

Durante el siglo XIX, los bailes a lo suelto estaban vinculados fundamentalmente a la diversión popular y a las relaciones sociales.

Pero, con el paso de las décadas, muchas de estas prácticas fueron perdiendo presencia espontánea en las celebraciones.

El desarrollo de los festivales folclóricos y de los grupos de baile durante el siglo XX contribuyó a conservarlas, aunque también transformó su naturaleza.

Lo que originalmente era una actividad participativa pasó, en muchos casos, a convertirse en un espectáculo para ser contemplado por el público.

Los pasos se sistematizaron, se fijaron determinadas coreografías y la indumentaria tradicional adquirió un protagonismo creciente.

Tras la Transición democrática, una nueva generación de grupos y estudiosos comenzó a recorrer los pueblos para recuperar bailes, músicas y testimonios directamente de las personas que todavía los recordaban.

Aquella labor de investigación permitió ampliar considerablemente los repertorios y recuperar variantes que habían quedado fuera de las representaciones más convencionales.

Las noches en danza: cuando el público vuelve a convertirse en protagonista

Uno de los fenómenos más interesantes de los últimos años ha sido la recuperación del baile tradicional como actividad participativa.

Las conocidas como nueches en danza han contribuido a devolver las jotas y otros bailes populares a espacios donde lo importante no es actuar ante espectadores, sino bailar con otras personas.

En estas reuniones no resulta imprescindible vestir el traje tradicional ni dominar una coreografía con precisión profesional.

Se trata de compartir conocimientos, aprender observando a otros bailadores y disfrutar de la música de manera colectiva.

El propio expediente destaca que esta corriente adquirió especial impulso alrededor de 2015 y que ha favorecido nuevas formas de transmisión del patrimonio cultural.

También ha contribuido a recuperar el protagonismo de la pandereta y de las voces femeninas, tradicionalmente ligadas a numerosas manifestaciones de la música popular asturiana.

Esta evolución plantea una cuestión fundamental: cómo proteger una tradición sin convertirla en una pieza de museo.

Porque una manifestación cultural puede conservarse en archivos, grabaciones y escenarios, pero su continuidad depende también de que existan personas dispuestas a practicarla.

Una tradición muy extendida, pero practicada por una minoría

La memoria técnica que acompaña la resolución introduce un matiz que merece especial atención.

Aunque la jota figura entre los bailes tradicionales más extendidos territorialmente en Asturias, su práctica actual sigue siendo minoritaria.

Es decir, está presente en el patrimonio cultural de prácticamente toda la comunidad, pero eso no significa que forme parte de los hábitos cotidianos de la mayoría de la población.

Su continuidad descansa en buena medida sobre los grupos de baile, las escuelas de música, los investigadores, las asociaciones culturales y quienes mantienen vivos sus repertorios.

A ellos se suman las personas mayores que han transmitido conocimientos aprendidos durante su juventud.

La documentación reconoce expresamente el papel de estos informantes y de quienes han conservado pasos, melodías y formas de interpretación que difícilmente podrían recuperarse únicamente a partir de documentos escritos.

Precisamente por eso, la declaración como Bien de Interés Cultural plantea un reto que va más allá del reconocimiento administrativo: facilitar que esos conocimientos continúen transmitiéndose.

La jota mira ahora a la Unesco

El procedimiento asturiano coincide con un momento relevante para el reconocimiento internacional de la jota.

España ha presentado su candidatura para que este género tradicional de música, canto y baile sea incluido en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco.

La propuesta corresponde al conjunto de la jota española, no exclusivamente a la variante asturiana.

La candidatura figura entre los expedientes del ciclo de evaluación de 2026 y su posible inscripción deberá resolverse dentro de ese procedimiento internacional.

En cualquier caso, el reconocimiento no está garantizado.

La jota ya había recibido una protección de ámbito estatal en julio de 2023, cuando fue declarada Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial.

Posteriormente, en enero de 2024, quedó incorporada al Censo del Patrimonio Cultural Inmaterial de Asturias.

En mayo de ese mismo año, el Consejo del Patrimonio Cultural de Asturias informó favorablemente sobre el inicio de su procedimiento de declaración como Bien de Interés Cultural.

La resolución publicada ahora supone un paso más dentro de ese recorrido.

¿Qué cambiará cuando sea Bien de Interés Cultural?

La declaración definitiva permitiría reforzar el reconocimiento jurídico de la jota como patrimonio cultural inmaterial asturiano y fundamentar actuaciones dirigidas a su conservación, documentación y transmisión.

No significa que los bailes tengan que permanecer inalterados, ni que exista una única manera oficial de interpretarlos.

De hecho, el propio estudio destaca que la variedad, las transformaciones históricas y las nuevas formas de participación son características importantes de esta tradición.

La protección debe entenderse, por tanto, como una herramienta para favorecer su continuidad y evitar la pérdida de conocimientos culturales.

La resolución publicada este miércoles no equivale todavía a la declaración definitiva de BIC, que requerirá completar el procedimiento correspondiente.

Una herencia que solo seguirá viva si alguien continúa bailándola

La historia de la jota asturiana demuestra que las tradiciones no son necesariamente elementos inmóviles del pasado.

Han cambiado sus escenarios, sus intérpretes, sus acompañamientos musicales y hasta las razones por las que se baila.

Lo que en otro tiempo era una diversión habitual en muchas celebraciones populares se convirtió después en símbolo cultural y en repertorio de agrupaciones folclóricas.

Hoy conviven esas representaciones con nuevas experiencias que buscan recuperar la participación directa de la gente.

Y en todas ellas existe un mismo hilo conductor: la transmisión entre generaciones.

La jota puede recibir la protección jurídica más elevada del patrimonio cultural asturiano y alcanzar, además, el reconocimiento internacional de la Unesco.

Pero su futuro no dependerá únicamente de declaraciones oficiales.

Dependerá de que los jóvenes sigan aprendiendo sus pasos, de que las voces continúen cantando sus coplas y de que, cuando vuelva a sonar una pandereta en una fiesta de pueblo, todavía haya alguien dispuesto a salir a bailar.

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