El reloj de Dalí

El reloj de Dalí

Las cadenas radiofónicas, ramificadas en cientos de emisoras, a su vez todavía más ramificadas en miles de ondas, también descendidas a millones de oyentes y, definitivamente, instaladas en mil kilomegas de emociones, guardaron el pasado domingo un minuto de silencio por la tozudez de las tapias. Casi todo está dicho, e incluso escrito, sobre el canon, sobre el fútbol y acerca del dinero, ese extraño individuo que mueve el mundo. La radio en silencio, aunque esté ese silencio anunciado, es una rareza en la familia, un defecto doméstico, una preocupación de la vivienda. La radio se calla un minuto y se calla el interlocutor (no daremos nombres) de tantas y tantas personas que no se hablan solas, que hablan con el locutor, con la locutora. Esa gente que habló con quien quiera que hablase desde la de galena, del transistor, del aparato verde de telefunken o el negro de grundig, desde el pinganillo del carrusel deportivo, esa gente que creyó el domingo que la vida se acababa. El pretexto es el fútbol, tal vez el contexto también lo sea, como buque insignia de la existencia habitual.

 

Pero la radio son las recetas de cocina, la queja del bache, el tertuliano sinvergüenza, el caradura duradero, la nostalgia de las músicas, la inmediatez estúpida de las desgracias (incluidos los goles del equipo contrario). Hoy, en el siglo de las tecnologías inabarcables, de los postes invisibles, de la marcha digital, la radio del fútbol llega con algo más de unas décimas de segundo por delante de la señal televisiva, y se lo hace tan bien que lo dice. Un penalti es penalti en la televisión no porque haya repeticiones, sino porque llega más tarde la imagen que la voz.

 

Luego la radio es riesgo. Algo más comercial que el tedio, algo más admirable. No es bueno tomar partido en estas cosas de los medios tradicionales, como no pasa nada si no se toma, pero es de ley constatar los tópicos, aun los demagógicos, que hablan del gran minuto como si se tratase del big-bang. Tampoco sería honesto dejarlo así: la radio a la Red le ha dado, de momento y para siempre, menos que la Red a la radio. La radio conceptual y exacta, no el aparato, es mucho más de lo que se dice en las reivindicaciones, y también tiene la cualidad de ser permeable a todo lo que venga. Los deportivos del inicio de la Liga, en plena protesta, recibieron, como todos los días que se ponen a ello, mensajes desde Nueva York, Singapur, Roma, Cork, París y cualquier pueblo de la Argentina tremenda, de la Irlanda más rural. Hasta ahí no cubren los postes de las concesiones oficiales. El minuto de silencio de la radio del domingo fue tan grande como el reloj de Dalí, diluido pero eterno.

 

 

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