Acabar con el sufrimiento o con la persona

Esa es la cuestión, frase que nos trae a la memoria el soliloquio o monólogo del «Ser o no ser» del personaje Hamlet en la obra de teatro «Hamlet, príncipe de Dinamarca», escrita por Shakespeare.

Indudablemente, si la vida se convierte en una tortura insoportable, quizá cabría plantearse si la muerte puede ser la solución, pero la incertidumbre de la muerte supera los sufrimientos de la vida. 

Así lo expresaba Shakespeare: «La muerte, aquel país que todavía está por descubrirse, país de cuya lóbrega frontera ningún viajero regresó, perturba la voluntad, y a todos nos decide a soportar los males que sabemos más bien que a buscar lo que ignoramos».

Y esto es lo que debemos preguntarnos a la hora de enjuiciar el contenido de la proposición de ley orgánica de regulación de la eutanasia. 

Esta ley nació coja y no le auguro buen futuro.

Una ley orgánica que aborda un tema tan delicado no es lícito ni legítimo que surja como proposición de ley para que el Gobierno, promotor en la sombra, se ponga a resguardo de las posibles objeciones que pudieran dimanar de los informes técnicos, jurídicos y del trámite de audiencia pública. Si la ley es una necesidad social ¿por qué eludir las aportaciones que pudieran surgir de estos trámites que sí resultan obligatorios para los proyectos de ley?

La ley es producto del esnobismo y del poco tacto que caracteriza la actuación de este Gobierno, porque a quién se le ocurre en plena pandemia, cuando se producen miles de muertes por su nefasta gestión de la situación, tramitar una ley de eutanasia.

¿La única solución para los padecimientos graves, crónicos o imposibilitantes o para las enfermedades graves e incurables que produzcan un padecimiento o sufrimiento intolerables, es la muerte? ¿Dónde quedan los cuidados paliativos? 

Según la opinión de profesionales médicos acreditados, la demanda de eutanasia persistente es meramente anecdótica, siempre que se apliquen correctamente los cuidados paliativos pertinentes. 

Puede darse en pacientes que padezcan una enfermedad grave e incurable que produzca dolores insufribles, pero está probado que tal demanda desaparece con la aplicación de la sedación paliativa que disminuye la conciencia y que no conduce por si misma a la muerte.

Es cierto que la muerte devendrá inevitablemente, pero será el resultado de la propia enfermedad y no de la eutanasia. 

La diferencia no es baladí: con la eutanasia se mata, con la sedación paliativa se respeta la vida y la dignidad del enfermo. 

Decía Molière que «la muerte es el remedio de todos los males; pero no debemos echar mano de este hasta última hora», así que «¿Morir yo, querido doctor? ¡Será la última cosa que haga!».



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