Pequeñas cosas

 

 Recibo unas letras de un amigo que hace años ni sabía de él. Nos alejó el tiempo cuando se vuelve añicos. Vive en las afueras de la llanura bien cuidada de Bogotá, y me habla de esa ciudad  con una ternura admirable.

 

“Así, dice, debería ser Caracas” Y se pregunta: “¿Por qué la habéis abandonado tanto?”

 

  “Mira amigo, hoy te hablaré, para unir un poco ese espacio tan grande que nos hemos creado sin ninguno de los dos desearlo, de esta urbe tan mía como la brisa o el mar que hace tiempo no contemplo”.

 

 Santafé de Bogotá  nació de una flor y un mar Mediterráneo llamado Caribe. Seguro que el juglar añoraba los plenilunios de su infancia y el color del mar en el sopor de la tarde, allá en un acantilado de la vieja Europa, donde embarcó hacia estas tierras para buscar El Dorado.

 

 La ciudad, ubicada en la altiplanicie más alta de los Andes colombianos, la fundó, casi en un arrebato de pasión, Gonzalo Jiménez de Quesada, y por  esa causa se parece a un vergel. Hasta el aire se  hace zalamero, juguetón, y penetra en las cicatrices del alma por el camino de los ojos, envuelto en sabor de tierra buena y húmeda.

 

    Pasear por las grandes avenidas, sus espaciosas calles, frondosos parques y desandar los barrios coloniales de la capital, es percatarse de cómo la metrópolis viene moldeando a una gente - la suya - para que sea amable, acogedora y siempre cordial. Con el “usted” siempre por delante, los colombianos han hecho de la cortesía una costumbre,  de la amabilidad una forma de ser, y es que en Bogotá existe la posibilidad de sentarse a charlar con cualquiera, en cualquier parte, de cualquier cosa y decir como el poeta: “Hoy tengo deseo de encontrarte en la calle / y que nos sentemos en un café a hablar largamente / de las cosas pequeñas de la vida.”

 

    Recuerdo ahora, haciendo un requiebro a esa ciudad tan sufrida por cuenta de la  guerrilla, una mañana  diáfana, transparente, viendo pasar las horas en la Plaza de Bolívar conocida antaño como la Plaza Mayor. Allí mismo se había fundado la ciudad y escenificado todo suceso que hoy es historia viva. Algo esperaba el escribidor en  aquel rectángulo: ¿Un lejano amor? ¿Algún sueño no encontrado? ¿Una esperanza hiriente?  En esa espera sin fin leía a uno de los grandes poetas colombianos, Darío Jaramillo Agudelo, mientras la luz se filtraba y era cálida como los sentimientos...

 

 “Ese otro que también me habita /, acaso propietario, invasor quizás exilado en  este cuerpo / ajeno o de ambos... el melancólico y el inmotivadamente alegre,/ ese otro,/ también te ama”.

 

  En esa hora del Ángelus, en esa plaza donde también he ido tejiendo, igual que otras ciudades cubiertas hoy de bruma, sinsabores, comprobé que existe el espíritu suficiente dentro de cada uno para hacer de la poesía un canto diario, por ello, como Pablo  Neruda, también puedo decir que he vivido.

 

 Deslicé mis letras computarizadas esta mañana sobre la cuartilla blanca de la pantalla, por sentir como Bogotá, esa urbe tan cercana y a la vez  lejos de Caracas, se desangra; aunque ella, coqueta, deshilvanada, con una personalidad arrolladora, intenta seguir viviendo como si no existieran la guerrilla, los paramilitares, el Ejército regular y el miedo.

 

 La ciudad, tan amada por Bolívar, sigue apostando - ahora en La Habana -  por la paz definitiva.

Espero – todos los deseamos – que este país  granadino  un día despierte de su adormecido letargo, y la vida sea solamente eso: vida



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