El reasentamiento devuelve la esperanza a un muchacho etíope que lo perdió todo

El reasentamiento devuelve la esperanza a un muchacho etíope que lo perdió todo

CAMPAMENTO DE TRÁNSITO DE SHOUSHA, TÚNEZ,  (ACNUR/UNHCR) – Su padre murió en prisión, su madre falleció a causa de la conmoción y su querida hermana se rindió en señal de protesta y se fue consumiendo poco a poco frente a él, mientras huían de su pasado.

Bayisa tan solo tiene 17 años, pero dice que se siente como un adulto. Y aunque parece más joven, existe una gran madurez este adolescente de la etnia Oromo de Etiopía occidental. Esto y su religión cristiana le han ayudado a superar una tras otra tragedia y hacer frente a la soledad desde que perdió a su familia.

Ha estado viviendo en el campamento de tránsito de Souza, en el sur de Túnez desde marzo del año pasado. Es uno de los 2.700 refugiados y solicitantes de asilo que esperan sus resoluciones sobre reasentamiento. Unos 860 de ellos, incluyendo a Bayisa, han sido aceptados por países de reasentamiento, después de que ACNUR remitiera sus casos, pero aún están esperando sus fechas de partida. Él va a ir a Dinamarca, que tiene un programa especial para menores no acompañados.

 

Estas noticias le han dado a Bayisa una tremenda esperanza para el futuro, después de muchísima incertidumbre, así que él tendrá una razón para celebrar el Día Mundial del Refugiado el próximo 20 de junio, aunque sea en una tienda de campaña bajo el abrasador sol de verano de Shousha. Ha estado aprovechando al máximo su tiempo aquí antes de partir, estudiando inglés cinco días a la semana, tomando clases de informática y aprendiendo a tocar el piano y la guitarra gracias a un maestro tunecino.

Como menor no acompañado, Bayisa es considerado como una persona de especial interés para ACNUR, el cual le ha ofrecido atención a través de la comunidad local y sus socios en terreno. Este joven ha estrechado lazos con los miembros de ACNUR, que están impresionados con su fortaleza. Fue difícil para él ver partir hacia Noruega en febrero a otros de los menores no acompañados de los que se habían hecho amigos, antes de que a él le hubieran respondido, en mayo, informándole de que también se iría.

 

Al estar solo, Bayisa tiene que ser autosuficiente. “Me siento como un hombre. Habiendo llegado de Etiopía a aquí, he tenido muchas experiencias que me han hecho crecer como persona” le dijo a ACNUR en la tienda que comparte con otro chico. “Mis amigos en Etiopía no han visto nada en comparación conmigo.”

Fue criado en la miseria por una familia que le quería. Eso cambió en enero de 2009, cuando, dice Bayisa, oficiales de seguridad vinieron por la noche a su humilde hogar, tiraron abajo las puertas y se llevaron a su padre, que trabajaba como conductor. “Yo no sé si él estaba involucrado en política,” dijo el niño. “En mayo, escuchamos que había muerto en prisión,” dijo, añadiendo que poco después la presión sanguínea de su madre se disparó y murió al poco tiempo a causa de eso.

Pero todo esto era solo el principio. Poco después de la muerte de su madre, la policía vino y habló sobre la muerte de su padre con Bayisa, que tenía 15 años y con su hermana mayor, Marie, de 22 años.

“Estuvimos detenidos durante un mes. Mi tío pagó algo de dinero y nos soltaron. Después dejamos el país” añadió el chico, que dejó atrás a cuatro hermanos menores con su familia. No ha sabido nada de ellos desde entonces.

 

Marie pagó a contrabandistas para que los llevaran a Jartum, capital del vecino Sudán. Ella encontró trabajo en un restaurante sudanés, pero después de tres meses llegó a casa un día y le dijo a Bayisa que se tenían que ir porque temía que el gobierno estuviera arrestando a inmigrantes ilegales.

Era a finales de 2009 y decidieron dirigirse a Libia, pero Marie ya estaba luchando contra muchos traumas y una creciente rabia. Viajaron con un gran grupo de personas a través del Sahara, sufriendo por el calor y la escasez de agua. “Cuando ella se acordó de lo que nos había pasado, se enojó y dejó de comer. No sé por qué,” Bayisa recuerda. “Comenzó a estar muy cansada y empezó a pedirme agua, pero ya no teníamos. Adelgazó mucho y murió.”

Fue un suceso devastador que ocurrió a los 11 días de iniciar su viaje. Fue enterrada en el desierto por unos compañeros de viaje, dijo el niño. “Yo me desmayé cuando ella murió. Estaba muy triste y durante dos o tres días no pude hacer nada. Pensé que quería morir como ella. Estaba muy unido a ella y la amaba.”

 

 

Pero los otros viajeros empezaron a cuidarle e hicieron una colecta para ayudarlo a llegar a Trípoli. Terminó trabajando en un invernadero hasta que la primavera árabe llegó a Libia a finales de febrero del año pasado. “Temía por mi seguridad,” explicó Bayisa. “Escuché que la gente estaba viniendo a Túnez y me vine con una familia Oromo al campo de Souza el 4 de marzo de 2011.”

En Shousha  Bayisa ha tenido mucho tiempo para reflexionar, pero ha sido difícil vivir en esta área tan árida al sur de Túnez sin poder trabajar y con incertidumbre sobre su futuro. “No tengo a ningún pariente aquí en el campamento y las condiciones climáticas son muy extremas,” dice Bayisa, refiriéndose al invierno frío y lluvioso y al abrasador verano. “No me gusta este lugar. Es muy difícil vivir aquí.”

 

 

Pero ahora ya puede empezar a pensar en una vida más allá de Shousha; una vida en la que él espera poder incluir a sus hermanos menores, a los cuales ha tratado de localizar gracias a la ayuda de la Cruz Roja. Sueña con una vida en la que pueda estudiar para convertirse en científico. “Los extraño,” dice refiriéndose a su familia. “Quiero cambiar mi vida y la de ellos.”

Unas 1.200 personas han sido reasentadas desde Souza con la ayuda de ACNUR desde que este campamento abrió hace más de un año para dar asilo a personas que venían huyendo del conflicto creciente en Libia. Entre ellas están 50 menores no acompañados que en su mayoría se han ido a Noruega, Suecia y Estados Unidos. Otros 81 se encuentran aún en el proceso de reasentamiento. Unos 41 menores más llegaron después del 1 de diciembre, la fecha límite para ser considerados para el reasentamiento.

 

© ACNUR/R.Nuri. Bayisa, en la entrada de su tienda en el campo de Shousha.

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