Olvidos yertos

  Tal vez la enajenación mental o esquizofrenia  sea perderse por los vericuetos de la realidad  o encontrarse interiormente con uno mismo. No lo sé. Uno suele caminar lleno de vacilaciones sobre el  péndulo de las dudas.

En “Marat- Sade”, ese drama de tres actos de Meter Weiss, en el que se recrea la persecución y asesinato de Juan Pablo Marat representada por el grupo teatral del Hospicio de Charenton y dirigido por el encumbrado Marqués de Sade, la locura o ese duermevela llamado  lucidez, se entretejen y desdoblan en facetas  detrás de la realidad confusa, casi etérea y distante.

En el asilo del pueblo mediterráneo en el que actualmente moramos viendo el correr del tiempo transitar,  tres docenas  de octogenarias miran sin ver en sus sillas de ruedas o asientos de plástico,  la luz cetrina que penetra por los ventanales.

 Los días son siempre similares: monótonos, diluidos en titubeos y somnolencias.

Cada fin de semana,  igual al sonido de una oración fúnebre, llega un zumbido de sectas religiosas empeñadas cada una en salvar estas almas que hace un tiempo inmemorial, desde el mismo día en que llegaron, se hallan entre los andurriales del limbo hablando directamente, sin intermediarios, con Jehová, Alá, el Ángel de la Guarda  o las estrellas.  

Viven indisolublemente envueltas en olvidos perdurables, una especie de cuajados silencios algunos ya convertidos en adormecidos  letargos.

Hay una anciana  igual a una crisálida; otra  es un pedacito de algodón apretujado en ovillo de lana blanca; varias están tullidas; otras totalmente ciegas; dos, despiertas y traviesas como niñas en flor, ríen y hacen muecas sin fin; una, perdida por los ensortijados senderos de la ausencia, mira permanentemente al espacio como si navegara al encuentro de la Estrella del Sur,  allí donde Joseph Conrad  dice que se halla la eternidad y  Marguerite Yourcenar sitúa el mar azulino.

Al despedirnos, después del necesario acerbo ceremonial, donde no faltan besos, guiños ni escamoteos, una abuela seca, enjuta, de ojos fijos, pero vivarachos, nos despide  con un  prolongado... “¡Dios le acompañe!”, y uno siente la presencia de un  ramo fresco de azucenas y alhelíes  llevado a los labios, mientras el   repiqueteo de unas lejanas sonajas conventuales nos recuerdan  al introvertido ser que mora en nosotros, taciturno, misántropo y  adolorido sin remedio.  

Ha sido el poeta de de “Campos de Castilla” y “Soledades”, Machado (don Antonio),  quien mejor expresó en su vertiente  directa la soledad  y sus encrucijadas cuando matizó:

“De mis soledades voy, de mis soledades vengo, pues para hablar conmigo me bastan mis pensamientos”.  

Las ancianas clavadas a la orilla del mar Mediterráneo   nos enseñan cada sábado ineludiblemente lo ya expresado por el fraile alemán Tomás de Kempis en su libro ascético “La imitación a Cristo”: “La vida pasa como las nubes, como las sombras…”

Y aún así, aunque no lo enunciamos en alta voz o en un puñado de letras,  creemos que la vida  debería ser   apurada en lo posible  hasta el último sorbo. ¿Estamos seguros de ello? Ahora mismo, saliendo de ancianato,  no sabríamos con certeza que responderle  al lector.



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